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Mar 202017
 

Juan estaba muy chico cuando su madre murió de cáncer. Su hermana menor nació y a los pocos meses ella fue llevada al panteón. Se quedó con su padre, un hombre huraño y gritón. De él se sabía por los gritos y las pedas y los cintarazos. Los vecinos por eso evitaban quejarse de los niños y sus travesuras, el balón golpeando los portones, quebrando el foto que colgaba de la marquesina, el cristal de la ventana.

Vas a ver, plebe jijo de le chingada. Por eso Juan buscaba las aceras de enfrente y sus casas y sus familias. No era niño de la calle pero como si lo fuera. Huía de su casa para irse a la de Fran o a la de enseguida. Fran y él eran los únicos niños de la cuadra, el resto eran morritas menores y mayores pero ningún hombre: el barrio para ellos, para volar en ese patín del diablo, en la baica, la patineta, para patear el balón y jugar a los penaltis y cachar con manillas y pelota de béisbol.

Sentados en el macetero, en el filo de las guarniciones, recargados en el arbotante, bajo la sombra del ficus, desculando hormigas y abriendo fuego con la lupa y el sol de mediodía. Aquello era el paraíso para ellos solos. Algunas vecinas le daban agua y comida, y Juan nunca decía que no. Era callado y ojeras que amenazaban con devorarse los ojos y buena parte del rostro. Una mirada triste y pestañas de tejaván. Un cabello negro y pálido. Un tupé que no hacía más que taparle las heridas del alma. Juan tenía familia y casa, pero era un niño sin hogar. Ahí, en esas viviendas de clase media, solo tenía a su hermana y a Fran, y cuando llegaba su padre no tenía nada.

Una vez el hombre decidió casarse. La mujer, con buena posición económica, compró casa y atendía a Juan y a su hermana. Sí los regañaba, pero sin malos tratos. Pretendía, en medio del desierto, ofrecerles un santuario de manos tendidas, miradas tiernas, abrazos y apapachos, comida y algo de estabilidad. No era la madre, pero parecía. Era la madrastra dulce y comprensiva. Y justo cuando ellos parecían divisar del otro lado de la tormenta el puerto seguro, el frágil camino a la felicidad, el padre decide divorciarse. Y todo se desmoronó.

Volvieron las mentadas y los golpes, la borrachera en casa y el exilio de Juan y su hermana. La calle, la banqueta de la casa de Fran, los gestos generosos de los vecinos, eran su única guarida. Hasta que el hombre se infartó. Sin asideros, frente al abismo insondable, Juan dejó el barrio y se refugió con otros familiares. Dicen que volvió a la cuadra en busca de aquellos tiempos: fumaba desde los doce y pisteaba temprano. Dicen que se asomó de tarde, en busca de alguien. Dicen que conoció gente de mirada oscura y hocico siete punto sesenta y dos. Que por eso lo mataron, saliendo de su casa, apenas a los diecinuev

Feb 062017
 

Javier Valdez/Malayerba/Río Doce

El abogado recibió la llamada de un comandante de la policía, con quien tenía cierta confianza. Me urge, licenciado. Me urge verlo. Es que detuvieron a mi jefe. Ay, cabrón, respondió. De acuerdo, nos vemos en diez minutos en mi despacho. Es el tiempo que hago en llegar. Ahí estaré.

El abogado llegó espantado. Qué fue lo que pasó, cuéntame. El comandante traía la cara brillosa y sonrojada. Parecía que no había dormido. Conjuntivitis, temblor en las manos, abotagado y con una prisa que más bien parecían ansias. Detuvieron a mi jefe, lic. Lo detuvieron. Resulta que le cayó el ejército a una de sus casas y cuando supe fui para allá pero como que los militares me identificaron. Me dijeron: lárgate a la chingada, ahorita va a haber balazos y si te quedas, te toca.

Pero cómo, preguntó el litigante. Me estás diciendo que detuvieron al director de la policía, verdad. No, mi lic. Claro que no. Detuvieron a mi jefe, al mero mero, al patrón. Y quién es ese. Pues el Mochomo. Le cayeron a su casa, en la madrugada. Nada pudo hacer, ni sus pistoleros. Qué hago, licenciado. Le dijo, rogando. Nada, qué vas a hacer. Si era tu jefe y lo detuvieron y los militares te ubican, pélate de la ciudad. O del país. Yo ahí, de plano, no puedo hacer nada por ti, comandante.

No se fue. Sintió que todavía faltaba mucho para que pasaran otras cosas, que quizá al jefe lo liberarían después de una negociación o habría algún canje. Se tranquilizó y volvió a la policía. Todos los agentes sabían para quién trabajaba pero no era el único que tenía un jefe que no era el de la policía. Pero había bandos, grupos al acecho, grietas abiertas que supuraban pus, sanguaza, heridas de guerra, cuentas por cobrar. Algunos se miraban de reojo. Se medían a distancia. Se zorreaban y perseguían y vigilaban de lejos: escupitajos al paso, patadas en los tobillos, mirillas que se sostenían mientras alguien esperaba la orden de jalar el gatillo.

Él, que había sido de un grupo de elite y que realizó fuertes operativos, en los que aprovechó para abusar de mujeres y quedarse con carros y dinero ajeno, se sentía seguro, arropado en esa maraña de complicidades. Colas largas y cortas, de los comandantes y jefes de grupo de la policía, se pisaban y machacaban en los pasillos de la corporación. Pero él no la sentía tan larga. A mí me la van a pelar.

Un día después salía de la corporación. Lo interceptaron. Te llama el jefe: el jefe de ellos que no era de él. Se lo llevaron a él y otros dos. Aparecieron dentro de un carro, con las piernas cercenadas, lesiones de tortura y bala, cientos de casquillos de cuerno y una serpiente coralillo decapitada. Junto a ellos un mensaje: por traidor, corriente y cobarde.

Nov 012016
 

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Llegó a la ciudad y se instaló en una zona tranquila. Nadie lo conocía. Apenas había terminado de acomodarse y ya estaba en la iglesia, hablando con el sacerdote. Fue a misa cada domingo y entre semana, cuando pudo: se involucró en tareas de apoyo a la comunidad, promovida por la congregación católica y el padre de la capilla, hizo tareas en el comedor comunitario y dio clases de doctrina.

Era amable y servicial. Se fue rozando con los líderes, con las madres de familia, con los maestros y la señora del abarrote. Todos lo conocían, pero no sabían quién era ni de dónde venía. Él les dijo que había vivido en un pueblo, allá, muy lejos. Del otro lado de la frontera. Y que dejó todo, menos familia, para buscar nuevos horizontes, otro ambiente, y volver a empezar. Ensayó tanto ese discurso, lo repitió mucho, hasta que él mismo se lo creyó y lo mejoró a medida que fue expandiéndolo.

Entre sus planes estaba ponerse de novio y casarse. Le tiró lejos, en sus propósitos. Miró a una joven hermosa, de pliegues profundos y carnes en su lugar. Empezó a cortejarla. Flores, chocolates, invitaciones a cenar y a dar la vuelta en su carro. Lo hizo tan bien que obtuvo resultados muy rápido. Aquella muchacha se enamoró y al poco tiempo él le propuso que se casaran. Ella aceptó, pero quería una boda de lujo, con misa y fiesta y ceremonia civil. Algo grande.

Él, que no había enseñado el dinero que tenía, le dijo que sí con un entusiasmo telúrico. Había mantenido un perfil bajo, de medianía económica. Pero ese amor, ese deseo, las ganas de compartirlo todo con esa mujer, lo enfermó y sacó el brillo de su billetera. Contrató una banda y un conjunto de música norteña, y compró un lujoso vestido para ella y un traje impecable para él. El hombre discreto, de bajo perfil, se desfondó. Le ganó el entusiasmo: la salida y la meta en esa carrera vertiginosa que anunciaba una nueva etapa.

