Malayerba: El Gansito

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Abr 042016
 
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Mujer policía. Generosa en sus ondulaciones y con un rostro bello que atrapaba, y no solo miradas. Su carrera había sido tensa y peligrosa, pero le apasionaba. Por eso seguía ahí: las armas colgando de sus caderas y muslos, uniformarse de ese negro pegado a su piel, las fornituras como parte de sus músculos, encapucharse y sentirse todopoderosa, empuñar el errequince y aguantar la patada en cada jalón de gatillo. Pum.

Condecorada por su participación en operativos de importancia, en los que había logrado liberar un secuestrado, aprehender maleantes, recuperar el botín de algún robo o asalto. Su hoja de servicio era diáfana. Ni polvo tenía. Y ella era querida, admirada. Y temida.

En la policía la respetaban porque era entrona y nomás faltaba que le colgaran los abultados güevos entre las piernas. Y en el mundo del hampa la miraban con recelo: preferían no toparse con ella en medio de un callejón oscuro. Pero su fama hizo que se mareara un poco, aún estando sobre la banqueta o en el estribo de la patrulla. A mí me la pelan esos hijos de puta, repetía.

Su fama alcanzó sus carnes y sus pechos. Decían que no tenía novio pero andaba con un comandante o que era amante de un político pesado o de un empresario que tiene mucho dinero, o de un narco mandón que al fin había logrado domar su desbordante silueta y carácter. Las versiones iban y venían y ella solo sonreía cuando le llegaban rozando esos mitotes, en los pasillos y en los operativos.

Después de su fallido matrimonio, no se le habían conocido relaciones serias. Lo demás era cotilleo. Parecía una monja sexosa, armada y peligrosa. Quizá por eso no se le acercaban y se conformaban con babear desde la otra acera y cuchichear y soñarla orquetada y ventosa, con el cielo en esos ojos de faro de puerto.

Tenía a su hijo, un morro de ocho. La tía, la abuela, le amiga, la vecina, lo cuidaban. Se turnaban cuando ella doblaba jornada o de repente tenía que salir a un operativo en alguna comunidad rural. Era su vida, su adoración, en medio de las balas y el chaleco blindado. Y en esos mareos de quien cree que todo lo puede, empezó a borrar las fronteras entre la ley y el placer: prolongó su vida nocturna e hizo nidos y caminos entre los vellos, y lloviznó ahí y más abajo, en esos cañones de disparos líquidos y gritos sin dolor.

Dijeron que se había metido con un delincuente de altos vuelos, que era un político federal y hasta con un militar de buen rango. Lo cierto es que su enredadera la alcanzó aquella noche, en que su hijo le pidió que le comprara un gansito. Fue a la tienda y la cercaron sin que se diera cuenta. Tardó y su hijo salió a ver qué pasaba. Vio a las patrullas a lo lejos y el cuerpo tendido de ella, bajo la sábana azul de los forenses.

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Malayerba: El consejo

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Mar 282016
 
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Javier Valdez/Río Doce.- Le voy a dar un consejo. Le dijo en voz baja pero clara y fuerte, el oficial de la marina. Dígame si le interesa. Ella asintió, aún con los temblores expropiando su cuerpo, el llanto fuera de control, la ira y la tristeza y la frustración y la impotencia mezcladas en esos dos minutos, en ese predio baldío. Está bien, dijo ella. Lo escucho.

El oficial siguió con el fusil terciado. Media cara detrás de ese pasamontañas, una escuadra negra a medio muslo y en su fornitura, y ese porte de estatua de plaza central.

Él había llegado primero a la escena del crimen. Minutos antes, quizá media hora, una joven había sido levantada y luego fusilada en ese terreno deshabitado. Quedó tirada, con los ojos cerrados, boca abajo y los brazos esperando a cristo. Ella la vio y lloró. Sí. Sí es. Traía ese llanto como de tiro arriba y lo descargó ahí, sin control y con todos los grifos abiertos. No gritó, hasta eso. Mantuvo su boca, sus labios de gelatina, sellados.

La occisa, una joven hermosa y aún con el relámpago del primer rayo solar en el rostro, a pesar de lo mortecino, había estado en una fiesta, con otros chavos. Bailaban, invadían la banqueta y colmaban la cochera de la casa. Algo de cerveza y tequila, salchichas, cacahuates y queso, como botana. El murmullo era opacado por la música de banda y el punchis punchis.

