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Sep 142015
 
Foto: Río Doce.

Foto: Río Doce.

Río Doce/Andrés Villarreal

Juan Villoro se especializa en relacionar contrarios y malentendidos evidentes que nadie vemos. En la presentación del libro Huérfanos del narco de Javier Valdez, dijo que solo en México el departamento de “objetos perdidos” recolecta todo lo encontrado y que deja de estar perdido. Los americanos que van directo al punto lo llaman: “Lost and found”, que literal es “perdido y encontrado”.

Igual pasa con las balas perdidas, que invariablemente dan en un blanco. Aquí esas historias las hay por cientos.

Una noche una mujer se despertó en su cama de lo que creía una pesadilla. Oyó cohetes y sintió que se le quemaba la cara. No soñaba, de los tiros de la calle una bala perforo la ventana y se posó en la almohada quemándole la mejilla.

En otra pesadilla, la de 2008 en Sinaloa, a una patrulla de la Estatal Preventiva la emboscaron en el cruce de Universitarios y Calzada de las Américas. Ni siquiera alcanzaron a defenderse, acribillaron a 6 agentes. Esperando el semáforo verde en una camioneta, un hombre se agazapó entre el acelerador y el freno. Cuando intentó irse, justo detrás de su cabeza el cristal mantenía el agujero de una bala. Entre los policías asesinados aquel 2008 estaba Alejandro Almaral, hermano de Martín Almaral, de quien Villoro también presentó un libro, Práctica de vuelo que reúne otro grupo de columnas del periódico Noroeste.

En otros casos las balas perdidas fueron asesinas. Sonia Monzón abordó el camión urbano Campo El Diez, el jueves pasado, rumbo a su casa. Se sentó junto a su esposo. El chofer vio a lo lejos una balacera, se disparaban de un auto a otro. Frenó el camión, no quería acercarse más. Dos balas dieron justo en el parabrisas, una para ella, otra para su esposo. Sonia Monzón murió al instante.

Es Culiacán no hay que ser narco para morir de una bala perdida, que en realidad está encontrada.

Margen de error

(Hacerle al pendejo) Un Procurador de Justicia de Sinaloa explicó en síntesis la fórmula para responder a cabalidad en el puesto que le encomendó el Gobernador: “Hay que hacerse pendejo por dos años”. ¿Para qué más palabras y teorías? A eso se dedicó los siguientes meses. La dificultad en realidad se encontraba en fingir que no lo era.

En aquellos tiempos, dos años eran suficiente desgaste y luego llegaba otro que seguía al pie de la letra la fórmula aunque no lo admitiera. Claro, siempre llega el que se quiere pasar de listo, y hasta el que verdaderamente es listo pero que termina siendo abandonado, relegado, y expatriado.

El puesto de Procurador es ingrato en cualquier lugar del país. No permite decir que estás cansado. No permite tampoco los nervios de punta porque el timbre del teléfono despierta todas las madrugadas. Los resultados nunca se reconocen, aunque siempre disminuyan o solo se den pequeños repuntes.

Salvo el exprocurador Miguel Ángel Mancera que llegó a la jefatura de gobierno en el Distrito federal, suele ser una tumba. Piense en los Procuradores de Sinaloa o en los Procuradores Generales de la República.

Visto así no queda más que jugarse el prestigio poco o mucho que quede. Y seguir la recomendación de aquel Procurador de Sinaloa en tiempos de Renato Vega. Dos años para hacerle al pendejo.

Mirilla

(Los 43) Creer en la investigación de la PGR o en el Informe Ayotzinapa del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, GIEI, no es un asunto de fe. Aunque en toda la semana así se habla y se dividen en dos grupos: los que creen en uno y los que critican al otro.

De la investigación de la PGR como verdad histórica queda muy poco, y terminan por admitirlo hasta los propios defensores —excepto quizás Murillo Karam—. Aun así esa es la única investigación con validez jurídica. La revelada esta semana que realizó la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, con la anuencia del Estado mexicano, admite de entrada que no se trata de “un diagnóstico definitivo de los sucedido con los 43 normalistas desaparecidos… (pero) sí recoge los hechos que considera probados y aquellos otros que considera probados que no han sucedido o sobre los que existe una controversia tal que se cuestiona su validez.”

En la premisa anterior está el resumen de las 560 páginas.

Lo probado, es que los 43 estudiantes fueron desaparecidos en una participación conjunta de un grupo de narcotraficantes y las policías. (Coinciden PGR y GIEI).

Lo probado que no ha sucedido, es que los estudiantes fueron quemados en el basurero de Cocula. (PGR lo afirma; GIEI asegura que no es así).

Y aquello sobre lo que existe controversia y se cuestiona la validez, se refiere a la participación de autoridades federales. El Grupo de Expertos acredita que efectivos del Ejército estaban enterados de lo que sucedía en Guerrero aquella tarde-noche del 26 de septiembre y todo el 27 de septiembre, lo mismo que agentes federales. Ambos tenían el seguimiento a través del sistema C-4 de todo lo que sucedía, y tanto militares como federales aparecen en diferentes sucesos de aquella larga noche y madrugada.

DEATRASALANTE

(Mezclilla Cimarrón) Son dos meses ya de la fuga del Chapo. Pasó el tercer informe de Enrique Peña, movió su gabinete, y todo sigue igual. En aquel túnel, donde se acredita la fuga hace dos meses, quedaron varios pantalones de mezclilla marca Cimarrón, talla 34, comprados en el Wal-Mart más cercano(PUNTO)

Sep 072015
 

Tenían cuatro toneladas de mota en la cochera, en la que bien podían estacionarse cuatro vehículos. Una noche antes, mientras descargaban la yerba, un boludo rondó la zona y se mantuvo fijo sobre el camión de carga. Ellos, sorprendidos en la maroma pero ágiles, brincaron y se metieron bajo el tráiler. La fuerte luz lanzada desde el helicóptero parecía traspasar la caja del camión.

Ahí se mantuvo dos minutos: litros de sudor, kilos de esfínteres apretados, ojos saltados que abarbaban media cara y manos paralizadas. Hasta que el boludo se fue. Terminaron de descargar y se fueron a dormir, luego de una sobredosis de güisqui y dos churros colectivos. Bajar la adrenalina, descansar. Al día siguiente habría que repartir la carga y hacer cuentas.

De mañana, avisaron que todo estaba bien. Salieron a dar unas vueltas y de regreso fueron a echar gasolina. Platicaban, festejaban, se les hacía agua la boca de imaginar tantas ganancias. Pero olvidaron pagar el combustible. La dueña los reportó y como ya los traían cortitos, llegando a la casa les cayeron los policías antidrogas. Las tres letras grandes, amarillas, sobresalían en sus chaquetas. Traían escopetas, las manos en las cachas y la insignia a la mano.

Le preguntaron al que manejaba de quién era la casa y contestó que él era el dueño. También del carro. Les pidieron identificaciones. Los esculcaron a ellos y al carro. Nada. Desde dentro, por una minúscula mirilla, un vigilante observaba, sudoroso y con sobresaltos de ave nerviosa.

Los agentes les dijeron que como no habían pagado, los habían seguido. Les dijeron que debían regresar a pagar y a disculparse con la dueña. No llevaban orden de cateo, pero igual el dueño no los dejó ni asomarse. Conocía sus derechos y mostró un temple que él mismo no conocía. Ya en la gasolinera, el jefe de los uniformados les explicó que debían escribir en una hoja blanca, a mano, que los perdonaran y que jamás iba a suceder. La dueña los miraba como mira Dios cuando está molesto: cruzó los brazos sobre sus pechos y pintó una raya horizontal que sustituyó sus labios.

