Doña María

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Ene 252016
 
Doña María con algunos de sus hijos, nietos, y nueras. Al fondo mi taller biblioteca. Foto: Objetivo7fotógrafos.

Doña María con algunos de sus hijos, nietos, y nueras. Al fondo mi taller biblioteca. Foto: Objetivo7fotógrafos.

La casa de los mil venados/Cuauhtémoc Villegas Durán

Fue una madre extraordinaria  13 hijos de los cuales gracias a Jesús aún vivimos 12, hoy hace 15 años, fue la última vez que la vi, aquella mañana que me despedí  de ella luego de pasar la noche en el hospital del ISSTE en Zapopan.

Vi el amanecer sobre la ciudad desde las alturas del hospital al bajar en calma por las escaleras de emergencia. Ni sentía el viento frío que daba en mi cara la ciudad de Guadalajara en la que nací y viví hasta los 33 años cuando me casé por primera vez ante la Iglesia ya aquí, en Aguascalientes en el templo de San Miguel Arcángel.

Fue un día largo, yo sabía que nunca más la volvería y ella, en medio del dolor de la muerte a que, como todos temía según me contó y sufría como nadie al verme solo y con la amenaza de ser echado de la casa donde tenía verdaderos tesoros en muebles, joyas, pinturas, libros y un gran jardín donde me acostaba a tomar al sol o tomábamos con nuestras conocidas bajo la luz de la luna hasta el amanecer.

Allí tuve una biblioteca taller donde pinte cientos, tal vez miles de metros cuadrados de pinturas alguna de la cual, un retrato del dictador Pinochet llegó hasta la Patagonia para el Café Cantante del cual también pinte el logo. Otras obras la regalé. Otras las vendí y otras las intercambie. Pinte bodegones, a Marcos, dibuje exactamente igual a Salinas y otros personajes, hice mis primeras caricaturas o monos. Hice tres exposiciones, fui entrevistado en Radio Universidad de Guadalajara en un par de programas y hasta una foto de mi obra apareció en el semanario ocio del diario Siglo 21. La foto ilustraba el anuncio de la exposición del concurso de “Arte Jalisco Arte Joven 1997” organizado por Omnilife y el gobierno del estado. No fue esa pintura sino una de Marcos que terminó en la basura la que ganó la “Mención de Honor” en el concurso.

Triste y agachado volvía caminando por la hermosa y única calle Aurelio Ortega, en la Seattle, la calle de hermosas casonas y con camellón lleno de árboles inmensos y viejos y paredes de piedra con plantas colgantes que dejaban caer gusanos de mil colores. Sentía paz y una tristeza inmensa de saber que la persona más me amaba en este mundo me dejaría y por la incertidumbre del futuro que se vino triste y miserable en medio de la soledad aun cuando hasta fiestas con extranjeros que les hacíamos por las producciones en las que participaba andando desde los mejores bares hasta el teatro Degollado colocando robots y manejando luces con las que iluminábamos por primera vez lugares como la capilla mayor del Hospicio Cabañas donde está pintado El Hombre de Fuego del maestro José Clemente Orozco.

Ese día, por la tarde tomé y canté y canté la canción Soul rebel de Bob Marley mientras mis lágrimas corrían como ríos de los ojos que veían caer el atardecer sobre Los Colomos y, todo el Country desde las alturas de Lago Tequesquitengo, como si viera caer la vida de mi madre y mi destino.

La noche, el cansancio, tristeza y el alcohol me durmieron sólo para que mi hermano apareciera unas horas después en la casa sola sin que yo me diera cuenta sino hasta que encendió la luz del cuarto para avisarme que mi madre se había ido para siempre. En el hospital estaba David y Bonifacio en medio de la noche oscura y las luces amarillas que medio iluminaban la entrada de autos y ambulancia al área de emergencia por donde salen las personas que han muerto y donde también me enteré de la muerte de mi padre diez años antes.

Nos dijeron que la esperáramos en  la sala de velación. A primera hora de la mañana regresé a mi casa y avise a don Jorge mi padrino y doña Lupe su esposa y mejores vecinos de mis padres que había muerto doña María. Don Jorge luego me contó que pensó que era un sueño por que le grite desde afuera, luego de tocar su cancel, que el mismo realizó en su fábrica de  cocina Dizher  o Díaz Hermanos. Por la noche cuando salí al velatorio me encontré a Armando Chong y a su esposa Irene vecinos de toda la vida que, impresionados con la noticia no dejaron de llevarme y asistir esa noche a acompañarnos al igual que amigos y familiares de toda la vida.

Al día siguiente luego de la cremación y la celebración en la capilla del panteón a la que solo asistieron mis hermanos y mi sobrino Ulises, se acercaron a darme el pésame don Jorge y doña Lupe para dejarnos solos. Ni ese día se cumplió el sueño de mi madre de volver a ver juntos a todos sus hijos porque uno de mis hermanos no podía dejar su estancia ilegal en Estados Unidos. Ese día bebimos y comimos en la casa de Boni mientras observaba de la terraza la inmensidad y belleza de la ciudad intensificada por las luces. Fue la última vez que también ví a casi todos mis hermanos. Nunca los volvía a ver juntos en la villegadas posteriores organizadas en la Primavera en la inmensa casa de campo de un Juez, con cancha frontón donde jugábamos. No nos volvimos a juntar todos pero conocí algunos de mis sobrinos que deben estar irreconocibles y saludé a los que ya conocía y con los que siempre conviví. Nunca nada será igual.