La boda se realizó y ellos se fueron de luna de miel. Pero las grietas empezaron a aparecer cuando ella quiso trabajar y seguir estudiando. Él disparó un no. Ella insistió y él también. Voy con mis amigas, le dijo. Llevaba ceñida la mezclilla, untados los leyins y generoso el escote de espalda y frente: ceñían, mostraban y desbordaban su juventud. A dónde vas, preguntó. Pero ella ya no contestó.

Él le quiso detener. La mezclilla se le metía, sus formas alcanzaban el molde cuando las vestía y su belleza encandilaba. Él, celoso, no supo qué hacer. Cuando iba a salir de nuevo la acuchilló en el cuello y en el pecho, luego se suicidó.

El destino lo había alcanzado. Su pasado estaba ahí, a pesar de sus esfuerzos por guardarlos en el drenaje sanitario de esa nueva vida: harto de balaceras y asesinatos, quiso empezar de nuevo, y logró terminar con todo: matando y muriendo.

Sep 262016
 

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Javier Váldez/Río Doce.- Tomó ese camino porque le ahorraba cerca de tres horas de viaje. Conocía la zona y a los habitantes, así que no temió que fueran las siete de la tarde, cuando pardeaba el firmamento, para recorrer la estepa verde que despide las montañas. Cargado de tomates, pepinos, conserva de manzana y durazno, dulces regionales, chiles, quesos logrados en el traspatio de alguna vivienda rústica, y aguacate.

Descendía por ese camino recto. Escuchaba Cuatro de a caballo, con los Cadetes de Linares, y a ratos tarareaba o gemía siguiendo la melodía. Se imaginó, contento, la cara que pondría su esposa e hijos, los primos, la abuela, al ver los regalos que les habían enviado desde la serranía sus parientes, a solo dos cuadras del cielo.

La curva asomó y con ellos un retén de hombres armados, atravesando con sus camionetas el camino pedregoso. Arrugó la frente. Le hicieron señas de que se parara, al tiempo que los gatilleros bajaban sus cuernos de chivo. Se detuvo frente a ellos, que no dejaban de asir los fusiles. Qué pasa, preguntó. No le respondieron. Sin verlo, el jefe dio órdenes de que lo revisaran y que bajaran todo del vehículo. Él insistió: de qué se trata. El hombre lo vio y le preguntó cómo se llamaba. Él respondió. Dónde vives, a dónde vas, a qué fuiste pa arriba. Le soltó una a una, sin darle tiempo de responder.

Se le quedó viendo y veía también a los que revisaban la camioneta y bajaban y bajaban la mercancía. Le preocupaba que la dañaran, que le robaran. Yo te conozco, le dijo. Tú eres Juan. Yo soy Ernesto, hijo de María. A poco no me conoces, no te acuerdas de mí. El hombre fingió hacer esfuerzos mentales, como buscando entre sus recuerdos. Pero no pudo. Apenas podía sostenerse. Estaba trabado, queriendo hablar. Su lengua atada, sus ojos fuera de órbita y tambaleaba. No, no te conozco, le contesto. Órale, cabrones. Apúrense. Ordenó.

Bájate, le ordenó a gritos. Escúlcalo, le dijo a otro. Luego lo hincaron, lo obligaron a mantener los brazos arriba, quietos. Órale, bato. Dame chanza, somos conocidos. Tú siempre llegas a la casa de mi amá a dormir. El otro ni volteaba. Al rato le gritó te vamos a matar, perro. Fue entonces que llegó otro y no parecía andar borracho. Épale, qué andas haciendo Ernesto. Pues aquí me tienen. Pero cómo, por qué.

Los regañó a mentadas y luego ordenó que lo desataran y que le regresaran las cosas. No es posible, Juan. Si Ernesto es amigo de la familia, si llegamos a dormir a casa de su amá. Cómo eres pendejo. Luego, dirigiéndose a Ernesto, ya para despedirlo, le advirtió: no vuelvas a pasar por aquí, no te ahorres gasolina ni tiempo, esto se va a poner peor y si no estoy yo, a la otra estos culeros te van a matar.

Sep 052016
 

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Río Doce.-
Los amigos, sus cómplices y clientes, le llamaban El Perro. Para ella solo era Adrián. Ella enamorada hasta el occipucio y él hacía un esfuerzo por quedar bien con ella, pero sobre todo con sus progenitores. No te cases con ese cabrón, no por nada le llaman como le llaman. No sé, tengo mis sospechas, hija. Era la voz del padre. Pero ella quedó sorda y ciega frente a ese hombre que la tenía paralizada de amor.

Él le dijo cásate conmigo. Ella no la pensó. A los ocho meses ya estaban frente al altar y como si tuvieran prisa por todo, los días de miel se prolongaron y a los ocho ya estaba embarazada. Tuvieron un morrito blanco y robusto. Apenas salió del hospital ella vio en la mirada de él los vitrales enfermos de una vida narca: los rincones oscuros que tanto le había ocultado durante el noviazgo.

Empezaron a desfilar por la acera de su casa hombres de todas las edades, desconocidos, malencarados, en vehículos sin placas y con armas de fuego fajadas. Él los atendía, a veces sin siquiera saludar. Entraba, abría una gaveta del closet que siempre enllavaba y sacaba sobresitos, bolsas transparentes con polvo blanco en su interior, trozos cafés y verdosos de una yerba seca y quebradiza. Salía y lo entregaba. De regreso, traía billetes y más billetes que también guardaba bajo llave.

Ella empezó a preguntar. Él a responder: con mentadas, con insultos que a ella le marcaban el alma y luego la piel, con moretones, llagas, hemorragias y cortadas. Cuando los padres de ella se enteraron, se llevaron al bebé y luego a ella a la casa materna. A pesar de la separación, ella sabía de él, le preocupaba y seguía con su amor indeleble y palpitante.

Los escándalos que protagonizaba subieron de tono. Una persona que le daba noticias, le avisó de una mala. El Perro había estado en una balacera y salió herido, gravemente. Estaba hospitalizado. Tomó lo que pudo y manejó ochocientos kilómetros. El médico la interceptó en el pasillo. La vio y se quedó callado. Se le dificultó sacar esas palabras que retrataban la terrible condición de él. Y luego explicó que fueron cinco balazos, cuatro de ellos en el pecho. No hay muchas posibilidades, señora. Lo siento mucho.

Caminaba y se tambaleaba. Los tobillos se quebraban, las rodillas se vencían. Sus carnes temblaban. El piso y las paredes se movían. Era esa mezcla de coraje, de frustración enllagada, de ese resentimiento podrido, y de ese amor que la había marcado con pintura de aceite el pericardio y más adentro y abajo y en todo su ser. El aparato hacía un pitido regular y dibujaba rayas que subían y bajaban, junto a la cama. Él abrió los ojos, apenas. Algo le mojó las pestañas. Algo quiso decir. Lo vio. Se vieron. Y en ese momento murió.

Aug 252016
 

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Javier Valdez/Río Doce

Desde que se subió al taxi, ella vio que ese hombre no iba bien: los ojos desacomodados, ese trastabillar al hablar, las mandíbulas amarradas entre tanto palabrerío y ese olor a acedo. La taxista la vio y tragó saliva: el nudo parecía atorado en su garganta, al ver a ese tipo corpulento, alto, de voz accidentada y gruesa, gritón e imponente.