Firmada por los tres y con disculpas adicionales, reverencias y apretones de manos, se conciliaron con la dueña y se retiraron. Los agentes por su cuenta. Los habían vigilado de lejos y de cerca, desde hace días. Los esperaban en las esquinas, a la vuelta. Pero no sabían de esa tonelada de coca que recibían cada semana. Ni supieron de la yerba estacionada en la cochera, en maletas y costales.

Peroombre, compadre. Eso nos faltaba, que por esos veintiocho dólares que echamos de gasolina nos detuvieran y encontraran la mota. Me acordé de esa canción. Cómo dice. Esa de quién iba a pensar, que por una meada. Ya ni la chingas, de plano. Pinche compadre.

Aug 312015
 

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Javier Valdez/Río Doce.- Raúl se dedicaba a robar combustible. Les llegaba la información sobre la hora precisa en que pasaría por ahí la gasolina y ellos debían estar listos: casi siempre de noche o madrugada, con la llave que ellos habían instalado en los ductos y el permiso de los narcos que mandaban en esa localidad.

A esa hora de la succión ellos eran fantasmas, sombras. La policía se retiraba a otros operativos, lejos de la ordeña de magnum, el ejército dejaba de patrullar, los de la Marina se mantenían en el retén. Ni los grillos cantaban, acaso un tecolote despistado y los murciélagos que se sentían invadidos y desorientados.

Los recipientes de doscientos litros esperaban en las camionetas. Fila interminable de vehículos queriendo surtirse para vender por su cuenta, entregarla a los jefes, repartirla entre otros que la revendían. Negocio redondo, incendio pequeño en esa comunidad que había dejado de oler a pólvora de los cuernos de chivo y empezaba a llenarse de una almohada invisible de gasolina: en los patios, las escuelas, la plazuela, las tienditas de esquina, los campos de maíz y las recámaras.

Un día le dijeron que dejara de ordeñar. Preguntó y le contestaron no sé, órdenes del jefe. Pero él necesitaba dinero, tenía que recuperarse del tiempo que pasó encarcelado. No se puede, loco. No es no. Has caso. Pero él no podía quedarse sentado frente al televisor, pisteando una caguama, sabiendo a qué hora iba a pasar la verde por el ducto. Bastaba con poner la mano en la llave y darle vuelta y abrir y. Oro. Oro verde, azuloso, rojizo, líquido, caliente. Y era todo para él solo.

Dos días más lo encontraron hinchado y con un balazo en la nuca. Te lo dije. Fueron las tres palabras del mismo que le había advertido que no ordeñara, con la mano en la treinta y ocho. Jorge su hermano menor le lloró tanto que se secó por dentro. Una muerte chiquita nació en sus entrañas: empezó en el hígado, subió por el estómago, se instaló en los jugos gástricos, conquistó el esófago, se convirtió en grito, montó los senos paranasales y mutó en un llanto sin lágrimas.

Jorge ahora ordeña. Trabaja para los mismos, esos que jalaron el gatillo, que tienen pólvora en las manos y que reparten los billetes y nutren la almohada con olor a gasolina: los mismos que trozaron a Raúl. Él lo sabe, pero quiere dinero y mucho, porta una venganza que le empedró el rostro y le mató la mirada, y no olvida ni sueña: solo pesadillas visitan sus madrugadas.

Le dijo su madre, salte hijo. No, no puedo. Te ven a matar, por el amor de dios. ¿Dios? No hay dios si ya mataron a mi hermano. Pero hijo. Nada, amá. Ya no me importa. De hecho, con lo de Raúl, ya me siento medio muerto.

Jul 132015
 

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Javier Valdez/Río Doce.

La mujer de enormes ojos y cuerpo de olas de mar fue tan asediada por ese hombre de armas, a quien aceptó como novio y rápido se casó con él. Se esmeraron tanto en fecundar el óvulo que en poco más de dos años tuvieron dos hijos, niña y niño. Tenía joyas y carro del año y buena ropa, perfumes y accesorios, y una casa mediana que apenas llenaban.

Tenían tanto y les iba tan bien que no pensaron en que todo tiene un final: callejones oscuros y sin salida, cilíndricos, que escupen fuego. Le cayeron en uno de los traslados de droga, custodiando. Él estuvo a punto de botar el seguro y jalar el gatillo del cuerno de chivo pero le ganó la cordura, el recuerdo de su mujer y sus hijos. De lejos le gritaron que soltara el arma, se hincara y se acostara boca abajo, en el pavimento.

Le dieron tantos años que pedía prestados dedos para contar y pedazos de otras paredes para infringir dolorosas muescas en la celda. Su mujer iba seguido y luego no tan frecuentemente, pero siempre llevaba a los niños. Hasta que ese hombre, también pistolero, se le acercó y le dijo reinita. Por esas nalgas, yo te doy una casa más grande y te cuidaré con todo y tus dos hijos. Vente a vivir conmigo.

Aceptó porque necesitaba dinero y no le alcanzaba ni para que comieran sus hijos. No lo conocía mucho pero le pareció la mejor opción. Ella, que era peleonera y le gustaba andar de pachanga con las amigas, empezó a decirle a él a todo que sí y a ellas que no. Él le ordenaba ve al mandado, yo cuido a los niños. Y ella aceptaba con abnegación. Pero no soltaba el teléfono ni permitía que él leyera sus mensajes.

Se quejó de esa vida de monja y de telas sintéticas en lugar de escotes. De los pantalones holgados en lugar de esas minifaldas de infarto. Ya ni siquiera podía imitar el vaivén, esa danza de olas besando el mar, al caminar, porque él la reprimía. No andes de puta, mijita. Le repetía, a veces de cerca, al oído, con navajas en la lengua. Otras le gritaba en público, con espuma de cicuta en la boca.

Un día le dijo deja ese pinche teléfono, cabrona. Y lo dejó a un lado. Y sonó y vibró y sonó en dos ocasiones más y volvió a vibrar. Eran los mensajes que ella ya no podía contestar, por órdenes de su dueño. Hasta que le dijo, déjame que le responda y ya lo guardo. Se le hizo fácil, no esperó la respuesta. Tomó el aparato y empezó a teclear. Taca taca. Zumbido y timbre. Otros cuatro zumbidos: pandilla de abejas dentro del aifon. Hasta que se escuchó un grito. Te ordené que dejaras ese pinche teléfono. Y antes de que ella volteara y suspendiera el taca taca le disparó en tres ocasiones. A ver si así dejas de guasapear, pendeja.

Aviso: la malayerba descansa dos semanas. Gracias.

May 042015
 

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Joel agarró el erre y le jaló. Su amigo ya lo había hecho y le dijo nombre bato, se siente machín. Pisteaban y se enfermaban con esos corridos de los jefes, la malandrinada, los morros aventados y los cuernos de chivo. Así andaban, en esa densidad de la música y el dedo en el gatillo, cuando entraron seis encapuchados.

Iban encuernados. Les pusieron una chinga que los dejó tirados y entraron a la casa, buscando algo. Y las armas, preguntó el que parecía el jefe. Las armas, cabrón. Dime dónde están las pinches armas. El amigo de Joel respondió que no tenía más que esa y un par de cargadores. Se querían llevar a su mamá y luego a un hermanito pero al final desistieron. Solo se los llevaron a ellos.