La casa de los mil venados: el atentado contra el rector

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Dic 152015
 

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Columna: Cuahuhtémoc Vilegas Durán/Objetivo7

El rector vivía en en centro de sus tierras robadas a los ejidos de Zapopan a sangre y fuego.

Ni siquiera su casa era visible a los que circulaban por la avenida Patria rumbo a sus trabajos o sus quehaceres o a los partidos de fútbol de los Tecos.

Entre aquellas inmensas malezas y arboladas, salió el rector de su mansión luego de comer con algunos de sus hijos y sus ahilajados políticos que eran muchos y que cuidaba desde su infancia cuando asesinó a sus padres para arrebatarle la universidad a la Iglesia católica. El Papá no pudo hacer nada: Los Nazis tomaban el mundo en sus manos.

Esa fue la razón por la que nació después el Tecnológico de Monterrey, cuando la Iglesia supo que nada podía hacer contra sus abogados y prestanombres en Jalisco y Colima, donde entre lo millones de cocoteros y las miles de brechas, circulaba la cocaína que los colombianos arrojaban a los mares de Jalisco para surtir y la región y también para llevarla hasta los Estados Unidos.

El rector llegó a la avenida Patria y salió rumbo al norte mientras observaba las canchas de los Venados su quipo de futbol americano con bancas de madera e hierro, mientras orgulloso vio el estadio Tres de Marzo que el mismo había fundado, entonces lo tomó el asalto. Él, distraído con el primer espectacular robótico de la ciudad estaba distraído cuando se estremeció y tomó posición fetal al ver las balas estrellarse contra el vidrio del carro. Los guardaespladas de atrás persiguieron a los atacantes que entraron por Colinas de San Javier como si fueran a ingresar a la universidad. Luego, se calmó, cuando huyeron los atacantes en la camioneta Ford Lobo runo al norte de avenida Patria, los guardaespaldas del carro trasero lo siguieron mientras su chófer se quedaba a su lado dentro del auto hasta que llegaron los policías municipales. Entonces el rector ya estaba tranquilo, ningún medio de comunicación se enteró y el Ocho Columnas también de su propiedad no publicó nada. Unos minutos después del atentado una llamada entraba a mi teléfono. El rector había sido atacado. Los detalles fueron muchos.

La casa de los mil venados: “El Padre Partys”

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Dic 142015
 
Colinas de San Javier. Foto: www.espnrun.com

Colinas de San Javier. Foto: www.espnrun.com

Como parte de la producción periodística de Cuauhtémoc Villegas Durán, estarán apareciendo cuentos de su nuevo libro La casa de los mil venados en el que, como siempre, el director de Objetivo7 desmenuza sin acusar a la alta clase política que se muestra, pulcra ante el “pueblo”, mientras se revuelca a escondidas en el cochinero de la corrupción y los excesos, mismos que llevaron a la guerra de hoy, de la que también, ha escrito nuestro director, quien, de lejos y de cerca, a sentido la saña y la falta de humanidad de nuestros dirigentes sociales.

La casa de los mil venados/Cuauhtémoc Villegas Durán/Objetivo7

Nadie, ninguno de los grandes e importantes hombres de Guadalajara y Jalisco podían faltar a las fiestas del Padre Partys: políticos, militares, narcos, empresarios, juniors.

Entre las hondonadas y curvadas calles rodeadas de mansiones bellas  y distinguidas y algunas más de mal gusto, circulaban El Tigre con su mujer, La Reyna del Pacífico que acababa de salir de su casa frente a la de Cordova Montoya, vecinos, apenas divididos por la calle allá, en el sexenio de Ernesto Zedillo.

La casa de Montoya, en un pequeño coto de apenas unas seis casas, parecía de vecindad frente a la grandiosa mansión del colombiano Tigre y su afamada esposa, La Reyna del Pacífico.

También llegaban a esas calles, repletas de enormes árboles, jacarandas y plantas colgantes en las paredes, los personajes, ya sea por avenida Patria o por la avenida Vallarta atravesando la Plaza México y bajando junto a la Escuela de Medicina de los Tecos.

Hasta los Tecos estaban allí todavía con el rector y su hijo político estrella de la Televisa en canal 4, La Güera Hernández. La cocaína corría a raudales, mientras chapoteaba la alberca de tanta gente en la fiesta del Padre Partys.

El cardenal tampoco se perdió la fiesta en la casa de Colinas de San Javier, que, desde el viernes se extendió hasta el domingo entre el sexo entre hombres y mujeres, hombres con hombres y mujeres con mujeres, entre los mares de licor, marihuana, cocaína y hasta la piedra que, departían como pan y sal, los políticos, beatos y la alta alcurnia de la ciudad de Guadalajara.