Llévame a Guasave, le ordenó. No se subió atrás, como suelen viajar los pasajeros de taxis. Se sentó adelante, junto a ella. Empezó a decirle que él tenía mucho dinero, que era un hombre poderoso. Le contó que su hermano era narcotraficante, de los jefes máximos. Y sí, era un hombre tan temido como conocido, de pocas pulgas y famoso por sus arranques beligerantes de rafaguear todo lo que se le ponía en contra.

Yo hago lo que quiero. A mí se me antoja algo, y lo tengo. Yo agarro, no pido. Soy cabrón. Siempre lo he sido. Le ordenó que se detuviera en un expendio, donde compró un doce de tecates rojas. Esta cerveza es pa hombres. Los jotitos toman laic. La abrió. Goble goble goble. Un trago largo y apurado llevó la mitad de la cerveza a su panza. Tómate una. Abrió otro bote y se lo pasó a la taxista. No señor, gracias. Estoy trabajando. Él le dijo me vale madre. Insistió. Ella no quería voltear a verlo porque le daba miedo. Pero lo hizo para darle más seguridad a su negativa. De verdad, no. Gracias. Y el hombre cedió.

Durante cerca de una hora, en un recorrido de unos cien kilómetros, el hombre le habló de las mujeres que sometía, de armas y balazos, del narco, la guerra, pero sobre todo de él mismo y de que hacía lo que le daba su gana. Le agarró la pierna y luego en medio y luego más arriba. Ella lloraba, paralizada. Le pidió que se detuviera y él contestó que pura chingada. Si quiero te mato, cabrona. Llegaron a la caseta de peaje. Ella esperó que el policía federal volteara para hacerle una seña: el uniformado siguió con una mano en el cinto y la derecha en la pistola, volteando hacia el maizal, distraído. Siguió su camino: otro trago de saliva atorada, como nudo, a medio bajar. Tembló. Rodaron las perlas de sal. El hombre seguía acariciándola.

Habló por teléfono para que lo esperaran en la entrada de la ciudad. Habló otra vez y otra. Con mujeres, socios, jefes y amigos. Volteó hacia atrás cuantas veces pudo. Paranoico, pensaba que lo seguían. Varias veces dijo me quieren matar. Cuando llegaron había cuatro camionetas, él se bajó y otro le preguntó a ella si todo estaba pagado. Ella asintió y en un descuido aceleró para salvarse. Por el retrovisor vio cómo aquel que había sido su pasajero intentó volver al taxi para llevársela. Sintió cómo pasaban los nudos de hiel por su garganta. A los dos días vio en el periódico la foto de ese hombre, despedazado a tiros.

Aug 082016
 

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Para Verónica Celestino. Gracias por la abstinencia.

Javier Valdez/Río Doce.- Antonio había sido narco pesado. Todo el sur del estado había mantenido bajo su control. Pero tuvo que salirse de ahí por viejas pugnas entre los grupos del cártel y por problemas familiares. Débil, solo, con pocos recursos y con esa tos perruna que parecía nacerle desde los talones, se dedicó al negocio de las drogas con una discreción de hormiga y en pocas cantidades.

En sus tiempos dorados, había conocido a los jefes de jefes: sembró mariguana en el valle, unas doscientas hectáreas, para el patrón, y anduvo en avionetas y helicópteros revisando sus aposentos en la serranía y el traslado de paquetes de yerba, manejó armas cortas y automáticas y estrenó su Kalashnikov en un enfrentamiento con policías antinarcóticos. Un día supo que lo querían quebrar. Dio con el hombre que lo había dicho. Cuando lo tuvo enfrente le dijo, sobando la cacha de su cuarenta y cinco, andan contando que te quieres morir. El hombre tembló, se quedó acuclillado y enmudeció.

De estirpe sangrienta, pasó de todo. En tierra de gringos llenó patios, cocheras, camionetas y tráileres de mota y la distribuyó. De regreso, las pacas de billetes verdes apenas cabían en el cámper. Jaló el gatillo cuando los gatilleros de narcos enemigos lo hicieron y vio cómo caían, cual monitos de verbena, amigos y desconocidos. Le entró a las tracateras con militares y federales, y hasta le volaron media mano en una de esas refriegas.

Ya traía su pelo blanco, con las nubes del verano en su cabeza y bigote, y en esa barba rala y descuidada y espinosa. La manecilla grande del reloj dibujó en su cara rayas oscuras y hondas. Encorvó su silueta e hizo lentos sus movimientos. Ya no andaba armado. No a simple vista. Disimulaba bien sus actividades ilícitas: desfajado, con el garbo como un mero acto de nostalgia, su cachucha blanca con rojo y sus lentes bifocales. No era tan viejo, quizá unos sesenta. Pero la vida le estaba cobrando caro sus afrentas, su gatillo suelto, la farra y las putas y uno que otro toque y pasón: había pasado varias veces la raya del horizonte y a qué precio.

Aun así tenía su toque, su estrella, su magia. Cuando uno de los jefes salió de la cárcel y todavía había carteles con la leyenda Wanted en el lado gringo, una de las primeras cosas que hizo fue buscarlo. Claro que me acuerdo de tí, hay que hacer negocios. Se estrecharon la mano y se perdieron entre el monte. Cada quien por su lado.

Se sintió poderoso, como cuando pronunció aquel dicen que te quieres morir. Por eso se le hizo fácil regresar a su tierra, a sus aposentos. Fue como los paquidermos: vuelven a su tierra para morir. Que lo levantaron, lo tiraron por ahí. Pero nadie lo encuentra.

 

May 182016
 

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Desde niño vio el llanto de su madre. Habitual, como si toda la casa fuera tiempo de aguas. Lágrimas y lágrimas, sollozos, palabras ondulantes y mocosas. La vida líquida del dolor en esas cuatro paredes blancas, en la que Óscar creció sin saber qué había pasado con su hermano: solo sabía que no estaba, que su padre lo había buscado por cielo y mar, y que su madre lloraba y lloraba, regando la tierra que pisaba en toda la ciudad.

Mamá qué tienes. Mamá cálmate, ya no llores. Pero ella no podía controlar los grifos internos, detrás de sus ojos, cuyos contornos, ya hinchados y siempre irritados, parecían la fuente eterna de la tristeza y la vejez. Una senectud anticipada, a sus poco más de cuarenta, por tanto insomne sufrimiento. El joven se vio encerrado y sin compañía, hasta que optó por salirse y buscar amistades que lo mantuvieran en la calle.

Óscar le entró al churro de yerba. Meses después su madre se dio cuenta que lo había descuidado y habló con él. Mijito, deja esas amistades. Pero él no hacía caso. Le decía que sí, que nomás iban a jugar futbol. Lo sorprendió fumando y le dijo que terminara con ese vicio. Él asintió. Ya no estaba ahí, sino de viaje intergaláctico, levantando los pies del suelo y en pleno relax. Oyó su voz como un eco lejano y la miró sin mirarla.

Una vez vio que salía con uno de esos, de su clica. Iban en una moto y alcanzó a ver que llevaba una cuarenta y cinco debajo de la camisa desfajada. Lo quiso detener pero Óscar solo respondió ahorita vengo, amá. Se quedó con el Jesús en la boca. Jesús mil veces, musitó. Y lloró por él y por su otro hijo, de quien seguía sin saber nada.

Óscar avanzó en el túnel oscuro de la calle, junto con su amigo, en la motocicleta. Vieron su objetivo: un taxista. Acababa de dejar a un pasajero y regresaba cuando lo encañonaron por la ventanilla y el otro se subió del lado del copiloto. Danos las llaves del carro, saca el pinche dinero. Órale puto, si no te apuras te vamos a matar. Óscar quiso reaccionar. Vio el arma, el cañón aplastando la sien del taxista, pensó en lo peor pero no reaccionó. Quiso decirle a su amigo no lo mates. No tuvo el valor. Lo bajaron a golpes y se llevaron el vehículo.

