Dic 012014
 

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Con todas las evidencias que había, quienes albergaron la esperanza de que con el mensaje del presidente Enrique Peña Nieto se podría despejar la salida a uno de los conflictos políticos más profundos que se han dado en México desde 1968, lo hicieron con base en la fe.

En medio de protestas cada vez más amplias, del “ya me cansé” del procurador Jesús Murillo Karam, de las nuevas fosas encontradas en Guerrero, de los detenidos en el aeropuerto internacional de la ciudad de México, muchos esperaban que a su regreso de Asia, el presidente diera un manotazo y sacudiera desde adentro al Estado para quitarle el pasmo.

Se hablaba no de días, sino de “horas”. Y se especulaba con los nombres de los que subirían al patíbulo: “Osorio Chong”, “el general Cienfuegos”, “Murillo”… y hasta se especulaba con los posibles relevos: “Manlio Fabio Beltrones”, Luis Enrique Miranda Nava…”.

Parecía un hecho anunciado de antemano que, ante la crisis que vive el país y la parálisis de las instituciones políticas y de seguridad, se imponían cambios en los hombres que las dirigen. Pero pasaron los días y el presidente se evadió con lo de la llamada “Casa Blanca”.

Entonces el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, adelantó que Peña Nieto haría un anuncio importante. Y de nuevo la “esperanza” de la clase política frente al reclamo indeclinable en las calles: “Si vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

Al final, el discurso presidencial del jueves sirvió para confirmar que el Estado completo sigue pasmado ante la crisis desatada con los hechos de septiembre pasado en Iguala. Enrique Peña Nieto, parece, no valoró que si alguien tenía que salvarse era él, porque solo de un hombre fuerte —y la fuerza no tiene que ver con la represión o medidas autoritarias— en la presidencia pueden derivarse acciones contundentes de un cambio verdadero, con políticas públicas que frenen la descomposición que hay en el país en todos los niveles.

Pero el presidente de la República no se distinguió ni emergió en medio de una clase política mediocre, avasallada por los hechos recientes, paralizada, descompuesta hasta el oprobio.

Con pretensiones de estadista, Enrique Peña Nieto buscó que la mirada de los mexicanos se fijaran en el largo plazo, con la construcción de corredores industriales que tienen decenas de años concebidos como proyectos, pero se olvidó de la coyuntura, del “momento actual”, de las respuestas que, en lo inmediato, están exigiendo los que claman que sus hijos sean encontrados con vida, ante las evidencias de que es un montaje burdo aquello de que fueron asesinados y reducidos a cenizas.

Fue la oportunidad del presidente en el momento más delicado de su mandato después de que parecía navegar sobre los cuernos de la luna. Y todo indica que la desperdició. La pregunta es a qué le apuesta entonces, cual es su plan b. Porque se supone que los efectos del discurso ya se están midiendo. Si esto no detiene la crisis, qué sigue.

Para los sinaloenses no fue nada nuevo, pues el gobernador ya nos tiene acostumbrados a que anuncia “manazos” y al final no mata una mosca. El problema es que si los cambios no se operan a tiempo las crisis se profundizan y después siempre será más difícil sortear sus efectos. En el caso de Mario López Valdez su sexenio ha sido juzgado ya hasta por los mismos que le dieron el voto. Pero a Peña Nieto le faltan cuatro años. Tal vez por eso esa esperanza soterrada de muchos de que se atrevería a convertirse en un verdadero líder en medio de estas barricadas ciudadanas contra la impunidad, por un país en paz y para todos.
Pero no fue así.

Bola y cadena
LA PRINCIPAL MEDIDA ANUNCIADA por el presidente Enrique Peña Nieto, es la desaparición de las policías municipales y la conformación de 32 “fuertes” policías estatales con mandos únicos. De esa manera, dijo, se evitará que sean infiltradas por las organizaciones criminales. El problema es que si logran infiltrarlas, el poder del narco se multiplicaría. En Sinaloa ya hemos estado experimentando lo que el presidente pretende. Jesús Antonio Aguilar Íñiguez tiene el mando casi total de las policías. El gobernador se lo confirió de facto aun antes de darle el cargo como director de la Policía Ministerial. El modelo puede estar bien planteado. El problema es con qué policías se vaya a operar.

Sentido contrario
TENÍA QUE ESTAR TODO MUY podrido para que el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas decidiera abandonar el partido que fundó antes de dar la pelea al interior para tratar de que recuperara su esencia. También se salió del PRI en 1986, cuando, junto con Porfirio Muñoz Ledo y otros connotados militantes del PRI, abandonó el partido y formó la Corriente Democrática, que sirvió de plataforma para su lanzamiento como candidato presidencial de un frente de izquierda en 1988, en una histórica contienda electoral que el michoacano ganó, según reconoció después el expresidente de la República, Miguel de la Madrid Hurtado. Fue un acto de congruencia el de Cárdenas Solórzano, frente a esa caricatura de izquierda que ahora anida en el PRD y que se aferra a las canonjías y a los privilegios de una franquicia que, entre otras cosas, deja mucho dinero a sus dirigentes.

Humo negro
LOS OPERATIVOS DE LAS FUERZAS FEDERALES en Sinaloa han asestado golpes contundentes en contra del Cártel de Sinaloa y todo indica que su objetivo principal es Ismael Zambada García, el Mayo. Si el propósito es el “carro completo”, hay que ir tratando de entender hacia dónde quiere llevar el presidente Enrique Peña Nieto, de mano del Gobierno norteamericano, el tema del narcotráfico… si se trata de una reconfiguración total, con qué cabezas, bajo el liderazgo de qué regiones, mediante qué reglas.

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