bateria-copia
Sep 072015
 

Tenían cuatro toneladas de mota en la cochera, en la que bien podían estacionarse cuatro vehículos. Una noche antes, mientras descargaban la yerba, un boludo rondó la zona y se mantuvo fijo sobre el camión de carga. Ellos, sorprendidos en la maroma pero ágiles, brincaron y se metieron bajo el tráiler. La fuerte luz lanzada desde el helicóptero parecía traspasar la caja del camión.

Ahí se mantuvo dos minutos: litros de sudor, kilos de esfínteres apretados, ojos saltados que abarbaban media cara y manos paralizadas. Hasta que el boludo se fue. Terminaron de descargar y se fueron a dormir, luego de una sobredosis de güisqui y dos churros colectivos. Bajar la adrenalina, descansar. Al día siguiente habría que repartir la carga y hacer cuentas.

De mañana, avisaron que todo estaba bien. Salieron a dar unas vueltas y de regreso fueron a echar gasolina. Platicaban, festejaban, se les hacía agua la boca de imaginar tantas ganancias. Pero olvidaron pagar el combustible. La dueña los reportó y como ya los traían cortitos, llegando a la casa les cayeron los policías antidrogas. Las tres letras grandes, amarillas, sobresalían en sus chaquetas. Traían escopetas, las manos en las cachas y la insignia a la mano.

Le preguntaron al que manejaba de quién era la casa y contestó que él era el dueño. También del carro. Les pidieron identificaciones. Los esculcaron a ellos y al carro. Nada. Desde dentro, por una minúscula mirilla, un vigilante observaba, sudoroso y con sobresaltos de ave nerviosa.

Los agentes les dijeron que como no habían pagado, los habían seguido. Les dijeron que debían regresar a pagar y a disculparse con la dueña. No llevaban orden de cateo, pero igual el dueño no los dejó ni asomarse. Conocía sus derechos y mostró un temple que él mismo no conocía. Ya en la gasolinera, el jefe de los uniformados les explicó que debían escribir en una hoja blanca, a mano, que los perdonaran y que jamás iba a suceder. La dueña los miraba como mira Dios cuando está molesto: cruzó los brazos sobre sus pechos y pintó una raya horizontal que sustituyó sus labios.

Firmada por los tres y con disculpas adicionales, reverencias y apretones de manos, se conciliaron con la dueña y se retiraron. Los agentes por su cuenta. Los habían vigilado de lejos y de cerca, desde hace días. Los esperaban en las esquinas, a la vuelta. Pero no sabían de esa tonelada de coca que recibían cada semana. Ni supieron de la yerba estacionada en la cochera, en maletas y costales.

Peroombre, compadre. Eso nos faltaba, que por esos veintiocho dólares que echamos de gasolina nos detuvieran y encontraran la mota. Me acordé de esa canción. Cómo dice. Esa de quién iba a pensar, que por una meada. Ya ni la chingas, de plano. Pinche compadre.

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