Tres kilómetros y ya oían las sirenas de las patrullas. No pensó que fueran por ellos. Ahorita nos la pelan, dijo su amigo. Óscar no estaba tan seguro. Los alcanzaron, les cerraron el paso y los dos terminaron levantando los brazos. No disparen. Óscar dijo que él no llevaba armas, que él no quería hacerlo, que. Ahora está en la cárcel. Llora y llora y llora. Se acuerda de su madre y entonces sí reacciona. La llama por teléfono y le dice amá ven, ayúdame, sácame de aquí. Yo no quería. Perdóname. Y llora más. Y ella con él.

May 022016
 

6ef56780570df0aee90cced9a37194edEl taxista vio claramente el verde y siguió con el pie en el acelerador. Adelante, un vehículo frenó intempestivamente y él lo hizo muy a tiempo. Traía un carro atrás, cuyo motor rugía apurado y de mal humor, como quien manejaba. El conductor no frenó a tiempo. Cuando el taxista lo vio por el retrovisor, fue para aferrarse más al volante y apretar instintivamente los músculos. Trach.

Sintió el golpe. Se sacudieron hasta sus calcetines y de momento no le dolió nada. Abrió los ojos y no recordaba. Vio el techo de su taxi y se preguntó qué había pasado. Parpadeó y volvió a parpadear. Oyó gritos afuera. Vio humo alrededor. Empezó a mover los brazos y comenzaron los dolores: espalda baja, piernas, brazos y cuello, todo en su lugar, pero como si tuviera duras albóndigas nadando entre sus músculos y arterias.

Afuera lo esperaban dos hombres compungidos y de cruzados brazos. Mandamases. Apenas logró salir del taxi, con la ayuda de varios extintos mirones, y se topó con esos dos que lo miraban tan fija y duramente, con esa sicodelia con que miran los pericos, que parecían querer desintegrarlo. Págame, loco. Págame. Por qué te voy a pagar, respondió el taxista. Tú vienes en madriza y te estampas por atrás. No te fijaste que hice alto, así que págame tú. A esos dos se unieron otros tres que llegaron en un carro de modelo reciente. Le dijeron que le iban a pegar unos chingazos, que lo iban a matar, si no pagaba.

Él se amarró en no pagarles. Por qué habría de hacerlo, si no fue él quien golpeó. Llegaron los agentes de tránsito y los conminaron a ponerse de acuerdo, pero aquellos seguían en su postura amenazante. Llegó también un carro negro, que parecía de luto: carroza larga, prolongación de sepelios, novenarios y cementerios. Oscuros los rines, los cristales, la defensa y las piezas de aluminio. Todo. El conductor bajó el cristal y parecía ascender del infierno, conforme funcionaba el elevador de la ventanilla. Lo llamó y le preguntó quién había tenido la culpa. El taxista le contó. El hombre le dijo No me voy hasta que te paguen. Y descendió al infierno, mientras permaneció ahí, en ese ataúd rodante. Traía un AK47 y ocho cargadores.

El policía le dijo al taxista que quién era ese hombre. El taxista contestó que no lo conocía, pero que no se iba a retirar hasta que le pagaran. El agente le reviró: no quiero problemas, yo le pago, con tal de que se arregle esto. Para entonces, los del otro carro le bajaron dos rayitas a su enojo y ofrecieron pagarle dos mil. Él les pidió cinco. Cinco y ai muere. Se juntaron para discutirlo y miraban de reojo al carro fúnebre.

Cuchicheaban, temerosos. Al final mandaron traer el dinero y le dieron los cinco. Y el del carro negro se fue sin despedirse. Y dejó a su paso una estela azufrada.

Apr 042016
 

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Mujer policía. Generosa en sus ondulaciones y con un rostro bello que atrapaba, y no solo miradas. Su carrera había sido tensa y peligrosa, pero le apasionaba. Por eso seguía ahí: las armas colgando de sus caderas y muslos, uniformarse de ese negro pegado a su piel, las fornituras como parte de sus músculos, encapucharse y sentirse todopoderosa, empuñar el errequince y aguantar la patada en cada jalón de gatillo. Pum.

Condecorada por su participación en operativos de importancia, en los que había logrado liberar un secuestrado, aprehender maleantes, recuperar el botín de algún robo o asalto. Su hoja de servicio era diáfana. Ni polvo tenía. Y ella era querida, admirada. Y temida.

En la policía la respetaban porque era entrona y nomás faltaba que le colgaran los abultados güevos entre las piernas. Y en el mundo del hampa la miraban con recelo: preferían no toparse con ella en medio de un callejón oscuro. Pero su fama hizo que se mareara un poco, aún estando sobre la banqueta o en el estribo de la patrulla. A mí me la pelan esos hijos de puta, repetía.

Su fama alcanzó sus carnes y sus pechos. Decían que no tenía novio pero andaba con un comandante o que era amante de un político pesado o de un empresario que tiene mucho dinero, o de un narco mandón que al fin había logrado domar su desbordante silueta y carácter. Las versiones iban y venían y ella solo sonreía cuando le llegaban rozando esos mitotes, en los pasillos y en los operativos.

Después de su fallido matrimonio, no se le habían conocido relaciones serias. Lo demás era cotilleo. Parecía una monja sexosa, armada y peligrosa. Quizá por eso no se le acercaban y se conformaban con babear desde la otra acera y cuchichear y soñarla orquetada y ventosa, con el cielo en esos ojos de faro de puerto.

Tenía a su hijo, un morro de ocho. La tía, la abuela, le amiga, la vecina, lo cuidaban. Se turnaban cuando ella doblaba jornada o de repente tenía que salir a un operativo en alguna comunidad rural. Era su vida, su adoración, en medio de las balas y el chaleco blindado. Y en esos mareos de quien cree que todo lo puede, empezó a borrar las fronteras entre la ley y el placer: prolongó su vida nocturna e hizo nidos y caminos entre los vellos, y lloviznó ahí y más abajo, en esos cañones de disparos líquidos y gritos sin dolor.

Dijeron que se había metido con un delincuente de altos vuelos, que era un político federal y hasta con un militar de buen rango. Lo cierto es que su enredadera la alcanzó aquella noche, en que su hijo le pidió que le comprara un gansito. Fue a la tienda y la cercaron sin que se diera cuenta. Tardó y su hijo salió a ver qué pasaba. Vio a las patrullas a lo lejos y el cuerpo tendido de ella, bajo la sábana azul de los forenses.

Mar 282016
 

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Javier Valdez/Río Doce.- Le voy a dar un consejo. Le dijo en voz baja pero clara y fuerte, el oficial de la marina. Dígame si le interesa. Ella asintió, aún con los temblores expropiando su cuerpo, el llanto fuera de control, la ira y la tristeza y la frustración y la impotencia mezcladas en esos dos minutos, en ese predio baldío. Está bien, dijo ella. Lo escucho.

El oficial siguió con el fusil terciado. Media cara detrás de ese pasamontañas, una escuadra negra a medio muslo y en su fornitura, y ese porte de estatua de plaza central.

Él había llegado primero a la escena del crimen. Minutos antes, quizá media hora, una joven había sido levantada y luego fusilada en ese terreno deshabitado. Quedó tirada, con los ojos cerrados, boca abajo y los brazos esperando a cristo. Ella la vio y lloró. Sí. Sí es. Traía ese llanto como de tiro arriba y lo descargó ahí, sin control y con todos los grifos abiertos. No gritó, hasta eso. Mantuvo su boca, sus labios de gelatina, sellados.

