Días de sangre: Vocero de la policía

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Feb 272015
 
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Era el chiqueado del director del gran diario de la ciudad. Era grillo y llegaba a uno de los hombres más poderosos de Jalisco, sobrino del gobernador y primo de los Leaño los Estudiantes Tecos, era amigo del director del diario más importante del estado. Era pues, lo máximo. Tenía un futuro esperanzador.

Pasaba orgulloso entre los que esperaban sentados al director del periódico en el colosal edificio en el centro de la ciudad. Pasaba, entre los periódicos nacionales e internacionales de que disponía el director. Entre ellos El Monitor de la Ciencia Cristiana en su edición en inglés, diarios del mundo con toda la tecnología de punta, como lo mejores diarios del país y de mundo La Jornada, El New York Times y de esos…

Sólo Kal Muller de National Geographic tenía tanto peso ante el director.

Le fallaron los cálculos: terminó en la calle, despedido. Peor aún, ese peso y su grilla lograron ubicarlo como jefe de Prensa de la policía intermunicipal de Guadalajara, Tlaquepaque, Tonalá y Zapopan.

Pero nunca pasó de su casa en el oriente de la ciudad allá por los burdeles y las calles olvidadas de la policía, calles de drogadictos, viciosos, ladrones y prostitutas, donde veía como a pesar de su buena fortuna, su hijo se perdía cada vez más en el vicio: y peor aún, siguió los pasos del dinero fácil.

Un día llegó a una Farmacia Guadalajara en su camioneta hermosa y reluciente de cuatro plazas, de sólo cuatro cilindros y gris, como de persona “rica”. Se bajó y entró a la farmacia, pidió una cámara fotográfica. Recordó los tiempos de fotógrafo del periódico, los días de gloria: prestamos, chayotes, publicidades, dinero por las fotos de sociales los días viernes, sábados y domingos, en fin, el dinero y la gloria.

Luego perdió la templanza que tuvo cundo firmó para comprar la camioneta reluciente. Dudó. Dudó y cayó. La cajera entendió que portaba una tarjeta de crédito robada, que no era suya: pasó a ser sólo un personaje más de la barandilla donde un día tomó las fotos y las envió a las redacciones de diarios y revistas cuando no había internet ni mails, cuando los boletines se enviaban a diario en paquetes y en vehículos.

Salió en los diarios. Sus compañeros y conocidos lo reconocieron, no era más un periodista, hoy, sólo era otro delincuente mas en Puente Grande…

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Días de sangre: Regalo de Navidad

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Dic 222014
 
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Las luces de Navidad resplandecían en el centro de la ciudad a la par que las de las sirenas de las muchas patrullas que rondaban esa Nochebuena. Vio las torres amarillas con azul de la catedral de de Guadalajara y se dirigió hacia el barrio Analco mientras tomaba su cerveza.

Decidió dejar su arma en su casa y se lo dijo a su madre:

– Hay muchas patrullas, mejor dejo la pistola.- La madre no dijo nada, solo le dijo que se cuidara y él salió a disfrutar de la libertad luego de haber estado su breve adultez en la cárcel por algunos de sus crímenes.

Apenas tenía 21 años y debía 21 vidas. Tenía a su único hermano y un padre en la cárcel. Salió en su carro y circuló por la avenida Revolución y llegó a saludar a sus amigos.

Iba y venía por todo el barrio hasta que cercana la mañana. Casi al despertar del sol le subió al sonido instalado a media calle, en una de las muchas privadas del barrio.

Entonces salió el Cheto que ya lo había observado sin arma, a reclamarle por el ruidajal. Todos le tenían miedo a él, pero el Cheto aprovechó la oportunidad

– Bájale a tu desmadre pinche culero.- Y sacó el arma de inmediato.

Él trató de de detener las balas con sus manos que quedaron perforadas y también sus antebrazos con balazos. El Cheto le vació toda la carga y huyó de inmediato en su auto.

Su madre lamentó que hubiera dejado el arma y fue su tío quien tuvo que reconocer el cuerpo y levar a cabo el funeral. Esa fue su Navidad para la madre. Como para llorar cada año en esa fecha.
Destino es destino. Y aún muerto volvió a Puente Grande donde lo lloró su padre y su hermano:

-Me mataron a mi gallo.- se lamentaba el padre en la capilla de los jardines de Puente Grande, allí por el área de visitas. Donde está bonito y no las barracas verde hospital llenas de tendederos y sujetos malencarados en sandalias y shorts. Ese infierno verde de puros hombres.