Festejaban el cumpleaños de uno de ellos. Los de más edad permanecían apartados, hacían sus bolitas, porque los jóvenes, esos con la pila bien cargada, eran mayoría y dueños de la fiesta. Rostros sonrientes, vasos y botellas en mano, alas en los pies, cadenas zafadas, y un grito de ea ea ea retumbaba en el vitropiso.

Llegaron unos hombres de negro, con el rostro cubierto. Apuntaban a todos con sus cuernos y dieron con ella. La tomaron de los brazos y la sacaron de la casa, entre gritos de ella y el silencio de una cumbia que se había quedado en las bocinas, como burla macabra. Un familiar quiso intervenir pero uno de los hombres le dio un culatazo: petrificados, con la bebida en la mano, veían cómo se la llevaban y no pudieron hacer nada.

Pasó poco tiempo para que avisaran sobre el hallazgo del cadáver de una joven y fue así que llegó ella, su mejor amiga, al lugar. Ahí estaban los de la marina, la policía todavía no llegaba. Y la mujer se acercó, tapó boca y nariz con las palmas de sus manos y asintió. Es ella. Y dio el nombre. El jefe del grupo de la marina que estaba ahí se le acercó, cambió la voz de acero por una suave pero firme. Le voy a dar un consejo. Ahorita van a llegar los policías municipales. Digan lo que digan, usted no sabe nada.

Y así fue. Llegaron los agentes y ella se amarró. No sé nada. Después supo que esos polis eran los mismos que merodeaban la casa, la fiesta y ahora la muerte certificaban.

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Malayerba: Nostalgia

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Mar 212016
 
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Javier Valdez/Río Doce.- Ahí está su mejor amigo, llorando. Sentado en la banca de ese parque. Huérfano de ese que era su media sangre, su hermano. Los ojos rojos por la lluvia que anuncian y que llega sin pedir permiso. Las manos atadas, entre los dedos, temblando, tristes y resignadas. Hablaba de su cuate y se le hacía de chicle la barbilla, los pómulos.

De niño era el peleonero. El berrinches le decían. Pero para él, su mejor amigo, era el bitache: por corajudo. Se perdía de su casa por días para irse de vago, dormir en la casa de algún conocido, acudir a fiestas, a embriagarse y perderse en los brazos de la noche, sin el tic tac ni las órdenes de mamá o papá.

Un día, un vecino lo mandó a que comprara droga. La probó antes de saborear hondamente el tabaco y al rato ya la andaba vendiendo. Empezó con churros de mota y luego cocaína. Con una rapidez impresionante para sumergirse en los pantanos de la vida y besar desde la cima los abismos, le llegó a las metanfetaminas. Consumir y vender todo, menos la chiva. Esa, la heroína, es más adictiva: despierta la negrura de las venas, las hace saltar, en espera, ávidas y sedientas, una vez que entra, enciende, tatema por dentro, y ahí se queda.

Sus pasos agigantados lo llevaron a convertirse en un buen vendedor. Narcomenudeo en popa, tiendita en jauja. Los consumidores de la colonia y de otras vecinas, lo buscaban. Igual taxistas, policías adictos y otro que otro aficionado. Coca, mariguana, chiva y cristal. Él la vendía y era muy movido. Un pequeño narco de barrio en ascenso es siempre un peligro para los que estaban un escalón arriba.

Hablaron con él y le dijeron que no vendiera tanto, que no distribuyera más allá de tal colonia, que respetara los precios. Y sobre todo, que pagara. Entre los billetes gruesos que ya abultaban y las nubes de ese éxito de humo y fantasmal, le dio por consumir y consumir. Todo para dentro. Y dejó de pagar.

Le cobraron, lo buscaron, amedrentaron y advirtieron. No hizo caso. Se vio por encima de todos, poderoso e intocable. Así se miró, frente al espejo, como un dios: el de las drogas, el narco, la lana, el sol en esa mirada. Dieron con él y lo sacaron a patadas de su casa. Lo subieron a una camioneta y atrás de ella iba otra con cinco hombres armados. Le decían no pagaste güey, y eso les pasa a los que se quieren pasar de cabrones. Te crees muy chingón, pues así terminas puto. Por malapaga.