Les cubrieron la cara con sus camisetas y los acostaron boca abajo. Los tenis squerchs del matón le pisaban la espalda. Órale puto, no mires. Veinte minutos. Los bajaron en una casa grande, de patio inmenso. Los grillos silenciaron. Los sentaron en sillas de madera. Para quién trabajan, dónde están las armas. Trajeron un machete de metro y medio y les pegaban con la hoja ladeada: en la espalda, el pecho y el abdomen. Joel decía yo no sé nada, solo soy taxista. El otro contestó que el erre se lo dieron para que lo guardara. Y de ahí no se movió.

Puñetazos en panza y cara. Navajazos en el pecho. Chicharra en las bolas. Quién, dónde, para qué. No sé, patrón. Yo no sé nada. El otro, cansado y con la sangre invadiendo sus prendas, les dijo mátame de una vez. Te la das de muy cabrón, de muy güevudo. Envolvieron su cabeza en una bolsa y se la quitaban cuando se decoloraba.

De nuevo al carro y de ahí a otra casa, en la ciudad. Los mantuvieron esposados, les dieron agua. Esperaban órdenes. Sonó el cel. Sí patrón, sí jefe. Así será. Los sacaron y otra vez al carro. Los vamos a soltar, morros. Los bajaron en un paraje y los tiraron boca abajo. Manos y pies atados, ojos vendados. Apenas besaban la yerba cuando Joel escuchó disparos. Alcanzó a sentir cómo lo mojaba la sangre que emanaba de la cabeza de su amigo.

Le hervían los brazos, el pecho. Brincaba el tórax. Ya vámonos, gritó uno. Oyó el sonido del motor. Estoy muriendo, se preguntó. Aguantó unos minutos, por si regresaban. Se hincó no supo cómo. Brincó, dio pasitos, hasta alcanzar unas ramas para tallar y cortar la cinta que ataba sus manos, sus pies. Se arrastró. Vio casas lujosas y no quiso ni que lo vieran. Luego una casa de lámina. Alcanzó a pronunciar agua. Pidió una ambulancia.

La ambulancia lo recogió. Seis disparos: brazos, pecho y en el costado izquierdo. Fracturas, heridas, cortadas. Perdió mucha sangre: está casi muerto, dijo alguien de urgencias. Solo traía trescientos: trescientos mililitros de sangre, de los cinco litros que necesitaba su cuerpo.

Apr 202015
 

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Implacable, el sacerdote miraba a las mujeres y parecía traspasarlas con ojos de rayos equis. De arriba abajo y de abajo a arriba. No era la mirada lasciva, esa que escudriña más allá de los linderos de las prendas exteriores e internas. Era el censor: ese que revisa, aprueba y desaprueba, da el paso o lo impide, desde el púlpito, el escalón superior, encima de los hombros y con esa atmósfera de superioridad, de enviado y representante celestial.

Esta sí, está no, parecía decir a la entrada de la iglesia. Entre el empedrado que recordaba la vida rural de sus habitantes, y el asfalto que avanzaba como nube negra e invasiva, le llegaban hombres con sombrero, amezclillados y camisa de seda. Cinto piteado y botas de cocodrilo, picudas y altaneras. En los estampados de las camisas de colores chingamelosojos resaltaba la hoja de mota, Malverde con ese rostro de estatua de plazuela y la virgen de Guadalupe.

El padre asentía. Reverencia aprobatoria. Pero las mujeres eran víctimas de una severidad de mármol. Prohibidas, sin decirlo, las faldas cortas. Enseñar la rodilla es un diosnosagarreconfesados. Prohibida la blusa que enseñe más abajo del cuello. Si se puede, preferentemente usar el velo. El padre era en ese templo el celador y la monja medieval, el policía de la moral y el sexo, el juez de los vestidos, las faldas, los pantalones y hasta el bilé y el rubor.

La exuberancia y el contoneo no podían ingresar a esa capilla. Tampoco el arreglo de la cabellera tipo Rarotonga ni el vestido entallado que enseñe las rutas curvilíneas del deseo ni el bamboleo de las carnes. Estrictamente prohibido mirar, sonreír, coquetear, saludar de beso, abrazar a la otra persona si es del sexo opuesto y carcajearse, aunque fuera en el saludo de la paz o antes de la celebración religiosa.

A la mayoría de los feligreses les gustaba ese padre, pero hubo quienes renegaron de sus gustos y se retiraron del templo. Cuando sabían que no era él quien oficiaría misa, volvían. Conocían sus excesos, esa humillante exhibición pública de rudeza y poder: sálgase, gritó varias veces, con el brazo extendido y el dedo de fuego apuntando. Se lo dijo igual a la madre abnegada que ese día llevo una falda con fronteras en las rodillas, que a la quinceañera que llevaba ese vaporoso vestido de nube.

Cuando esa mujer llegó con el escote mostrando el brincoteo seductor de esos pechos blancos, llamó al monagillo y lo mandó por una manta roja, que cubren los descansabrazos de las bancas. Lo tomó y se lo puso encima a esa dama frondosa y sus dos nidos tibios. Y más se encabronaron los vecinos: sabían que en los cuartos de atrás del templo, el padre le guardaba a los narcos los billetes, cocaína, carros y mariguana. Esa también la mantenía bien tapada.

Mar 162015
 

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Eran cuatro hermanos, mocosos y descalzos. Tan pobres que pasaban días comiendo solo mangos. Cuando mejor les iba desayunaban sopitas con huevo, porque se robaban los blanquillos del gallinero del rancho contiguo. Uno de ellos decidió cruzar la frontera y probar suerte con los gringos. Llegó como pudo y se quedó.

Cuando los sinaloenses que estaban allá se dieron cuenta que era de fiar, lo empezaron a enrolar en el negocio: traslado y venta de armas de fuego. Compraban allá cajas y más cajas, y las pasaban a este lado de la frontera y a buen precio. Un día le regalaron una bonita, bien nutrida y pesada. Con esa podía traspasar el blindaje de los carros.

Le fue tan bien que decidió llevarse a sus otros hermanos y darles trabajo. Ya era jefecito de ese clan de sinaloenses que surtían a los narcos de este lado del río Bravo y no podía dejarlos abajo, en esa pobreza que insistía en arroparlos para que siguieran muriendo de hambre y frío. Vámonos, allá tienen chamba cabrones. Solo dos aceptaron. Al que se quedó le dio algo de dinero para que pusiera una tienda y de ahí empezara a hacerse de un patrimonio.

Llevaban y traían. Lo que fueron primero cinco, seis cajas, luego fueron decenas. Cartuchos y armas de diferente calibre: de lujo, de gran alcance, grandes y chicas, fálicas y ruidosas, de esas que guiñan con cada crac y clic que producen al mover los aditamentos y chocar unas con otras y meter y sacar cargadores. Hasta el olor a nuevo y a fierro y a pólvora virginal los atrapaba y hacía sentir fuertes y poderosos. Y suspiraban.

En una de esas operaciones los atoraron los policías gringos. No podían esperar a que los esculcaran, así que empezaron los disparos. Ellos lograron huir pero uno de los agentes fue mortalmente herido. A los días apareció en los diarios Recompensa por asesinos de un oficial de migración. Daban detalles del tiroteo y presumían que se trataba de narcos mexicanos que operaban desde el lado mexicano.

Los jóvenes se regresaron al pueblo, a esconderse. Nada más seguro que esa fortaleza, ese blindaje amurallado de pinos y otros árboles gigantes. Pensaron que nunca los encontrarían, pero a los meses llegaron policías estatales y de la municipal. Agarraron a uno, el que había iniciado en el negocio a los otros dos, y se lo llevaron. Entre los agentes venían varios gringos. Dicen que eran del efebei, los ais y la dea. Eran más altos, iban encapuchados y no hablaban.