La carroza salió y él, solo volvió a Analco por última vez al hermoso templo, el que visitaba cuando era un niño y al que jamás volvió hasta ese día, en un ataúd.

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Días de sangre: Papólatras

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Dic 162014
 
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Columna: Cuauhtémoc Villegas Durán/Objetivo7

“Papólatras”

El Cristo Rey se veía cada vez más cercano, mientras, la hermosa ciudad de Guanajuato se veía como ahogada entre los cerros. Ellos caminaban a la par de los más de dos mil manifestantes que se dirigían a la punta del cerro a realizar su manifestación contra el gobierno mexicano por su amistad con Fidel Castro y el comunismo del presidente Luis Echeverría.

Estaban convencidos de su lucha y de su estirpe. Pertenecían a las mejores y más ricas familias en su ciudad de origen.

De pronto, los vieron por fin, allí estaban los dos miembros de la Acción Católica Juvenil Mexicana, contra los que luchaban por el liderazgo de los estudiantes conservadores mexicanos. Sí, eran los dos Juanes y entonces se acercaron como para saludarlos cuando, de pronto, sacaron sus pistolas y mientras apuntaban a sus cuerpos gritaron “papólatras” en referencia a su adoración por el Papa.

Entonces, se perdieron en medio de la multitud que aterrorizada, corría de un lado a otro mientras curas y, hasta obispos, trataban de calmar a las multitudes que se escondían entre el cerro, mientras otros regresaban pavoridos a la ciudad.

Se voltearon a ver con la mirada que los hacía cómplices en el crimen.

Entraron en una de las casas de la ciudad. Sus compañeros se dispusieron a vestirlos y entonces, disfrazados, subieron en un elegante auto último modelo sin ninguna rayadura, limpísimo y brillante. Las personas los veían con intriga, asombro y respeto, algunos les besaban las manos.

Tomaron por la carretera a Michoacán y pasaron junto a la cabaña donde pasaron su luna de miel Lázaro Cárdenas y Amalia Solórzano. Lo comentaron y lo odiaron.

En el retén de Guanajuato no tuvieron problema:

– Pásele padre.-  dijeron los policías de Guanajuato al que llevaba el volante, mientras el otro santiguaba a los de la ley. Y, entonces, el padrecito siguió manejando por toda esa estrecha y sinuosa carretera, entre bosques tarascos y lagos y lagunas. Vieron la isla con sus casitas indígenas. Luego llegaron a Jalisco donde, respiraron tranquilos.

No llegaron a sus mansiones. Esa noche se refugiaron en un hotel del rector de la UAG, donde estudiaban. El “padre” se hincó a los pies del que iba vestido de arzobispo mientras le bajaba el cierre y, ansioso, le chupeteaba el pene erecto.

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Días de sangre: Alfombras lilas

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Dic 092014
 
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Bajó hacia el río por el olvidado y deteriorado centro comercial DK entre los puentes y túneles del Parque Hundido, bajo los árboles de hule gigantescos, tomó por la calle G-4 y recordó los tiempos de la banda, cuando esa callecilla, la G-4, le dio fama y respeto a Jardines del Country, la colonia de clase medieros, ricos y millonarios, la G-4, la banda que respetaban hasta los cholos, hasta los cholos de Zoquipan, de la Consti y de la Guza, cuando eran barrios pesados, cuando rozaban los límites de la ciudad, cuando sólo eran suburbios y pocos se atrevían a entrar por allí.

Pasó por las calles tapizadas de millones de florecillas lilas, entre secas y húmedas, resecas y mojadas, recién caídas o de días, siempre presentes en la colonia, como un símbolo. Miró el templo de Santa María Goretti, ubicado en el parque, donde la calle se abría para dar paso a su magnífica arquitectura rodeada de pinos y jacarandas. Tomó por las callecillas que se cerraban como en una pared de ladrillos: izquierda, derecha, callecilla, izquierda media calle, derecha callecilla, topar con casas limpias, de 2 pisos, siempre con autos dentro de las cocheras o afuera, en la calles. Siempre, a cualquier hora.

Miró la casa del Dado, de la misma pandilla de los G-4, ya asesinado, como casi todos los de la banda. Tal vez sólo quedaba él, sí, sólo quedaba él.