Tres días después lo encontraron cercenado. La cabeza a dos metros y las piezas de su cuerpo perforado. Él, desde esa banca de la plaza, mantiene atados sus dedos y parece un nudo difícil. Recuerda al bitache. Ahora tiemblan sus cachetes y los hilos de lágrimas bajan sin piedad. Era su amigo, ese que siempre lo defendía y por quien él no pudo hacer nada.

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Malayerba: ¿Qué te faltó mijo?

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Mar 172016
 
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De morros crecieron juntos batiendo el terrenal del barrio: las costras de arena se les pegaban a las rodillas y a las plantas de los pies, de tanto jugar a las canicas, al trompo y al que parara más penaltis en el futbol. La cuadra, el polvo, las casas, la esquina y sus fachadas, eran de ellos.

Uno era tranquilo, afanoso y muy de casa. De ahí, de su calle, no pasaba. El otro vago, con dinero que la madre le daba para el pan y los refrescos, los tostitos y esquites. Cuando pasaban los carros de lujo, de modelo nuevo, zumbando y alebrestando la polvareda, el que siempre traía dinero en los bolsillos decía mira qué perrones. Machín se oían los motores, cada acelerón parecían rugir, ladrar: zarpazos de sonidos, gasolina y velocidad.

Un día voy a tener uno de esos. O de esas. No, mejor un mustang. Uno rojo, grande, brilloso, de llantas así y un superestéreo. Pum pum pum. Así se van a tronar las bocinas, reventando los vidrios, retumbando en las ventanas. Bien perrón, mi mustang. El otro le contestó que sería chingón, de poca madre. Pero antes, compa, tienes que estudiar y trabajar muy duro. El otro nomás pujó.

Los años se les vinieran apurados, por el centro de esa calle, partiendo sus vidas. Uno se quedó recibiendo dinero y protección de la madre, el otro llenando con lápiz y pluma cuadernos a rayas y cuadriculados, libros y exámenes, en la escuela, y trabajando los fines de semana y en periodos vacacionales. Se veían de lejos, se echaban el grito, la mano y ocasionalmente el abrazo. Haber cuándo nos vemos pa platicar. Y así se despedían.

El otro le entró al robo de carros y luego los vendía, y cuando no, al menos se deshacía de refacciones y accesorios. Se compró un mustang y luego otro. Vendía y vendía lo que robaba y se hacía de un dinerito que malgastaba, junto con el que le seguían dando en su casa. Una mañana se enfadó. Voy a vender todo, dijo. Publicó en el feis vendo esto y aquello: carros, piezas, estéreos, bocinas, amplificadores, llantas, rines, etcétera.

Tuvo éxito en unas y en otras no. Llenó sus bolsillos y dejó un guardadito. Estaba hasta la madre, cuando se enteró que podía trabajar en Estados Unidos, con un grupo de batos que también iban para allá.

Lo citaron y él le avisó a su amigo de infancia, quien también se animó. Pues vamos. Se vieron con los otros, en un centro comercial. Subieron a dos camionetas y agarraron carretera. Cuarenta minutos después bajaron al que había decidido estudiar. Tú no, morro. Te bajas. Despídete de tu amigo, hasta aquí llegó todo. No supo de qué hablaban, pero obedeció.

Dos días bastaron para que apareciera hinchado y perforado, en el canal. La madre lo vio y preguntó qué. Llorosa, temblando, desmoronándose. Qué te faltó, mijo.

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Malayerba: seguro de vida

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Feb 162016
 
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Había sido soldado y no cualquiera. Se fue de guardaespaldas de un narco porque le dejaba más dinero: le recomendaba rutas de seguridad, nunca manejaba la camioneta porque le decía que así no iba a poder custodiarlo ni accionar su arma si había algún ataque, y enseñó y ordenó a los otros escoltas cómo vigilar, dónde montar guardia y responder.

Era un hombre recio, fuerte, de estatura mediana, moreno, pelo y frases cortas. Mientras otros habían sido castigados o cesados por indisciplina o porque llamaban la atención al mostrar sus armas o participar en accidentes, él se había desempeñado como todo un profesional de los fusiles y la nueve milímetros, subordinación y discreción.