El hermano menor, que era más calmado, se sentó del otro lado del mostrador de la tienda y revisó en internet. Encontró que el gobierno gringo festejaba la aprehensión de un capo y que por él ofrecían una recompensa de un millón de dólares. Asesino, traficante y peligro: era su hermano.

Mar 092015
 

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Para Elías. Ese caballero medieval.

Era narco, narco. Narco cabrón. Más que narco: narcazo. Si había un nivel previo a la de jefe de jefes, era el de él. Había pasado de puntero a pistolero. Sus jales, impecables. Si hubiera un álbum o salón de la fama de los mejores trabajos en materia de ejecuciones, él estaría ahí con letras doradas, en el muro de honor, en la sección de antología. Con letras brillosas y grandes.

En su casa de ese fraccionamiento privado, había espacio para cuatro vehículos. Hubiera querido tener una alberca, una cancha para futbol rápido, un área para practicar tiro al blanco con su chanate, un fusil aerre quince, y un gimnasio en medio del jardín, junto a una fuente de cantera rosa que trajeran de Sanalona. Pero sacrificó uno a uno esos espacios porque quería una cocherota.

Hablaba de sus operaciones, de las órdenes que daba ahora que estaba el frente de una célula, de su relación con los jefes. Mis respetos, son los jefes. Nunca los criticaba ni hablaba mal de ellos. Su adulación era más bien adoración. Cuando los nombraba parecía construir con sus palabras un ramo de flores al pie de un monumento a la deidad de esos hombres de plomo y fuego y sangre.

Decía que la policía se la pelaba. Se refería a ellos con desprecio. Pinches achichincles, puro tacuache. Y hacía esos movimientos con su derecha, flexionando la muñeca y sacudiendo el puño. Altanero y entrón. Esa era parte de su fama, porque a la hora de la hora era un hombre que no se rajaba. Y puro pa lante, mi jefe. Al cien con los patrones. Pero sí retrocedía paso y medio cuando se refería a la marina. A esos putos hay que tenerles cuidado.

Pero tenía una debilidad: los carros de juguete. Por eso cuando le preguntaron qué quería que le regalaran, dijo sin pensar un carro de juguete de control remoto. Y no le dieron un bochito: era un carro Mustang rojo, de casi medio metro, con puertas que se abrían y un motor cromado que funcionaba con gasolina y rugía como león. El control era aparatoso también, con antena y botones de colores.

Lo sacó a la calle para presumir. Llamó a sus amigos y vecinos. Lo puso en el suelo de asfalto y lo prendió. Cuando gruñó el motor todos lanzaron un oh. Qué perrón, dijo uno más. Aceleró, dio vuelta, lo puso en dos llantas, hizo aguilitas y derrapó y frenó de una y subió y bajó de las banquetas por las rampas y desafió cunetas y guarniciones. Estaba inspirado, mordiendo su labio inferior y aullando estertóreo. Tanto que no vio venir un auto blanco, manejado por un joven desprevenido.

Crac. Aquello quedó untado en el pavimento. Se subió a la Ram y fueron tras él. Lo alcanzaron, golpearon y amenazaron. Hasta que hicieron que le pagara todo, hasta el funeral del Mustang rojo.

Mar 022015
 

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Río Doce.- Sobando el diapasón y mirando sin mirar la letra de ese corrido, se acordó de todo: se le vino encima una marabunta de recuerdos que él había procurado guardar en el cajón del olvido de esa memoria selectiva, que había activado como ritual de sobrevivencia. No sucedió. No fue. No fui yo. Eso no pasó.

Entonces los dedos se entumecieron y abandonaron las pisadas entre los trastes de la guitarra. Las cuerdas le parecieron más gruesas. Le dolió la madera, las bordes de acero que dividían el diapasón, las cuerdas delgadas y también las gruesas. Sus manos engarruñadas. Sus recuerdos ahí, como siluetas de espanto de una película de terror en la que él era el protagonista y muchos, otros muchos, las víctimas.

Se vio ahí. El dedo índice flexionado. Su rostro de papiro viejo. Los ojos inyectados de color semáforo. El alma pesada y asintomática y afebril: alma vieja y dura y arrugada y enferma. Su pose de dios apuntando con el dedo. Sentenciando. Vas a morir. Y el hombre ahí, tirado en el suelo. No me mates, por favor. Tengo hijos. Por tu mamacita, no me mates.

Pum.

Siempre el llanto. Las referencias a las madres de ellos y de él. La imploración. El ofrecimiento del doble o triple o todo el dinero del mundo. La promesa de que no lo volverán a hacer. La apuesta al olvido. A que se van a ir y que no le van a contar a nadie y que viajarán lejos para que nadie sepa y nunca los encuentren. Con tal de que los dejen ir. Pero las lágrimas no se acaban y alguien tiene que cerrar esa fuga: él. Y siempre, inexorablemente, apretó el gatillo para secar ese río salado.

Trabajaba para una célula del narco. Sus jefes le llamaban y le decían ai te van los datos, güey. Mátalo. Luego alguien le llevaba un sobre con una foto y un papel con datos. Él buscaba, vigilante. Seguía y perseguía rutinas. Trayectos, hábitos, guaridas. Y cuando llegaba el momento los trozaba. Siempre al pecho, siempre a la cabeza. Hay que asegurar el éxito de la operación. Ya quedó el jale, jefe.

Cuando lo detuvieron fue un milagro. Era eso o el panteón. Le dieron quince años y dijo hasta aquí. En la cárcel aprendió a tocar la guitarra y a cantar corridos. También una que otra rola campirana, de las viejitas, de amores y hasta chuscas. Desde Eufemia hasta Cuatro de a caballo. Salió del penal luego de que esa marabunta de recuerdos lo visitara constantemente. Sus demonios seguían sueltos. También su miedo. Si no me matan los jefes, lo harán los enemigos.

Pisó la calle y de ahí se subió rápido al ferry. Se bajó en un puerto cercano, sin chamba ni dinero, pero con guitarra. Encontró sayo en una cantina. Guitarra y acordeón. En un bar, frente a unos dipsómanos, contó sus penas de sangre y el alma se le aligeró. Cuál quiere que toquemos, patrón. Pistoleros famosos, le respondió.

Feb 092015
 

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El junior, le decían. Había crecido entre las manos encalladas de su padre y la vida campirana. Esa tarde se llevó a una muchacha de la que estaba enamorado y su papá le preguntó cómo le iba a hacer. Voy a ponerme a terminar la carrera, apá. Él se sintió feliz: la familia y la joven los esperarían allá, en la sierra, mientras él concluía sus estudios de ingeniería.

Le pidió a su papá la camioneta para moverse en la ciudad y cada que podía, cuando pasaban dos o tres semanas, regresaba a visitar a su familia y a esa morra amada. Una de esas que regresó le dijo a su papá que estaba hasta la madre que los policías lo molestaran. La camioneta no es de aquí, le decían. Le daban a entender que era robada, que andaba de malandrín. A cada rato lo perseguían y atoraban. Se la querían quitar. El padre se quedó pensativo. Se acordó cuando había sido poli de la municipal: pura gente mala conoció.

Ese fin de semana fue más corto y quedó en un amplio rincón de la memoria de esos tres que se quedaron esperándolo en la serranía. La madre lo vio partir y le dio la bendición. La esposa le dio un beso en la boca y el padre lo abrazó. Sombras gordas parecían rondar aquella silueta mientras serpenteaba los caminos de regreso. En lugar de los pinares, aparecían matas con espinas estorbando en esos senderos.