De pronto, se encontró en Fidel Velázquez y Lago Superior. Vio como se ampliaba el horizonte, lleno de árboles antiguos y casas llenas de recuerdos. Observó la casa del director de la policía que todavía estaba preso por narco. Preso aún cuando no empezaba la guerra estúpida de Calderón. El comandante implicado con la detención del general Gutiérrez Rebollo.

Llegó al río Atemajac y cruzó el puente bajo las sombras frescas de inmensos pinos y, escuchó el murmullo de las aguas negras y verdes que se dirigían a la barranca de Oblatos. Se paró en la esquina mientras observaba las luces de los semáforos. Estiró la mano y el taxista lo observó y se detuvo.

Se subió y de inmediato sacó el arma, exigiendo el dinero. No quería ir a ningún lado, sólo quería el dinero y el celular. El taxista se negó y forcejeo. Él se vio obligado a golpearlo con la cacha de la pistola escuadra. El taxista perdió el control de su cuerpo muerto y el taxi avanzó veloz y se estrelló en un pino gigantesco ubicado en la ribera del río.

Él salió caminando y subió hacía Lagos del Country. Caminó y pensó. Lanzó la pistola en el jardín de la casa de un amigo. Su amigo enterró el arma cuando la descubrió. Nunca se la encontraron. Pero hubo muchos testigos: transeúntes, automovilistas, comerciantes, personas que esperaban el camión.

Ahora está en Puente Grande. Recuerda los días de gloria, los días de juventud, cuando delinquía por gusto y no, por necesidad. Recuerda el parque del templo, el parque de las jacarandas, el parque de alfombras lilas, allí, con toda su banda de la G-4. Hoy, sólo queda la callecilla con ese nombre, esa callecilla que vio crecer al cacique de la UdG, también entre armas y difuntos, pero esa, esa es otra historia.

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Días de sangre: ¿Por qué le disparaste?

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Nov 252014
 
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Columna: Cuauhtémoc Villegas Durán7Objetivo7

Se levantó crudo y sin dinero. Los diez mil pesos que le habían tocado del último jale se los gastó en un burdel de la zona roja, allá por Medrano, cerca del mítico “Guadalajara de Día”, el de La Comanche. Todo chupeteado del cuello, tuvo problemas con su esposa, la que solo tenía para no pasar la cana sin mujer.

Bajó de su casa ubicada en un primer piso, caminó por las calles del barrio. Se tomó una cerveza que no pagó sin que nadie, le reclamara nada. Luego llegó al taller de camisas de su compadre donde tomó una prenda y se fumó un cigarro de marihuana mientras le platicaba a los trabajadores de su aventura amorosa, para después, aclarar, que su intención no era matar a la mujer.

– En un descuidó, El Lacandón le disparó en la mera choya, ya la tenía sometida pero no le importó sorrajarle el tiro en la cabeza, la poli estaba parada sin hacer nada, pero a éste se le hizo fácil dispararle.- Dijo mientras sacaba un papelito doblado, de donde sacó polvo blanco que aspiró.

-¿Para qué le disparaste? Le dije, y me dijo que la ruca quiso sacar la pistola… sabe…

-Sacamos 15 mil pesos, pero nomás le di 5 por su pendejada y yo me fui al restaurant y de allí al burdel. Íbamos todos. Pero estoy muy crudo y sin lana, ahorita voy a hacer un jalecito, aunque sea robar una florería a la que ya le eché el ojo.- Comentó mientras se acababa el contenido blanco del papel.

Sacó la pistola y cortó cartucho, levantó la mirada altiva y perdida y salió seguro, sin miedo a los policías que estaban en la esquina levantando un drogadicto que vieron salir de una “tiendita” que ellos mismos protegían. Se fue caminando. Sus múltiples robos no le habían dado para un auto. Decidió meterse a una cantina.

Un parroquiano entró al baño. Él ya le había echado el ojo. Se metió al inodoro. Ni siquiera sacó la pistola, lo tomó de la garganta y le dio una cachetada mientras le gritaba con la cara descompuesta:

– El dinero y el celular hijo de tu reputa madre.- El hombre no se negó. Salió y no dijo nada. Ya ni siquiera podía pagar la cuenta, pero no podía decir ni hacer nada. Se bebió su coraje y el agua helada del vaso mientras observaba de reojo al que le robó, que reía a carcajadas con sus amigos de barrio, ya completamente curado de la cruda…

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Días de Sangre: Vivo de milagro

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Nov 142014
 
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Vivo de milagro/Cuauhtémoc Villegs Durán