Pero ese día el jefe le llamó la atención inmerecidamente. Él no agachó la cabeza. Miró fijamente a ninguna parte y luego de los humores de su jefe, que subían y bajaban, que antes de gritar parecía un mar en calma, decidió renunciar. Le dijo que quería ver a su familia, tener otro ambiente, y que no le gustaba el trato que le daban.

Él jefe se sorprendió. Era su mejor guarura pero se mordió un güevo y le dijo por mí lárgate. Tampoco, jefe. No más me voy, y eso sí, le advierto: no me ande siguiendo a ver con quién me junto, a dónde voy. Yo sé que lo ha hecho con otros que se han salido. No lo haga, jefe. Porque si lo hace yo me voy a dar cuenta, y le voy a regresar a su gente en pedacitos. Usted sabe cómo soy. No voy a andar de mitotero o soplón con la policía o el ejército. No soy un traidor ni soy un perro, pero con todo respeto no me chingue y todos contentos.

El patrón se le quedó viendo. Le dijo que estaba bien y ordenó que le dieran dinero por el tiempo trabajado. Él tomó el sobro abultado y dijo adiós de lejos. Cuando uno de sus guardaespaldas volteó, el jefe le dijo no lo sigas.

Dos semanas después supieron que se había vuelto a acomodar. Trabajaba para una célula de la misma organización criminal, en una ciudad cercana. Era el comandante de un grupo de sicarios. Le ordenaron seguir a uno de la marina que iba de civil. Lo interceptaron y sometieron, pero cuando le ordenaron que abriera la cajuela del carro los sorprendió. Se armó la tracatera: su compañero herido y él muerto.

El cadáver quedó en la funeraria dos días. Su ex jefe se enteró y ordenó: gestionen lo del seguro de vida, hablen con la viuda y denle el dinero, y arreglen el entierro. La mujer se quedó con dos hijos pequeños. Todo corrió por cuenta de aquel que había sido su patrón y que no le guardaba rencor por haberlo dejado sin su custodia, sino que le tenía gratitud: no ordenó que lo siguieran, cuando renunció, aunque sí lo acompañó al panteón a besar con billetes y generosidad el frío mármol de su tumba.

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Malyerba: las llaves

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Dic 212015
 
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Javier Valdez/Río Doce.- Dejaron las llaves en el librero. No pensaron en nada, solo en entrelazar las piernas, expropiar espaldas y labios, y nadar en la oscuridad de ese cuartito de tres por cuatro, ubicado al fondo. Todo en silencio, sin quejidos ni alaridos ni palabras obscenas. Des pa ci o y alocadamente: a tientas, andando los caminos que conocían de memoria y que siempre eran nuevos. Así se reencontraban cada noche, como los recién casados que eran.

Vivían en la casa de la abuela, no podían más. Ahí compartían los espacios con dos primos. Ella era una profesionista, le iba bien como nutrióloga. No le pagaban lo que quería. Algo es algo, repetía, en cada quincena, cada bono de productividad y puntualidad, cada dinero extra cuando atendía pacientes por su cuenta.

Él a ratos en el subempleo y a ratos con trabajos que le dejaban más o menos llenos los bolsillos, esos que luego luego exprimía con tantos gastos. Ni queriendo, habían podido ahorrar para comprar una casa. Pero lograron, en un golpe de suerte y con chambas extraordinarias, juntar algo y comprarse un carro. Era un compacto chico, suficiente para dos que se amaban y a quienes no les importaba la vida precaria ni el sudor en la frente: piel roja, irritada, gotas de sangre en esos desvelos, tantos músculos erguidos y tensos, y ese sacrificio sin manecillas.

Dejaron las llaves en el librero, junto a la tele. Los primos a veces llegan tarde y en ocasiones borrachos, pero son tranquilos. Esa noche llegaron sigilosos, algo cuchichearon y salieron de ahí. Evitaron que las llaves chocaran entre sí y con el llavero grueso, para no hacer ruido.