La occisa, una joven hermosa y aún con el relámpago del primer rayo solar en el rostro, a pesar de lo mortecino, había estado en una fiesta, con otros chavos. Bailaban, invadían la banqueta y colmaban la cochera de la casa. Algo de cerveza y tequila, salchichas, cacahuates y queso, como botana. El murmullo era opacado por la música de banda y el punchis punchis.

Festejaban el cumpleaños de uno de ellos. Los de más edad permanecían apartados, hacían sus bolitas, porque los jóvenes, esos con la pila bien cargada, eran mayoría y dueños de la fiesta. Rostros sonrientes, vasos y botellas en mano, alas en los pies, cadenas zafadas, y un grito de ea ea ea retumbaba en el vitropiso.

Llegaron unos hombres de negro, con el rostro cubierto. Apuntaban a todos con sus cuernos y dieron con ella. La tomaron de los brazos y la sacaron de la casa, entre gritos de ella y el silencio de una cumbia que se había quedado en las bocinas, como burla macabra. Un familiar quiso intervenir pero uno de los hombres le dio un culatazo: petrificados, con la bebida en la mano, veían cómo se la llevaban y no pudieron hacer nada.

Pasó poco tiempo para que avisaran sobre el hallazgo del cadáver de una joven y fue así que llegó ella, su mejor amiga, al lugar. Ahí estaban los de la marina, la policía todavía no llegaba. Y la mujer se acercó, tapó boca y nariz con las palmas de sus manos y asintió. Es ella. Y dio el nombre. El jefe del grupo de la marina que estaba ahí se le acercó, cambió la voz de acero por una suave pero firme. Le voy a dar un consejo. Ahorita van a llegar los policías municipales. Digan lo que digan, usted no sabe nada.

Y así fue. Llegaron los agentes y ella se amarró. No sé nada. Después supo que esos polis eran los mismos que merodeaban la casa, la fiesta y ahora la muerte certificaban.

Mar 212016
 

Javier Valdez/Río Doce.- Ahí está su mejor amigo, llorando. Sentado en la banca de ese parque. Huérfano de ese que era su media sangre, su hermano. Los ojos rojos por la lluvia que anuncian y que llega sin pedir permiso. Las manos atadas, entre los dedos, temblando, tristes y resignadas. Hablaba de su cuate y se le hacía de chicle la barbilla, los pómulos.

De niño era el peleonero. El berrinches le decían. Pero para él, su mejor amigo, era el bitache: por corajudo. Se perdía de su casa por días para irse de vago, dormir en la casa de algún conocido, acudir a fiestas, a embriagarse y perderse en los brazos de la noche, sin el tic tac ni las órdenes de mamá o papá.

Un día, un vecino lo mandó a que comprara droga. La probó antes de saborear hondamente el tabaco y al rato ya la andaba vendiendo. Empezó con churros de mota y luego cocaína. Con una rapidez impresionante para sumergirse en los pantanos de la vida y besar desde la cima los abismos, le llegó a las metanfetaminas. Consumir y vender todo, menos la chiva. Esa, la heroína, es más adictiva: despierta la negrura de las venas, las hace saltar, en espera, ávidas y sedientas, una vez que entra, enciende, tatema por dentro, y ahí se queda.

Sus pasos agigantados lo llevaron a convertirse en un buen vendedor. Narcomenudeo en popa, tiendita en jauja. Los consumidores de la colonia y de otras vecinas, lo buscaban. Igual taxistas, policías adictos y otro que otro aficionado. Coca, mariguana, chiva y cristal. Él la vendía y era muy movido. Un pequeño narco de barrio en ascenso es siempre un peligro para los que estaban un escalón arriba.

Hablaron con él y le dijeron que no vendiera tanto, que no distribuyera más allá de tal colonia, que respetara los precios. Y sobre todo, que pagara. Entre los billetes gruesos que ya abultaban y las nubes de ese éxito de humo y fantasmal, le dio por consumir y consumir. Todo para dentro. Y dejó de pagar.

Le cobraron, lo buscaron, amedrentaron y advirtieron. No hizo caso. Se vio por encima de todos, poderoso e intocable. Así se miró, frente al espejo, como un dios: el de las drogas, el narco, la lana, el sol en esa mirada. Dieron con él y lo sacaron a patadas de su casa. Lo subieron a una camioneta y atrás de ella iba otra con cinco hombres armados. Le decían no pagaste güey, y eso les pasa a los que se quieren pasar de cabrones. Te crees muy chingón, pues así terminas puto. Por malapaga.

Tres días después lo encontraron cercenado. La cabeza a dos metros y las piezas de su cuerpo perforado. Él, desde esa banca de la plaza, mantiene atados sus dedos y parece un nudo difícil. Recuerda al bitache. Ahora tiemblan sus cachetes y los hilos de lágrimas bajan sin piedad. Era su amigo, ese que siempre lo defendía y por quien él no pudo hacer nada.

Mar 172016
 

De morros crecieron juntos batiendo el terrenal del barrio: las costras de arena se les pegaban a las rodillas y a las plantas de los pies, de tanto jugar a las canicas, al trompo y al que parara más penaltis en el futbol. La cuadra, el polvo, las casas, la esquina y sus fachadas, eran de ellos.

Uno era tranquilo, afanoso y muy de casa. De ahí, de su calle, no pasaba. El otro vago, con dinero que la madre le daba para el pan y los refrescos, los tostitos y esquites. Cuando pasaban los carros de lujo, de modelo nuevo, zumbando y alebrestando la polvareda, el que siempre traía dinero en los bolsillos decía mira qué perrones. Machín se oían los motores, cada acelerón parecían rugir, ladrar: zarpazos de sonidos, gasolina y velocidad.

Un día voy a tener uno de esos. O de esas. No, mejor un mustang. Uno rojo, grande, brilloso, de llantas así y un superestéreo. Pum pum pum. Así se van a tronar las bocinas, reventando los vidrios, retumbando en las ventanas. Bien perrón, mi mustang. El otro le contestó que sería chingón, de poca madre. Pero antes, compa, tienes que estudiar y trabajar muy duro. El otro nomás pujó.

Los años se les vinieran apurados, por el centro de esa calle, partiendo sus vidas. Uno se quedó recibiendo dinero y protección de la madre, el otro llenando con lápiz y pluma cuadernos a rayas y cuadriculados, libros y exámenes, en la escuela, y trabajando los fines de semana y en periodos vacacionales. Se veían de lejos, se echaban el grito, la mano y ocasionalmente el abrazo. Haber cuándo nos vemos pa platicar. Y así se despedían.

El otro le entró al robo de carros y luego los vendía, y cuando no, al menos se deshacía de refacciones y accesorios. Se compró un mustang y luego otro. Vendía y vendía lo que robaba y se hacía de un dinerito que malgastaba, junto con el que le seguían dando en su casa. Una mañana se enfadó. Voy a vender todo, dijo. Publicó en el feis vendo esto y aquello: carros, piezas, estéreos, bocinas, amplificadores, llantas, rines, etcétera.

Tuvo éxito en unas y en otras no. Llenó sus bolsillos y dejó un guardadito. Estaba hasta la madre, cuando se enteró que podía trabajar en Estados Unidos, con un grupo de batos que también iban para allá.

Lo citaron y él le avisó a su amigo de infancia, quien también se animó. Pues vamos. Se vieron con los otros, en un centro comercial. Subieron a dos camionetas y agarraron carretera. Cuarenta minutos después bajaron al que había decidido estudiar. Tú no, morro. Te bajas. Despídete de tu amigo, hasta aquí llegó todo. No supo de qué hablaban, pero obedeció.