La noticia corrió como pólvora entre los mariguanos y los clikos. En las esquinas y afuera de las casas donde se reunían a loquear. A fumar la “yerba mala”, esa que los segregaba de la sociedad pero que los mantenía atentos y vivos a esa realidad oscura y triste. Esa yerba con la que se construía el país, desde las artesanías y los edificios hasta la verdad en los periódicos y las verdaderas oposiciones. Los talleres con olor a marihuana y otras drogas y los edificios en construcción, esa yerba que hacía soportar la carga del trabajo y hacía “clavarse” en los detalles, en el terminado. Pero esa yerba también que denuncia las malas vibras el mal ambiente de los fresas. Esos que los ven como apestados, como seres que no deberían existir que debía ser exterminados como cucarachas, como en la China “comunista”.

– Ya supiste, levantaron al Barbas los de la plaza.- Dijo con su voz arrastrada uno de ellos, mientras aspiraba el humo de la marihuana entre sus labios secos y pálidos.

– Simón ese, pero también andaban los puercos.- Dijo el otro mientras recibía el cigarro en sus manos ennegrecidas por el hierro trabajado durante el día. Sus ropas negras y sucias, de paso a su casa, a bajar avión, refinar, ranchear, comer, para darse otro gallo y hacer una “liebrita”, un trabajito extra, una puerta p´al vecino y ajustar así, “el chivo”. Hay que mantener hijos y hasta nietos de las hijas olvidadas por los hombres que viven en el mismo barrio o migraron de ciudad o al norte.

– Está todo madreado, se salvó de milagro porque los policías no lo quisieron matar. “No” le dijeron los puercos a los de La Plaza “ese es tu jale”, cuando estos les pidieron que lo ejecutaran. A madrazos no pudieron, no se le reconoce el rostro, llegó a rastras a su casa, en la madrugada, ya cuando lo soltaron, luego de que lo golpearon toda la noche porque encontraron que vendía marihuana sin permiso.

Llegaron los de la plaza con un loco que le había comprado y lo sacaron de su casa. Le preguntaron por qué vendía mota sin sello de La Plaza. Él dijo que no. El loco iba en la patrulla de la municipal. Lo bajaron y el adicto lo señaló y entonces lo levantaron. El loco quedó libre pero a él, se lo llevaron.

“Es tu jale” contestó el comandante a los de La Plaza. Cuando vieron que no podía más, le ordenaron a los policías que le dispararán, que lo mataran. Ellos se negaron. Le dieron otra madriza y lo tiraron por los llanos donde casi no hay casas, en la orilla de la ciudad, pensando que estaba muerto.

– Sólo por eso se salvó el morro. Nomás porque no era trabajo de los puercos ejecutarlo.- Dijo el de las manos negras, mientras mataba la chora y se iba a seguir jalando hasta la noche, pa´ mantener a los nietos, para criar la carne de cañón de polis y malandrines…

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Días de sangre: La bendición de los narcos

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Nov 092014
 
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Columna: Cuauhtémoc Villegas Durán.

La vida lo llevó a cuidarle la espalda a los narcos. Nunca lo imaginó. Nunca se imaginó que el partidazo sería rebasado, Nunca. En esa casa de cuartos tristes y sucios, bajo las tejas de barro cuando empezó a despuntar y alcanzó por primera vez la alcaldía del municipio desde donde veía la gran ciudad. No. Entonces se necesitaba de un padrino político y la bendición de los sectores del PRI. Y era feliz caminaba libre y con sueños. Hoy, hasta de sus propios guarros se tenía que cuidar.

Ahora, en su segunda vez como alcalde del pueblo que lo vio nacer, conurbado ya a la gran ciudad, le tocó la bendición de los narcos, el pueblo ya no era el mismo, era ya parte de la ciudad de 5 millones de habitantes y ya no vivía en una casa miserable sino en una de sus muchas residencias, desde donde veía las inmensas columnas de humo que se elevan a los lejos.

También escucha bazucazos, granadazos y el ulular de sirenas. Sus policías, él lo sabía, eran los que quemaban en ese momento camiones para, junto a las otras policías de la ciudad, estrangular la urbe y llamar la atención nacional e internacional por la detención de un cabecilla de la organización.

Él prefiere no hacer nada. Hay que apechugar. No hay que mover ni un dedo. Si queda grabada alguna orden podría delatarse y terminar en la cárcel.