A la mañana siguiente, el carrito estaba ahí. Ellos se disponían a salir cuando les cayeron dos patrullas de la policía. Lo subieron a él y le gritaban que ya sabían en qué andaba. Que andar de matón era malo, pero era peor ser secuestrador. Se lo llevaron y a los dos días lo presentaron en una conferencia de prensa. Líder de una banda de secuestradores es detenido por la policía. Hay otros dos, dijo el procurador. Están identificados. Dos primos.

Él no dijo nada frente a los periodistas. Los golpes, la electricidad en los güevos, la bolsa de plástico en la cabeza, le decían que no debía abrir la boca. Firmó algo que no leyó y que seguro eran puras mentiras. Gacho, flácido y con moretones escondidos. Desvelado y con ojeras como sábanas negras, recibió flachazos y potentes luces lanzados por las cámaras de televisión. Le preguntaron cosas que no respondió. Y salió de ahí jalado por esos polis de negro, capucha y casco.

A los días supo. Sus primos eran eso, secuestradores. Por miles de dólares habían liberado a ese niño. Lo bueno es que estaba vivo.

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Malayerba: El encargo

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Dic 142015
 
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Javier Valdez/Rió Doce.- Marido y mujer preparaban las cosas. Iban a la sierra, a casa de los padres de él. Habían crecido en esos pueblos de siembra de frijol y maíz para consumo familiar, y de mariguana y amapola para el mercado nacional y más allá. Y ahí, entre el caserío modesto, con antenas parabólicas y plantas de energía solar, los esperaban hermanos, padres y primos.

Vieja, prepara todo. Ya casi nos vamos. Era una pareja joven, chambeadora, que apenas habían terminado la escuela y se esmeraban en salir adelante. Ella lo adoraba. Se le notaba en la mirada: le encajaba los pétalos de las rosas no más de verlo y se le derretían los hombros para quedar a los pies de él. Pero él era más sobrio y callado. Le decía que la amaba cuando andaba pedo y entonces metía la lengua en esa boca de fresa carnosa y se desbarataba amándola.

Eran felices. Niños, todavía no. Planeaba en dos o tres años, mientras se dedicaban a saciar sus jugos y repartirlos en todos sus cuerpos, en la sala igual que en el lavadero y la cocina. Apúrate, vieja. Ahí está la yelera. Mete la carne para asar, las cebollas, esa salsita que tanto me gusta, tortillas no porque las de mi amá son las mejores. Ah, y no se te olvide el encargo de mi compadre. Tú sabes dónde guardarlo. Siombre, ya deja de preocuparte. Está todo casi listo.

Montaron la carcacha, una Chévrolet vieja y destartalada, que rugía como si siempre tuviera tos y flemas atoradas. Pero no se raja la cabrona, repetía él. Y reían. Iban subiendo los cerros, escoltados por los pinares, cuando se encontraron a un viejo conocido: sus huaraches lodosos lucían al lado de una camioneta nueva, de rines de lujo y llantas todavía limpias.

Qué pasó, güé. Nada, que no prende. Válgame, tan nuevecita y batallosa. Se asomó al tablero y vio que el encendido tenía un sensor que debía detectar la llave, y ésta debería estar cerca. La traía en el bolsillo, pero no sabía que así prendía. Él le enseñó. Aplastó el botón que decía engine y también el freno, y arrancó. Ni el polvo le vieron cuando se perdió en el camino, cuesta arriba. Atrasito de él, llegó un convoy de polis. Se detuvieron y les preguntaron por un hombre así, con una camioneta nueva. Recién robada. No lo vimos.

Uno de los agentes se bajó. Se asomó a la camioneta vieja y vio la yelera. La abrió y sin esculcar la cerró. Vámonos, gritó. Los agentes y su caravana siguieron de frente, y en un parpadeo se perdieron entre los vericuetos. Él tragó saliva y ella sonrió, pícara. De qué te ríes, dijo él. Nada. Oye, y el encargo de mi compadre. Preguntó. No te preocupes: ahí viene. Dónde. La mujer acercó la yelera y la abrió. Encima estaba la verdura, unos recipientes con salsas, y abajo la carne. Dentro de una bolsa de plástico. Y entre los filetes una Smith and Weson nuevecita.