Dos días bastaron para que apareciera hinchado y perforado, en el canal. La madre lo vio y preguntó qué. Llorosa, temblando, desmoronándose. Qué te faltó, mijo.

Feb 162016
 

Había sido soldado y no cualquiera. Se fue de guardaespaldas de un narco porque le dejaba más dinero: le recomendaba rutas de seguridad, nunca manejaba la camioneta porque le decía que así no iba a poder custodiarlo ni accionar su arma si había algún ataque, y enseñó y ordenó a los otros escoltas cómo vigilar, dónde montar guardia y responder.

Era un hombre recio, fuerte, de estatura mediana, moreno, pelo y frases cortas. Mientras otros habían sido castigados o cesados por indisciplina o porque llamaban la atención al mostrar sus armas o participar en accidentes, él se había desempeñado como todo un profesional de los fusiles y la nueve milímetros, subordinación y discreción.

Pero ese día el jefe le llamó la atención inmerecidamente. Él no agachó la cabeza. Miró fijamente a ninguna parte y luego de los humores de su jefe, que subían y bajaban, que antes de gritar parecía un mar en calma, decidió renunciar. Le dijo que quería ver a su familia, tener otro ambiente, y que no le gustaba el trato que le daban.

Él jefe se sorprendió. Era su mejor guarura pero se mordió un güevo y le dijo por mí lárgate. Tampoco, jefe. No más me voy, y eso sí, le advierto: no me ande siguiendo a ver con quién me junto, a dónde voy. Yo sé que lo ha hecho con otros que se han salido. No lo haga, jefe. Porque si lo hace yo me voy a dar cuenta, y le voy a regresar a su gente en pedacitos. Usted sabe cómo soy. No voy a andar de mitotero o soplón con la policía o el ejército. No soy un traidor ni soy un perro, pero con todo respeto no me chingue y todos contentos.

El patrón se le quedó viendo. Le dijo que estaba bien y ordenó que le dieran dinero por el tiempo trabajado. Él tomó el sobro abultado y dijo adiós de lejos. Cuando uno de sus guardaespaldas volteó, el jefe le dijo no lo sigas.

Dos semanas después supieron que se había vuelto a acomodar. Trabajaba para una célula de la misma organización criminal, en una ciudad cercana. Era el comandante de un grupo de sicarios. Le ordenaron seguir a uno de la marina que iba de civil. Lo interceptaron y sometieron, pero cuando le ordenaron que abriera la cajuela del carro los sorprendió. Se armó la tracatera: su compañero herido y él muerto.

El cadáver quedó en la funeraria dos días. Su ex jefe se enteró y ordenó: gestionen lo del seguro de vida, hablen con la viuda y denle el dinero, y arreglen el entierro. La mujer se quedó con dos hijos pequeños. Todo corrió por cuenta de aquel que había sido su patrón y que no le guardaba rencor por haberlo dejado sin su custodia, sino que le tenía gratitud: no ordenó que lo siguieran, cuando renunció, aunque sí lo acompañó al panteón a besar con billetes y generosidad el frío mármol de su tumba.

Dec 212015
 

Javier Valdez/Río Doce.- Dejaron las llaves en el librero. No pensaron en nada, solo en entrelazar las piernas, expropiar espaldas y labios, y nadar en la oscuridad de ese cuartito de tres por cuatro, ubicado al fondo. Todo en silencio, sin quejidos ni alaridos ni palabras obscenas. Des pa ci o y alocadamente: a tientas, andando los caminos que conocían de memoria y que siempre eran nuevos. Así se reencontraban cada noche, como los recién casados que eran.

Vivían en la casa de la abuela, no podían más. Ahí compartían los espacios con dos primos. Ella era una profesionista, le iba bien como nutrióloga. No le pagaban lo que quería. Algo es algo, repetía, en cada quincena, cada bono de productividad y puntualidad, cada dinero extra cuando atendía pacientes por su cuenta.

Él a ratos en el subempleo y a ratos con trabajos que le dejaban más o menos llenos los bolsillos, esos que luego luego exprimía con tantos gastos. Ni queriendo, habían podido ahorrar para comprar una casa. Pero lograron, en un golpe de suerte y con chambas extraordinarias, juntar algo y comprarse un carro. Era un compacto chico, suficiente para dos que se amaban y a quienes no les importaba la vida precaria ni el sudor en la frente: piel roja, irritada, gotas de sangre en esos desvelos, tantos músculos erguidos y tensos, y ese sacrificio sin manecillas.

Dejaron las llaves en el librero, junto a la tele. Los primos a veces llegan tarde y en ocasiones borrachos, pero son tranquilos. Esa noche llegaron sigilosos, algo cuchichearon y salieron de ahí. Evitaron que las llaves chocaran entre sí y con el llavero grueso, para no hacer ruido.

A la mañana siguiente, el carrito estaba ahí. Ellos se disponían a salir cuando les cayeron dos patrullas de la policía. Lo subieron a él y le gritaban que ya sabían en qué andaba. Que andar de matón era malo, pero era peor ser secuestrador. Se lo llevaron y a los dos días lo presentaron en una conferencia de prensa. Líder de una banda de secuestradores es detenido por la policía. Hay otros dos, dijo el procurador. Están identificados. Dos primos.

Él no dijo nada frente a los periodistas. Los golpes, la electricidad en los güevos, la bolsa de plástico en la cabeza, le decían que no debía abrir la boca. Firmó algo que no leyó y que seguro eran puras mentiras. Gacho, flácido y con moretones escondidos. Desvelado y con ojeras como sábanas negras, recibió flachazos y potentes luces lanzados por las cámaras de televisión. Le preguntaron cosas que no respondió. Y salió de ahí jalado por esos polis de negro, capucha y casco.

A los días supo. Sus primos eran eso, secuestradores. Por miles de dólares habían liberado a ese niño. Lo bueno es que estaba vivo.

Dec 142015
 

Javier Valdez/Rió Doce.- Marido y mujer preparaban las cosas. Iban a la sierra, a casa de los padres de él. Habían crecido en esos pueblos de siembra de frijol y maíz para consumo familiar, y de mariguana y amapola para el mercado nacional y más allá. Y ahí, entre el caserío modesto, con antenas parabólicas y plantas de energía solar, los esperaban hermanos, padres y primos.

Vieja, prepara todo. Ya casi nos vamos. Era una pareja joven, chambeadora, que apenas habían terminado la escuela y se esmeraban en salir adelante. Ella lo adoraba. Se le notaba en la mirada: le encajaba los pétalos de las rosas no más de verlo y se le derretían los hombros para quedar a los pies de él. Pero él era más sobrio y callado. Le decía que la amaba cuando andaba pedo y entonces metía la lengua en esa boca de fresa carnosa y se desbarataba amándola.

Eran felices. Niños, todavía no. Planeaba en dos o tres años, mientras se dedicaban a saciar sus jugos y repartirlos en todos sus cuerpos, en la sala igual que en el lavadero y la cocina. Apúrate, vieja. Ahí está la yelera. Mete la carne para asar, las cebollas, esa salsita que tanto me gusta, tortillas no porque las de mi amá son las mejores. Ah, y no se te olvide el encargo de mi compadre. Tú sabes dónde guardarlo. Siombre, ya deja de preocuparte. Está todo casi listo.

Montaron la carcacha, una Chévrolet vieja y destartalada, que rugía como si siempre tuviera tos y flemas atoradas. Pero no se raja la cabrona, repetía él. Y reían. Iban subiendo los cerros, escoltados por los pinares, cuando se encontraron a un viejo conocido: sus huaraches lodosos lucían al lado de una camioneta nueva, de rines de lujo y llantas todavía limpias.

