Ago 262017
 


Iván Paéz/Río Doce

Más allá de una película bélica ambientada en la Segunda Guerra Mundial con imágenes impresionantes en la tierra, el agua y el aire, en Dunkerque (Dunkirk/UK/EU/FR/NL/2017), escrita y dirigida por Christopher Nolan, es importante el manejo del tiempo, característica imprescindible del realizador, ya sea en la mente, los sueños o en el espacio.

Mientras los alemanes los tienen rodeados y están ganando la batalla, en la costa de Dunkerque, desde hace una semana, soldados franceses e ingleses esperan embarcaciones que los saquen de ahí. Las pocas que llegan son insuficientes y entre rangos y nacionalidades, hay prioridad en quiénes son los que deben subir antes.

La ventaja es que en el agua hay civiles voluntarios que, en sus yates, se toman todo un día para rescatar al ejército varado en altamar o llevarlos de una costa a otra, y que la Fuerza Aérea Británica, desde el aire, contrataca a los enemigos, para que no lleguen a donde está la mayoría, y los eliminen.

El problema es que son muchos los que se quieren ir y pocos los barcos, demasiados los que caen al agua y los civiles sólo tienen yates pequeños, y que el combustible de los aviones se está terminando.

Desde el inicio, la soledad en las calles del puerto, la sensación de las casas vacías o habitadas por personas en el suelo, alejadas de ventanas y puertas cubriéndose de las balas, con esa música a cargo de Hans Zimmer que suena como segundero de un reloj que en cualquier momento se detendrá y sucederá lo peor, atrapa y no deja parpadear, ni aun cuando la película termina.

Se pudiera pensar a Dunkerque como un cuento de Raymond Carver en el que no importa qué hay antes o después, quién es cada uno de los personajes, de dónde proceden ni a qué parte van: lo primordial es el suceso, esa pequeña anécdota cotidiana, un tanto cuanto aderezada, que le ocurre a cualquiera.

La cinta del también director de El origen (2010) e Interestelar (2014) es justo eso: el punto de encuentro de tres contextos temporales/geográficos —semana, día, hora; tierra, agua, aire, respectivamente— en medio de la guerra, del que sólo hay la intención de sobrevivir de uno de tantos ataques. Poco o nada se sabe de los personajes, de su origen, de qué harán y dónde cuando todo termine; de algunos ni siquiera se conoce el nombre ni la voz. Sólo interesa salir de ahí con vida.

Un aspecto interesante es cómo esos tres espacios y tiempos suceden de manera paralela ante el espectador y pasan de uno a otro sin previo aviso ni nada, además del lugar en el que se desarrollan las acciones, que los diferencie.

De lo que sí se puede estar seguro es del heroísmo de los soldados. De parte de ninguno existe ni la más mínima intención de doblegarse y desertar, incluso ni al saberse conscientes de que sigue la muerte y sólo queda golpear una puerta hasta que abra, desatorarse, alcanzar algo firme, sostenerse y salir del agua, o cerrar los ojos y esperar; de que se está acabando la gasolina del avión, el barco se está hundiendo o varios misiles hacen una hilera de boquetes en la playa en la que se aguarda: desde el de menos al de más responsabilidad, de más bajo a más alto rango, todos se mantienen firmes, siempre.

Con paisajes impresionantes y excelentes actuaciones de Mark Rylance, Tom Hardy, Kenneth Branagh, Fionn Whitehead, Damien Bonnard, Aneurin Barnard, Barry Keoghan y Tom Glynn-Carney, es una cinta que no se puede perder… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

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