Allá conoció a una morra que lo correteó hasta conquistarlo. Él dejó de ir un mes a ver a sus padres porque terminaba atisbando las cuevas y montes y montañas de esa mujer. Ella le echaba el ojo a su camioneta. La quería para sí, más que al junior. Él le dijo que se iba a regresar a la sierra cuando terminara la escuela. Ella le respondió tú no te vas. Se puso celosa. La ambición plantó un destello en sus ojos. Signo de pesos.

El junior dejó de ir a la escuela. A sus progenitores y a la esposa que tenía en la casa materna les extrañó. El padre bajó a buscarlo a la ciudad. En la escuela le respondieron que hacía varios días que no acudía. En el lugar donde vivía le informaron que tenía una novia, que se empedaba con ella y que había noches en que no regresaba. Buscó en la policía, la Cruz Roja, los hospitales. Y temeroso de recibir malas noticias, las funerarias. No dio con él y se regresó: la lluvia de agosto asomó en sus oquedades y besó sus mejillas.

Aquella mujer ahora pisteaba con sus amigos y cómplices. Traía la camioneta negra que tanto le gustaba y en esas borracheras soltaba la lengua y se le aflojaba la ropa. Terminaba con uno y luego con otro y otro. En sus confesiones de borrachera y bacanal, ya sin poder sostenerse de pie, decía que ella había sido. Que los matones le llevaron la oreja no más para confirmar que el jale estaba hecho. Y les enseñaba las llaves de la Silverado: y todo en ella tintineaba.

Feb 032015
 

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Río Doce.- La cárcel: un hotel, un prostíbulo, una narcotiendita, un motel, un espá, una oficina, un refugio para pasar los días de la semana con excepción de sábado y domingo. Eso era para él el penal al que lo habían mandado, acusado de narcotraficante, delincuencia organizada, posesión de armas de uso exclusivo del ejército y posesión de droga.

Cada viernes, o a más tardar el sábado muy temprano, salía de ese centro penitenciario. Los custodios iban por él a su celda. Acudían en su búsqueda como quien se apronta para encontrar un amigo e ir a dar la vuelta. Llegaban y lo saludaban con afecto, sin dejar de lado el respeto. Jefe, a sus órdenes. Casi se le cuadraban. Él respondía también con afecto, pero no hacía más ceremonias.

Lo esperaban afuera. Él salía como si anduviera solo. Ellos tras él, escoltándolo. Mientras caminaban, le sacaban plática. Eventualmente volteaba, sonreía, respondía, hacía algún ademán, sin detenerse. Y de nuevo de frente. Trescientos pasos por ese sendero pavimentado, al fondo las empolvadas canchas de basquetbol y del otro lado los talleres de mecánica automotriz y carpintería.

Llegaban al punto de revisión. Pasaba como el agua: adelante jefe. Hasta ahí lo acompañaban esos celadores, que eran relevados por otro par. Unos cuantos metros más y llegaban al pórtico. Que le vaya bien, lo despedía más de uno. Él sonreía, levantaba la mano y respondía con gratitud. Esos mismos uniformados lo subían a un vehículo particular y lo sentaban en el asiento de atrás. A dónde siempre, jefe. Sí, por favor.

Llegaban a una casa de buen nivel. Grande, espaciosa, con cochera para tres carros y un jardín que ya lo quisiera cualquier escuela primaria del gobierno. Estaba dentro de una privada. Era la señora de la casa, la que limpiaba y le hacía comida, quien lo recibía. Patrón, pásele a lo barrido. Él preguntaba si había novedades. Volteaba a ver a los agentes, que permanecían en la puerta. Gustan. Siempre se negaban. Era la hora de separarse. Hasta el lunes, entonces.

Cada fin de semana lo mismo. Viernes o sábado temprano. La rutina que antes era refrescante y liberadora, se hizo cansada, aburrida. Mta madre, llegó a pronunciar. El gozo de ejercer esa libertad de dos días lo estaba oxidando por dentro: atrofiados los músculos de la felicidad. Endorfinas de güeva. Esa mañana lo llevaron y se despidieron como si nada. El lunes volverían pero él le pidió a su empleada que les dijera que se había ido. A dónde. Lejos.

Llegaron los custodios y tocaron el timbre. Un ding dong se escuchó y a lo lejos unos pasos que se acercaban. Hola buen día. El señor no está. Ellos estupefactos. Se vieron uno al otro. Y a dónde se fue. Me dijo que les dijera que lejos. Sí pero a dónde. A Disneylandia. Ah y dijo que no lo esperen.

Jan 262015
 

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Era muy loco. Loco, loco, loco. Agarraba la avioneta para buscar chamanes en Oaxaca o en cualquier serranía. Dieron con la máxima, la gurú de los hongos alucinógenos, y les dio una buena dotación para esos viajes sin motor ni alas ni paracaídas de emergencia: el mismo paracaídas que no le había funcionado a él, después de andar por la cúspide del negocio de las drogas y caer estrepitosamente hasta su nadir.

Y le gustaban los hombres. Narco joven y bien parecido, desmadroso y ocurrente y travestido cuando le entraba a todo. Empezaba con el ron y el güisqui. Luego le daba al tequila y la mota. Lo que seguía eran las hipodérmicas donde fuera: entre los dedos, en la panza o en aquellos senderos venosos, negros e incendiados. Napalm en las arterias. Salta morena, gritaba. Salta. Mientras le daba fuertes y sonoras palmadas a la rosa extremidad.

Andaba en la farándula. Se toqueteaba igual con los guitarristas de los mejores escenarios internacionales, que con los actores de las telenovelas de éxito. El dinero entraba y salía como la comida y bebidas que engullía y los gases expedidos tan voluntaria como involuntariamente.

Subía y bajaba en los negocios, como en los aeroplanos. Tenía momentos de escandalosa riqueza y otros en que de plano apenas le alcanzaba para echarle gasolina a sus Cadilac. Pero cuando le iba bien nomás se enfiestaba durante días y semanas. Y sus allegados, aprontados y amigos lo sabían porque luego luego les anunciaba: vamos haciendo una fiesta. Una fiesta que dure un chingo. Un mes.

Esa noche cayeron muchos a la mansión a ratos destartalada, y a ratos reluciente y lujosa. Hombres de todo tipo, mujeres de pasarela y vagas. Aves nocturnas. Animales del drenaje oscuro y de luz lunar. Insectos bípedos y envenenados, enervados de tantos tóxicos y líquidos y pastillas y humos y viscosidades. Él vestido de mujer. Pocos sabían. Dos hombres lo atoraron en el baño: le dieron una cachetada y le preguntaron por él. No sabían que estaba escondido bajo ese maquillaje, esas prendas, esa falsa voluptuosidad. Sacaron una pistola y le apretaban el cachete con el cañón. Dónde está este cabrón, habla pendeja.

Trajeron a otro que era su amigo. Si no hablas te mato. No habló y lo degollaron. Lo vio morir y en un descuido de sus captores salió corriendo, tropezándose consigo mismo. A partir de ahí decidió dejar la droga pero no el travestismo. Entró a un centro de rehabilitación. Ya no lo vuelvo a hacer, loco. Ya no. Se le subieron los colores y su rostro no requirió cosmético Chanel.

Ayer salió de rehabilitación y volvió a inyectarse. Se puso un pedón con un veinticuatro de maiquelob. Ya dijo que mañana intentará de nuevo dejar las drogas. O tal vez pasado mañana. O la siguiente semana.

Jan 192015
 

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Sergio iba con su amigo el trailero. Traían 150 cajas de jabón y artículos de limpieza. Sumaban unas 35 toneladas. Iban a bajarlos en la Soriana. Contentos porque estaban a punto de concluir la chamba y de irse a descansar, luego de ese viaje de varios días de llevar y traer carga.