Qué pasó, güé. Nada, que no prende. Válgame, tan nuevecita y batallosa. Se asomó al tablero y vio que el encendido tenía un sensor que debía detectar la llave, y ésta debería estar cerca. La traía en el bolsillo, pero no sabía que así prendía. Él le enseñó. Aplastó el botón que decía engine y también el freno, y arrancó. Ni el polvo le vieron cuando se perdió en el camino, cuesta arriba. Atrasito de él, llegó un convoy de polis. Se detuvieron y les preguntaron por un hombre así, con una camioneta nueva. Recién robada. No lo vimos.

Uno de los agentes se bajó. Se asomó a la camioneta vieja y vio la yelera. La abrió y sin esculcar la cerró. Vámonos, gritó. Los agentes y su caravana siguieron de frente, y en un parpadeo se perdieron entre los vericuetos. Él tragó saliva y ella sonrió, pícara. De qué te ríes, dijo él. Nada. Oye, y el encargo de mi compadre. Preguntó. No te preocupes: ahí viene. Dónde. La mujer acercó la yelera y la abrió. Encima estaba la verdura, unos recipientes con salsas, y abajo la carne. Dentro de una bolsa de plástico. Y entre los filetes una Smith and Weson nuevecita.

Dec 072015
 

Le decían lic para acá, lic para allá. Andaba armado: una escuadra, en una cangurera discreta. Chaparro, moreno, ex militar y con muchos contactos en el gobierno, la policía y la mafia. Iba y venía con información, era puente de comunicación entre unos y otros, y resolvía asuntos con esa labia puntiaguda, ágil, prudente, filosa y con movimientos cargados a la izquierda.

Un caballero en la mesa. Pero a la hora de agarrar los cuchillos, era rápido y eficaz. Igual pasaba con los genitales y sus calenturientos movimientos. Tenía una mujer en cada colonia y a esas había que agregar las que arremangaba en su despacho, otras abogadas que conocía y una que otra cliente que metió bajo su cremallera.

Dicen que de ahí le vino la bronca. También dicen que no. Lo cierto es que su vida era como una licuadora, cuyo botón solo sabía moverse en máxima velocidad. Un día preguntaron por él. Te anda buscando El señor. Él identificaba a los patrones con claves que solo sus allegados conocían: el corto, el alto, el del séptimo mes, el manolarga, el patón, el pilichi, el ponteduro. Pero ese que lo estaba llamando era pesado y cabrón. Con c mayúscula.

Puso los ojos como de canica gorda. Se frotó las manos. Dos minutos de un silencio sin respiración, cuatro pasos para adelante y otros cuatro para atrás. Preguntó a su interlocutor si sabía para qué lo querían. No sé, respondió. Fue un no sé cortante, de esos que ocultan bajo lengua una verdad oscura e inminente. No, no sé. Le dijo a su secretaria que sacara los papeles del expediente que tenía pendiente porque iban a pasar por él otras personas. Le preguntó sobre las citas de ese día. Cancélalas. Se despidió con un nos vemos mañana, tengo que salir de la ciudad.

Agarró la camioneta Lobo, a la que solo se trepaba de un brinco. La prendió y se fue. Dicen, ahí, cerca del pueblo, que sus gritos se escuchaban: que salían del monte como chanates despavoridos, que lloró como ardilla huyendo del incendiado maizal, que pidió perdón como si tuviera a Cristo arriba, en la cruz, frente a él. Alguien le preguntaba con voz fuerte, de esas cuyas palabras se quiebran antes de golpear el aire. Le reclamaba, volvía a preguntar y luego le decía que no era posible tolerar tantas pendejadas y en tan poco tiempo.

Luego unos disparos. Luego el silencio y una calma que no puede creerse ni engullirse. Nadie lo buscó ni al día siguiente ni al siguiente ni al siguiente. Un amigo, de esos de la escuela, supo que estaba desaparecido. Fue a una cita, cerca de la ciudad. Se despidió normal y ya no regresó. La policía, le dijo su secretaria cuando cerraba el despacho, ya sin nadie, solo encontró la Lobo a la orilla de un camino. Tenía las luces prendidas y en el estéreo se escuchaba una y otra vez un narcocorrido.

Nov 232015
 

ejecutados

Javier Valdez/Río Doce.- Eduardo no quería cerrar los ojos: esa pesadilla seguro estaba ahí, bajo la cama, en algún rincón oscuro, en esos pasadizos estrechos y misteriosos de su sistema neurológico, en los escondites y laberintos, en algún callejón sin salida de su cabeza negra y de cabello largo. Esperará a que cierre los ojos, le gane el cansancio y el sueño llegue y pum, aparecerá dentro de su frente, como película de terror.

Todo empezó cuando aquella tarde le tocaron las mesas que están más cerca de la calle. Pero esa tarde, antes de que el sol se acunara del otro lado del mar, llegaron como seis hombres. Todos traían cuerno de chivo y pistola al cinto. Se fueron derechito hacia unos que estaban en una de las mesas y dispararon a corta distancia, sin decir agua va. No más se escucharon los rafagazos y la gente empezó a gritar y correr. Se atropellaron entre las sillas blancas, de plástico, y las mesas cuadradas.

Esos que estaban en esa mesa de madera fueron perforados por los proyectiles: las balas zumbaban y pof, ingresaron inmisericordes rasgando la piel, abriéndolo todo, expulsando masa gris y otros jugos rojos unos, y blancos y grisáceos otros. Los matones vieron cómo cayeron al piso, malheridos. Viraron a los lados, como abanicos. Bajaron sus armas y se fueron sin prisa.

Uno de los que estaban tirados en el suelo quería decir algo. Le brotaba sangre por la boca, ahogado en ese río tibio y mortal. Él lo vio, se acercó. Acuclillado le dijo tranquilo compa, ya viene la ambulancia. Pero el hombre pronunciaba estertores y salían burbujas. Sonidos guturales que él percibió cuando le tomó la mano y empezó a sobársela. Solo repetía tranquilo, tranquilo. No se le ocurría nada más. Se agachó y acercó su oído para tratar de captar alguna sílaba, armar esos pedazos de voz anegada. No pudo. Estiró su brazo y dio con el cuello. Pulso débil.

La mano se enfriaba y aquel hombre, que todavía movía los ojos, parecía abandonarse sobre ese charco. Tranquilo, mi compa. Le apretó la mano, pero ésta se enfriaba. Llegaron los paramédicos y uno apenas le buscó el pulso. Sin mucha convicción, movió la cabeza y le pusieron la sábana azul.

Ahora, Eduardo ya no tiene esas pesadillas. No, desde que la mamá del muerto fue y preguntó dónde había quedado y él le dijo ahí, yo le tomé la mano. La señora lloró, le dio las gracias y le dijo qué bueno que mi hijo no murió solo. Y él descansó: había pensado en que no había hecho lo suficiente, que pudo haberlo salvado. Se sintió torpe y frustrado. Y entonces se despidió del muerto, lo soñó tranquilo, en paz y agradecido, y acabaron las pesadillas.

Sep 142015
 
Foto: Río Doce.

Foto: Río Doce.

Río Doce/Andrés Villarreal

Juan Villoro se especializa en relacionar contrarios y malentendidos evidentes que nadie vemos. En la presentación del libro Huérfanos del narco de Javier Valdez, dijo que solo en México el departamento de “objetos perdidos” recolecta todo lo encontrado y que deja de estar perdido. Los americanos que van directo al punto lo llaman: “Lost and found”, que literal es “perdido y encontrado”.

Igual pasa con las balas perdidas, que invariablemente dan en un blanco. Aquí esas historias las hay por cientos.