Recuerda entonces los días de campaña en el barrio que arde: entre los charcos de las calles enlodadas y llenas de maleza y basura, callecillas entrecortadas llenas de miseria y vicios: lascivia y traiciones, alcohol, marihuana, crack, cocaína, metanfetaminas, pastas, chemo, “lo que caiga”. Prometiendo pacificar el municipio mientras él, rodeado de narcos armados y celulares se toma fotos. Ni modo. Y todos lo saben, todo el barrio lo sabe: conocen a los de La Plaza. Saben que el candidato anda con ellos. “Es el bueno”.

-Él va a ganar: Tiene la bendición de La Plaza.- Dice la gente. Él piensa “hay que apechugar”. Hay que ganar y no decir nada”. Hay que callar en esas calles, depósitos de cadáveres y ejecuciones, levantones y calentadas.

No, ya no son los tiempos donde el Estado y el PRI todo lo decidían. Hoy hablan las armas y los cuerpos vejados con sus mensajes en cartulinas, sin cabeza, sin dignidad, como la muerte que ronda el municipio y su administración, falaz y corrompida. Una política de sangre. Una policía tomada por el narco, un municipio tomado por el narco, una ciudad entera tomada por el narco y él, solamente, otro alcalde más de los narcos…

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Ganas de orinar/días de sangre

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Nov 012014
 
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A mi primo Mario, Vato Loco por siempre, que ya descansa en la clicka del cielo de East LA.

Cuauhtémoc Villegas Durán

No era la primera que veía la estatua de la Libertad con su llama sempiterna. No. No era la primera vez que el bato viajaba a neu yor. No. Ya eran tantos trabajos para el jefe que conocía, podría decirse, la ciudad, la Gran Manzana. Los lujosos edificios donde llegaba a cobrar las deudas de los grandes distribuidores de esa ciudad le eran comunes.

El viaje le gustaba, quería sentirse refinado aunque sabía que nunca pasaría de ser uno más de San Juan de Dios , el barrio más bravo de la ciudad, en las pequeñas calles temidas y cerradas donde el plomo y la sangre son parte del diario vivir, son la forma de sobrevivir. Desde morrito los vio caer y ya de grande le toco tumbarlos. Matar a los del barrio por la plaza y a los policías hasta por gusto. Esa era su vida  y lo aceptaba “así son las cosas y uno tiene que aguantar hasta la cana callado”, así es esto, contestaba a quienes se atrevían a preguntarle sobre su vida. Como una filosofía criminal. Como una sabiduría asesina.

Uno de sus 45 choferes lo esperaba el  aeropuerto John  F. Kennedy. Era de todas sus confianzas, era el único chofer de los carros amarillos y cuadros negros de su flotilla de taxis entregado cinco años antes como paga por uno de sus trabajos y era el pretexto perfecto para sus constantes viajes a esa ciudad.

Hizo sus cuentas: llevaba 27 muertes en su carrera de sicario y por sus pleitos y gustos: bancazos, robos a camiones blindados, transporte de droga desde Centroamérica a Texas por todo el golfo de México, cuidando los tráileres llenos de cocaína. Conocía todo México todo Centroamérica, Colombia, partes de Estados Unidos. Solo le faltaba Europa. “Un día la conoceré”, pensó en su mente fría y oscura, llena de cadáveres y robos. Pero también de mujeres y drogas. Aunque las drogas y el alcohol eran cosas del pasado. Ya estaba superado. Por eso le daban estos jales, porque era un hombre de fiar.

Cerca de la doce de mañana llegó a al edificio de la Quinta Avenida. Era inmenso. Pidió hablar con el magnate judío colombiano. Entró en su inmensa oficina tapizada de marmoles italianos y maderas finas de Brasil y de África. “Lástima”, pensó. El hombre sudaba a chorros. Le pedía que le perdonara la vida. Que no lo matara. Que se uniera a su bando.

¿Cuál bando pendejo?, que no ves que ya estás solo. – Le dijo tranquilo, mientras elevaba el bate del magnate, que le había regalado uno de sus compatriotas colombianos que jugaba en las Grandes Ligas gracias a la mafia colombiana

 

¿ Para que te tapas con las manos pendejo?, De todos modos te voy a matar.- luego de acabar el trabajo. Sintió como cada vez que mataba una ganas de orinar inimaginables. Salió y pidió a la secretaria pavorida que le señalará el baño. Así son las cosas, le explicó a la secretaría mientras ella caía inerte, al suelo, con la cabeza destrozada.

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