El semáforo mostró su cara de enojo. Alto total. Una camioneta Van se emparejó y el conductor se asomó y los miró fijamente. Mira güey, le gustaste, comentó Sergio. El chofer le dijo cállate cabrón. Cuando cambió a verde el de la Van pisó el acelerador. Dos calles adelante les cerró el paso. A las seis horas todo es escueto y la vida todavía languidece.

Se bajó el conductor y luego un bato que iba con él. Se abrió la puerta lateral de la Van y salieron dos hombres con pistola en mano. Órale, se puso cabrón. Ya nos llevó la chingada, dijo el chofer. Les hicieron señas mientras les apuntaban con las armas. Tenían que meterse en una callecita y luego detenerse.

Había una oscuridad resistente al sol de esa mañana. Los rayos arañaban pero el negro de la madrugada no cedía. Bájense. Échense boca abajo y no volteen cabrones. A la primera me los chingo. Mátalos si abren los ojos, le dijo uno que parecía el jefe. Los metieron al piso trasero de la Van y los llevaron a una especie de bodega. Aquí quédense. Pueden sentarse o acostarse, no más no anden viéndonos las caras, putos. Si quieren mear, ahí a un lado. Si quieren cagar también.

El jefe le dijo a uno de ellos vamos a estar aquí cerca, pero si la hacen de pedo mátalos. Los mantuvieron ahí, inmóviles. A uno se lo estaba llevando la chingada de hambre y al otro le dio sueño. Cuando la noche asomaba les dieron unos bimbuñuelos y un geitoreid a cada uno. Órale cabrones, traguen.

Supieron que estaban descargando. Todo esto por esos jabones y limpiadores, se preguntó Sergio en voz baja. El chofer comió todo un paquete de bimbuñuelos y medio geitoreid y cayó muerto de sueño. Él no pudo: el miedo, la muerte tan cerquita y ese bato que no dejaba de mirarlos con ese tercer ojo, oscuro y de acero, tenebroso. El del arma no interrumpía la escupidera, quizá por la ansiedad, la droga, la necesidad de ingerir algo más fuerte, o nerviosismo.

Terminaron y les gritaron a chingar a su madre. Los llevaron a un camino solitario y los obligaron a correr. Entumidos, no pudieron más que andar a prisa. A las mil pasó un taxista. Llévanos a la ministerial. Los vieron desaliñados y sucios y un poli los esculcó. Nos asaltaron. Apenas les hicieron caso. Con güeva, el oficial les dijo ah ya sabemos quiénes fueron: son los malandrines de aquí, del pueblo de al lado. Firmen aquí, nosotros les llamamos. Vamos a investigar, verdad mi comandante. Mjm contestó el oficial, bostezando.

Jan 122015
 

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Estudiante y muy servicial. Primero en la clase y en su casa. Había conservado un excelente promedio a golpes de un esfuerzo descomunal que incluía desvelos, lejanía de relaciones depredadoras y una vida de encierro. Hasta que quiso volar, divertirse, olisquear la noche y sus venturosas rúas. Hasta que ese celular no volvió a funcionar.

Su madre atendía un puesto de comida. Él se metía detrás del mostrador y se distinguía por su eficiencia y calidez en la atención a los clientes. Veloz con las manos y los pasos. Sonrisa fácil, de buenas formas al tratar a los demás: siempre amable, divertido, simpático y benevolente. Cuando estaba en el changarro, aquello se revolucionaba plácidamente y su progenitora sonría.

Eran sus ojos. El hijo preferido. Quizá por su empeño en estudiar o porque había crecido pegado a sus faldas o porque había elegido estar con ella, ir al mercado y aprender las labores domésticas en lugar de jugar al futbol y de entrarle a la mota en el carrujo de los plebes que se llevan en las esquinas.

Él era eso. Una luz del otro lado de la tormenta. Sus otros hijos eran buenos pero éste era mejor. Y además se involucraba tanto y tan bien en el negocio que la estimulaba. Ya los clientes lo conocían y lo procuraban. Se hacía cargo de unas tareas, además de atender a los comensales. Alguna vez pensó que podía heredarle el puesto de comida, de tan adentrado y buenos resultados que con él obtenía.

Pero esa noche quiso volar. Las aves diurnas no vuelan de noche, debió decirle. Él comentó que sería solo un momento, que iba con unos amigos y regresaría temprano. Tenía ganas de divertirse. No le gustaba pistear ni las drogas. Le aclaró a su mamá que era un cotorreo sano. No te preocupes. Y salió de ahí aleteando.

Ahí estaban sus amigos, repartidos entre la sala y el patio. En el centro de la sala una pareja bailaba tan entrelazada que parecía uno solo. Ninguno como tú, repetía en el estribillo, en inglés, esa voz poderosa: dulzura y trueno. Esos nadaban en la piel del otro, a ratos se miraban y expelían miel. Los besos anegan.

Él saludó. Se detuvo a ratos para conversar. Pico la botana y volvió con un grupito que se había quedado en el patio. Se contaban chistes, reían, recordaban y volvían a reír. Parecían felices, amurallados por la amistad. Suficiente, me tengo que ir. Por qué tan temprano. No contestó. Salió al ancho bulevar, a dos calles. Apenas pasada la media noche. Ahí, en la banqueta. Esperó un taxi que tardó demasiado. Se detuvo un carro, bajó un hombre y le disparó de cerca, con una pistola matapolicías.

Él cayó. Se tocó el abdomen, la piel torácica. Tibieza en despedida. Tomó el celular y llamó. Ayuda, alcanzó a decir. Que alguien me ayude. Clic.

Jan 072015
 

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Toño creció en Tierra Blanca. Era un plebillo frágil y juguetón, conviviendo con gatilleros, cultivadores de mariguana y amapola, y vendedores de droga. Ahí, mientras buscaba encestar la canasta con el balón de básquet, en plena calle, unos y otros hacían lo que les tocaba y luego tomaban el balón para jugar. Y él como si nada: sin percatarse de la sangre en las manos, las dosis regadas en el barrio y la abundante cosecha de enervantes.

Toño metido en la escuela, preocupado por los exámenes y por mantener buen promedio. Pocas novias en la adolescencia y algunas fiestas. Mientras, a su alrededor, los enemigos caían, la droga rolaba y sus vecinos, siempre, invariablemente, ganaban. Eran los mismos que defendían la portería de su equipo cuando jugaban futbol, los morros que tomaban fanta de naranja y torcido en la esquina, los de las rolas de los cridens y los bitles en aquella supergrabadora.

Él veía una cosa y otra por separado. No vinculaba el asesinato de esos dos en una carreta de tacos con el bato que le quitaba el balón para lanzarlo al rin de llanta de bicicleta, habilitado como aro. No sabía que el polvo que enervaba a los más grandes acababa de ser vendido frente a su acera, mientras pateaban la pelota e intentaba meter gol en la portería contraria.

Él era su mundo. Ese. El de su mamá en la cocina y él acompañándola de vez en vez al supermercado y yendo al supercito, a la vuelta de la esquina. O ayudándole a su papá en el taller o en el aula y los juegos del recreo, o esa maestra apetitosa, cuyas curvas no fueron vistas por él, sino su rostro de ángel, su voz de sax tenor, su mirada de pestañas adormiladas.

No. Él no vio cuando entregaron el sobre de un gramo de cocaína. Ni cuando bajaron los costales de yerba recién cosechada. Los costales fueron escondidos en una bodega que está junto a la tienda y a un lado está la casa de José, uno de sus amigos. Tampoco se percató cuando uno de sus vecinos llegó como tembloroso y empezó a patear el balón y pidió que le dieran oportunidad de jugar. Acababa de matar a un bato que le debía dinero. Adrenalina más adrenalina.