Una noche una mujer se despertó en su cama de lo que creía una pesadilla. Oyó cohetes y sintió que se le quemaba la cara. No soñaba, de los tiros de la calle una bala perforo la ventana y se posó en la almohada quemándole la mejilla.

En otra pesadilla, la de 2008 en Sinaloa, a una patrulla de la Estatal Preventiva la emboscaron en el cruce de Universitarios y Calzada de las Américas. Ni siquiera alcanzaron a defenderse, acribillaron a 6 agentes. Esperando el semáforo verde en una camioneta, un hombre se agazapó entre el acelerador y el freno. Cuando intentó irse, justo detrás de su cabeza el cristal mantenía el agujero de una bala. Entre los policías asesinados aquel 2008 estaba Alejandro Almaral, hermano de Martín Almaral, de quien Villoro también presentó un libro, Práctica de vuelo que reúne otro grupo de columnas del periódico Noroeste.

En otros casos las balas perdidas fueron asesinas. Sonia Monzón abordó el camión urbano Campo El Diez, el jueves pasado, rumbo a su casa. Se sentó junto a su esposo. El chofer vio a lo lejos una balacera, se disparaban de un auto a otro. Frenó el camión, no quería acercarse más. Dos balas dieron justo en el parabrisas, una para ella, otra para su esposo. Sonia Monzón murió al instante.

Es Culiacán no hay que ser narco para morir de una bala perdida, que en realidad está encontrada.

Margen de error

(Hacerle al pendejo) Un Procurador de Justicia de Sinaloa explicó en síntesis la fórmula para responder a cabalidad en el puesto que le encomendó el Gobernador: “Hay que hacerse pendejo por dos años”. ¿Para qué más palabras y teorías? A eso se dedicó los siguientes meses. La dificultad en realidad se encontraba en fingir que no lo era.

En aquellos tiempos, dos años eran suficiente desgaste y luego llegaba otro que seguía al pie de la letra la fórmula aunque no lo admitiera. Claro, siempre llega el que se quiere pasar de listo, y hasta el que verdaderamente es listo pero que termina siendo abandonado, relegado, y expatriado.

El puesto de Procurador es ingrato en cualquier lugar del país. No permite decir que estás cansado. No permite tampoco los nervios de punta porque el timbre del teléfono despierta todas las madrugadas. Los resultados nunca se reconocen, aunque siempre disminuyan o solo se den pequeños repuntes.

Salvo el exprocurador Miguel Ángel Mancera que llegó a la jefatura de gobierno en el Distrito federal, suele ser una tumba. Piense en los Procuradores de Sinaloa o en los Procuradores Generales de la República.

Visto así no queda más que jugarse el prestigio poco o mucho que quede. Y seguir la recomendación de aquel Procurador de Sinaloa en tiempos de Renato Vega. Dos años para hacerle al pendejo.

Mirilla

(Los 43) Creer en la investigación de la PGR o en el Informe Ayotzinapa del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, GIEI, no es un asunto de fe. Aunque en toda la semana así se habla y se dividen en dos grupos: los que creen en uno y los que critican al otro.

De la investigación de la PGR como verdad histórica queda muy poco, y terminan por admitirlo hasta los propios defensores —excepto quizás Murillo Karam—. Aun así esa es la única investigación con validez jurídica. La revelada esta semana que realizó la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, con la anuencia del Estado mexicano, admite de entrada que no se trata de “un diagnóstico definitivo de los sucedido con los 43 normalistas desaparecidos… (pero) sí recoge los hechos que considera probados y aquellos otros que considera probados que no han sucedido o sobre los que existe una controversia tal que se cuestiona su validez.”

En la premisa anterior está el resumen de las 560 páginas.

Lo probado, es que los 43 estudiantes fueron desaparecidos en una participación conjunta de un grupo de narcotraficantes y las policías. (Coinciden PGR y GIEI).

Lo probado que no ha sucedido, es que los estudiantes fueron quemados en el basurero de Cocula. (PGR lo afirma; GIEI asegura que no es así).

Y aquello sobre lo que existe controversia y se cuestiona la validez, se refiere a la participación de autoridades federales. El Grupo de Expertos acredita que efectivos del Ejército estaban enterados de lo que sucedía en Guerrero aquella tarde-noche del 26 de septiembre y todo el 27 de septiembre, lo mismo que agentes federales. Ambos tenían el seguimiento a través del sistema C-4 de todo lo que sucedía, y tanto militares como federales aparecen en diferentes sucesos de aquella larga noche y madrugada.

DEATRASALANTE

(Mezclilla Cimarrón) Son dos meses ya de la fuga del Chapo. Pasó el tercer informe de Enrique Peña, movió su gabinete, y todo sigue igual. En aquel túnel, donde se acredita la fuga hace dos meses, quedaron varios pantalones de mezclilla marca Cimarrón, talla 34, comprados en el Wal-Mart más cercano(PUNTO)

Sep 072015
 

Tenían cuatro toneladas de mota en la cochera, en la que bien podían estacionarse cuatro vehículos. Una noche antes, mientras descargaban la yerba, un boludo rondó la zona y se mantuvo fijo sobre el camión de carga. Ellos, sorprendidos en la maroma pero ágiles, brincaron y se metieron bajo el tráiler. La fuerte luz lanzada desde el helicóptero parecía traspasar la caja del camión.

Ahí se mantuvo dos minutos: litros de sudor, kilos de esfínteres apretados, ojos saltados que abarbaban media cara y manos paralizadas. Hasta que el boludo se fue. Terminaron de descargar y se fueron a dormir, luego de una sobredosis de güisqui y dos churros colectivos. Bajar la adrenalina, descansar. Al día siguiente habría que repartir la carga y hacer cuentas.

De mañana, avisaron que todo estaba bien. Salieron a dar unas vueltas y de regreso fueron a echar gasolina. Platicaban, festejaban, se les hacía agua la boca de imaginar tantas ganancias. Pero olvidaron pagar el combustible. La dueña los reportó y como ya los traían cortitos, llegando a la casa les cayeron los policías antidrogas. Las tres letras grandes, amarillas, sobresalían en sus chaquetas. Traían escopetas, las manos en las cachas y la insignia a la mano.

Le preguntaron al que manejaba de quién era la casa y contestó que él era el dueño. También del carro. Les pidieron identificaciones. Los esculcaron a ellos y al carro. Nada. Desde dentro, por una minúscula mirilla, un vigilante observaba, sudoroso y con sobresaltos de ave nerviosa.

Los agentes les dijeron que como no habían pagado, los habían seguido. Les dijeron que debían regresar a pagar y a disculparse con la dueña. No llevaban orden de cateo, pero igual el dueño no los dejó ni asomarse. Conocía sus derechos y mostró un temple que él mismo no conocía. Ya en la gasolinera, el jefe de los uniformados les explicó que debían escribir en una hoja blanca, a mano, que los perdonaran y que jamás iba a suceder. La dueña los miraba como mira Dios cuando está molesto: cruzó los brazos sobre sus pechos y pintó una raya horizontal que sustituyó sus labios.

Firmada por los tres y con disculpas adicionales, reverencias y apretones de manos, se conciliaron con la dueña y se retiraron. Los agentes por su cuenta. Los habían vigilado de lejos y de cerca, desde hace días. Los esperaban en las esquinas, a la vuelta. Pero no sabían de esa tonelada de coca que recibían cada semana. Ni supieron de la yerba estacionada en la cochera, en maletas y costales.

Peroombre, compadre. Eso nos faltaba, que por esos veintiocho dólares que echamos de gasolina nos detuvieran y encontraran la mota. Me acordé de esa canción. Cómo dice. Esa de quién iba a pensar, que por una meada. Ya ni la chingas, de plano. Pinche compadre.