Ahora, Toño anda de nuevo en la ciudad. Por la Obregón, circula solo en su carrito y quiere dar vuelta en una de las calles de la Guadalupe. Ahí lo para un militar. Bájese, métase ahí y no salga hasta que le avisemos. Oye la tracatera y se espanta.

Pasó media hora ahí, atochado. Las balas iban y venían. Las ráfagas descansaban a ratos pero era un silencio oscuro de pocos amigos. Al rato regresó el militar. Ya pueden irse. Jornada de muchos muertos. Ahí, en esa colonia y al norte de la ciudad. Ahí, en ese momento, perdió su virginidad y esa inocencia: el narco, las balas, ese soldado y tanto muerto, lo habían despertado.

Dec 292014
 

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Noche de ronda. Patrullar la ciudad con un ochito en el tapete del carro: la pandilla de yelos negándose a mimetizarse en agua, los botes toqueteándose, la música amenizando el brincoteo entre tanto bache y tope, y ellos cantando como desaforados viajeros, desafinados y en el desaliño de la intimidad de esas cuatro paredes motorizadas.

Pásame una pero antes límpiale el culo porque no quiero que se ande chorreando. Uno de los del asiento trasero le pasa un bote seco y bien helado. Sabina no canta, cuenta. Ellos lo siguen en ese cidí de concierto y él les reclama por no haber ensayado. Uno de ellos les anuncia que tiene una emergencia: se está meando.

Nada como mear en el botánico. Puede ser en el estacionamiento o entre árboles, bajo esas luminarias que a las sombras no vencen. Aquí párate, ya me estoy reventando. Se estaciona mal, no importa. Apúrate antes de que llegue la chota. No me apures güey, que me apure la vejiga. Se mandan a la chingada y festejan. Escuchan el chorro apenas porque en eso le suben a la rola de los diecinueve días y las quinientas noches.

Le dieron la vuelta y agarraron la Carlos Lineo. Los topes florecen en el pavimento. Ahí se multiplican. No hubieras agarrado por aquí. Puro pinche brinquito. Y yo no sé bailar. Risas. En eso estaban, entre el brindis porque ya no hacía tanto calor y el frío empezaba a acampar en los parabrisas, cada mañana. Vieron un bulto en el oscuro chapopote. Otro tope, un borracho, una bolsa de basura. Preguntaron. Bromearon con la posibilidad de que fuera un borracho: así vas a terminar tú, cabrón.

Cero volumen y Sabina silente. Se acercaron despacio, sin bajarse del carro. El conductor puso las luces altas. Vieron a un hombre. Uno de ellos dijo voy a bajarme. La morra que iba adelante lo secundó. No vayan, dijo el otro que iba atrás. Puede ser peligroso. No seas culón. Dieron seis pasos y se regresaron en chinga. Vámonos, vámonos, vámonos. Dijeron los dos con el temblor en la garganta, en la voz. Qué pasó. Nada, cabrón. Muévete.

Dos cuadras adelante y soltaron el aire y recuperaron la voz. Qué pasó. Nada, que el hombre estaba muerto. Había mucha sangre y como que lo acababan de tirar. Se les pasó la borrachera y en minutos ya no tenían cruda. Del ocho solo quedaron dos y prefirieron meterse a la casa de uno de ellos y cortar ese ritual de patrullar la ciudad.

Se lamentaban de la muerte, la violencia, tanto matón suelto, protegidos e impunes. Uno dijo vamos a regresar, otro agregó te acompaño. Los otros los regañaron. No sean pendejos, no vayan. Qué tal si llega la policía o vuelven los matones. Regresaron a la escena, donde ya no había cadáver: solo un tenis huérfano a mitad de la calle y la confesión de que el hombre ese no tenía cabeza.

Dec 222014
 

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Tiene veinticinco años y tres hijos. El primero lo tuvo con su esposo. Todo iba bien. Muy bien. Pero llegaron los encapuchados y se lo llevaron. Apareció con el rostro desfigurado. Las prendas ayudaron a identificarlo, igual que una cicatriz por una herida que se hizo cuando jugaba futbol en el barrio, en la pierna derecha.

Ella está viva, por eso se contonea. Y tiene atributos para mover. Sus dotaciones son buenas. No son pretexto para no acercarse esos morritos güeros que siempre van con ella, como pollitos buscando el mañanero sol invernal. Los chavos se le acercan, la saludan, sostienen la mano más de la cuenta y mandan señales: una palabra, una sílaba, una mirada que gotea, baba en la comisura de los labios, un guiño, un piropo, dos palabras con buena sonoridad.

Pero no les dura mucho el encantamiento. No cuando se enteran que hay un muerto en su vida y que era su esposo. Ellos se alejan y lo vuelven a matar. En qué andaría, qué habrá hecho, con quién se metió. Y pum pum pum le disparan otra vez. Porque ella sigue oliendo a pólvora: pólvora mojada, caduca, añeja, a pesar de sus veinticinco.

Una muerte es una muerte. Ella de luto a pesar de que el asesinato no es reciente. Ella pasea a paso lento, con esos movimientos que jalan miradas, pero sonríe poco y parece ir cargando ese ataúd. Tiene imán porque los hombres no dejan de acercársele. Viuda sexy que hace mutis. Y más ahora, que se puso de novia a pesar de ese pesada prenda negar, se alejaron las abejas africanas y ese asedio.

El novio es tranquilo. La visita y en ocasiones se queda a dormir. Una mañana no amaneció ahí sino en una parcela pelona donde antes habían cultivado frijol. Tenía dos tiros en la cabeza, uno de ellos en el puro centro. Sangre seca, piel en retirada y una sustancia viscosa, entre blanca y gris, esparcida e intocada.

Dos calacas a sus veintitantos pesan y mucho. Ella doblemente triste, doble luto y doble mutis. Los ojos la siguen, las bocas cuchichean a su paso, las miradas y las manos braman sexosas. Ella como ida. No se levanta de una cuando ya está otra vez en el suelo, en el panteón y en el novenario. Lleva un ataúd en cada hombro y su espalda no se quiebra, ni esas piernas carnosas ni esas caderas desbordantes.

Meses después se enamoró de un bato. El joven es tranquilo y se ve que la ama y la cuida y quiere también a los hijos. Se pasean poco. Él va y viene a una ciudad cercana, es comerciante. Hasta esa tarde que no llegó a comer. Habló al celular y sonó y sonó. A los familiares pero no supieron decirle. A todo mundo pero no sirvió de nada. Lo reportó a la policía pero los agentes no lo buscan. Ahora está desaparecido.

Dec 152014
 

 

 

banner mala yerbaHombre de familia. El hogar era su guarida, la mejor tibieza, la calentura inacabada que le había permitido procrear a esa morrita que ya era toda una señorita y seguir al frente de su clan de tres. Cada quince días se ausentaba dos: se montaba en la Cheyenne café y partía con maletines repletos de cheques.

Subía por la sierra e iba para la sierra, caminos agrestes y contoneados. El brincoteo, los laureles y tabachines que luego eran los pinares tupiendo la orografía inconmensurable. Llegaba, saludaba, repartía, convivía, dormía, despertaba con el amanecer y se despedía. Así lo hizo durante años, sin contratiempos ni ausencias.

A su alrededor, se le juntaban los muertos. A este por qué, preguntaba. Le decían casi siempre lo mismo: por traidor, por bocón, por malapaga. Mantuvo relación de trabajo y hasta de amistad con algunos de ellos, pero una vez despedazados a cuernazos y a la vera del camino, él tenía que hacer como si nada y seguir avanzando hacia la serranía de Durango o a su casa.

Y él incólume y apacible. No usó armas, actuó prudente hasta en sus adquisiciones. Con los años se compró una camioneta de lujo y luego otra. Nadie nunca lo vio en ellas porque eran para su mujer y su hija, aunque ninguna sabía manejar y parecía no interesarles. Compró un departamento y una casa de interés social a la que luego le construyó dos cuartos y techó la cochera.

Siguió mudo, llevando esa valija llena de papeles y regresando con la bolsa vacía y el orgullo del deber cumplido. Sentado, frente a la tele, dejaba que lo cobijaran los brazos de sus amadas y lo colmaran de apapachos. La sala, ese espacio de la casa, se iluminaba con él y ellas, que hacían que la primavera se estacionara en cada rincón del inmueble, aunque afuera caía un otoño siniestro, nebuloso y de lluvia.

Así era él. Sentado en ese sillón, se echó cuando más tres cervezas y nunca fumó. A los cuarenta y siete estaba pleno, entero, feliz y realizado. Muchos muertos en su vida, pero ninguno tan cercano como para que lo despojara de ese amor o sembrara sombras en su devenir. Todos, al final, eran muertos ajenos, distantes, ya retirados de los vericuetos insondables de esa memoria de precisión de juego geométrico.

Tenía cuarenta y siete cuando se quedó dormido. El medico dijo fue un infarto: quieto, con una media sonrisa en su rostro y esa apacibilidad envidiable. Su esposa tiene ahora que aprender a manejar, vender las camionetas y rentar las casas. Ella trabaja en un supermercado y dice que es feliz porque también lo amó y le dejó todo, menos deudas.

Él era pagador. Llevaba los cheques a la gente de arriba, a la sierra. Sin pólvora en los dedos ni orificios en la piel. Trasladó millones todos esos años y ni siquiera un asalto.

Dec 102014
 

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La empleada vio las tres camionetas que llegaron. De ellas bajaron unos quince hombres, la mayoría armados con fusiles automáticos. Entraron al motel y lo sitiaron. A ella le dio miedo. Qué hago, se preguntó. Musitando se respondió voy a hablar a la policía. Le dio miedo que causaran destrozos, que pusieran en riesgo a los empleados y a otros huéspedes. Se sintió en la mirilla de los cuernotes de esos malencarados.

Marcó el cero sesenta y seis. Lo hizo temblando y su voz sonó con un resuello desesperado. Respiración agitada. Metieron mujeres y tomaron quince de los veinte cuartos. Y la poli que no llegaba. Y los municipales que no llegan. Y dónde está la autoridad. A la chingada los clientes, está gente me da miedo. Estamos en peligro.

Diez minutos y llegaron dos patrullas de la municipal. Se bajaron prestos, mostraron su entrenamiento impecable. Marcharon impecables y se acomodaron: poses para la foto. Los hombres salieron de los cuartos portando las armas y sin dar muestras de rendición: se echaron grito, saludaron, diálogo ínfimo, los agentes desinflados. Los policías se despidieron de lejos, inclinados. Parecían decir estamos a sus órdenes, jefe.

Reverencias. Pasos para atrás. Reversa. Recular. Fierro por la costera.

La mujer se preguntó qué pasó, por qué se van. Les hizo señas, les echó gritos. Los uniformados hicieron como que no oyeron. Ella marcó de nuevo al teléfono de emergencia. Se quejó. Explicó lo que había pasado. Le pasaron al supervisor operativo y le dijo ahorita vamos a checar, no se preocupe, yo le aviso. No volvió a saber nada. A los días le llegaron voces de que esos hombres armados eran narquillos y yuniorcitos de primera fila, hijos de la gente que controla la ciudad. Ah bueno, pues me aguanto, respondió.

Una semana después manejaba rumbo al trabajo. Iba tranquila, como conducía ella: una anciana a su lado era un bólido. Platicaba con un compañero de trabajo. Activó el manos libres para conversar cómodamente. Le dijo pérame, ahí viene una patrulla y como que me hacen señas de que me detenga. Le encendieron la torreta y las luces. Ella se detuvo y no bajaba el vidrio cuando golpeaban las ventanas del vehículo. Le gritaban este carro es robado, bájese por favor.

Ella respondió no es posible. Yo lo compré usado, en una agencia. Ya lo checamos, señora. Es un carro robado y usted está detenida. Nos la vamos a llevar. Metieron medio cuerpo y esculcaron el tablero, los sillones, tapetes y cajuela. No encontraron nada, pero repetían lo mismo. Fue lo último que se supo de ella. Nada qué ver con el usted perdone, patrón, que les respondieron los polis a aquellos hombres armados que seguían en esa orgía: interminable festín.

Dec 012014
 

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Todos lo veían ahí, en el barrio: aburrido, serio, encerrado en ese cajón de cemento y ladrillo, apenas levantando la mirada, las cejas, la mano, para saludar. Sus dos hijos y la esposa eran también callados. Él de la casa al trabajo recorría el mismo camino, como si en cada paso buscara sus huellas. Todos los días ese ritual hueco y cabizbajo.

Pero esa tarde salió con una cara que nadie le conocía. El rostro de piedra y la voz dura y el paso erguido y rápido. El niño de la vecina que solo salía de noche y bien peinada había estado pateando el balón y le pegó en tres ocasiones a esa camioneta no tan nueva y activó el mismo número de veces la alarma chillona del vehículo. Salió con el energúmeno por dentro y por fuera.

Gritó, sacudió al niño luego de tomarlo del brazo, y le quitó el balón. Órale morro, cómo das lata. Dejó al menor a media calle, llorando. La madre salió con un chor corto y cachetero, pegado hasta desnudar protuberancias: con el teléfono celular en el lado derecho de la cara y gritando ya ves, una aquí sola, sin nadie que lo defienda, y tú de güevón con tus amigotes y cualquier pendejo humillando a tus hijos y tú cómo si nada.

Tomó torpemente al niño y lo llevó tras ella, jalándolo. A los quince minutos llegó un hombre en taxi. Una nueve milímetros en la derecha y de un caminar ladeado. Le decían El dólar por ese andar de subibaja. El hombre se metió a la casa del vecino y lo sacó a patadas. Golpes en los costados, en la espalda, las nalgas, las piernas. Y ya en el suelo, en la cara, las costillas, la entrepierna. Se retorcía, trataba de cubrirse. Su esposa salió, embarazada. Se tiró sobre él y lo cubrió justo cuando El dólar había puesto el dedo de fuego en el gatillo.

Ande puto, para que no te andes metiendo con mis hijos. Regresó la pistola a ese rincón detrás de los linderos del cinto. Se iba a retirar cuando llegaron diez hombres. Lo doblaron con dos opercat y se lo llevaron a rastras. En los teléfonos y radios de la narcada empezó a escucharse que se llevaron a El dólar. Lo llevan al dique. Lo van a matar. Si no interviene el jefe, le van a dar piso. Pero el jefe se enteró. Llamó al comando y justo cuando se disponían a quebrarlo les ordenó que dejaran El dólar vivo, ahí, tirado.

Cuando vieron al jefe le preguntaron por qué. El jefe les informó que le debía varios favores a El dólar y que además era bueno a la hora de los chingazos, entrón y güevudo. Ah. Lo que en el barrio no sabían era que ese hombre callado y tímido tenía su gente y su poder. Que no necesitó pedir ayuda para que fueron a defenderlo y a matar a su agresor. Ese es el bueno. Es el verdadero patrón, les dijo el jefe.