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Malayerba: El licenciado

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Dic 072015
 
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Le decían lic para acá, lic para allá. Andaba armado: una escuadra, en una cangurera discreta. Chaparro, moreno, ex militar y con muchos contactos en el gobierno, la policía y la mafia. Iba y venía con información, era puente de comunicación entre unos y otros, y resolvía asuntos con esa labia puntiaguda, ágil, prudente, filosa y con movimientos cargados a la izquierda.

Un caballero en la mesa. Pero a la hora de agarrar los cuchillos, era rápido y eficaz. Igual pasaba con los genitales y sus calenturientos movimientos. Tenía una mujer en cada colonia y a esas había que agregar las que arremangaba en su despacho, otras abogadas que conocía y una que otra cliente que metió bajo su cremallera.

Dicen que de ahí le vino la bronca. También dicen que no. Lo cierto es que su vida era como una licuadora, cuyo botón solo sabía moverse en máxima velocidad. Un día preguntaron por él. Te anda buscando El señor. Él identificaba a los patrones con claves que solo sus allegados conocían: el corto, el alto, el del séptimo mes, el manolarga, el patón, el pilichi, el ponteduro. Pero ese que lo estaba llamando era pesado y cabrón. Con c mayúscula.

Puso los ojos como de canica gorda. Se frotó las manos. Dos minutos de un silencio sin respiración, cuatro pasos para adelante y otros cuatro para atrás. Preguntó a su interlocutor si sabía para qué lo querían. No sé, respondió. Fue un no sé cortante, de esos que ocultan bajo lengua una verdad oscura e inminente. No, no sé. Le dijo a su secretaria que sacara los papeles del expediente que tenía pendiente porque iban a pasar por él otras personas. Le preguntó sobre las citas de ese día. Cancélalas. Se despidió con un nos vemos mañana, tengo que salir de la ciudad.

Agarró la camioneta Lobo, a la que solo se trepaba de un brinco. La prendió y se fue. Dicen, ahí, cerca del pueblo, que sus gritos se escuchaban: que salían del monte como chanates despavoridos, que lloró como ardilla huyendo del incendiado maizal, que pidió perdón como si tuviera a Cristo arriba, en la cruz, frente a él. Alguien le preguntaba con voz fuerte, de esas cuyas palabras se quiebran antes de golpear el aire. Le reclamaba, volvía a preguntar y luego le decía que no era posible tolerar tantas pendejadas y en tan poco tiempo.

Luego unos disparos. Luego el silencio y una calma que no puede creerse ni engullirse. Nadie lo buscó ni al día siguiente ni al siguiente ni al siguiente. Un amigo, de esos de la escuela, supo que estaba desaparecido. Fue a una cita, cerca de la ciudad. Se despidió normal y ya no regresó. La policía, le dijo su secretaria cuando cerraba el despacho, ya sin nadie, solo encontró la Lobo a la orilla de un camino. Tenía las luces prendidas y en el estéreo se escuchaba una y otra vez un narcocorrido.

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Malayerba: Mano sobre mano

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Nov 232015
 
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ejecutados

Javier Valdez/Río Doce.- Eduardo no quería cerrar los ojos: esa pesadilla seguro estaba ahí, bajo la cama, en algún rincón oscuro, en esos pasadizos estrechos y misteriosos de su sistema neurológico, en los escondites y laberintos, en algún callejón sin salida de su cabeza negra y de cabello largo. Esperará a que cierre los ojos, le gane el cansancio y el sueño llegue y pum, aparecerá dentro de su frente, como película de terror.

Todo empezó cuando aquella tarde le tocaron las mesas que están más cerca de la calle. Pero esa tarde, antes de que el sol se acunara del otro lado del mar, llegaron como seis hombres. Todos traían cuerno de chivo y pistola al cinto. Se fueron derechito hacia unos que estaban en una de las mesas y dispararon a corta distancia, sin decir agua va. No más se escucharon los rafagazos y la gente empezó a gritar y correr. Se atropellaron entre las sillas blancas, de plástico, y las mesas cuadradas.

Esos que estaban en esa mesa de madera fueron perforados por los proyectiles: las balas zumbaban y pof, ingresaron inmisericordes rasgando la piel, abriéndolo todo, expulsando masa gris y otros jugos rojos unos, y blancos y grisáceos otros. Los matones vieron cómo cayeron al piso, malheridos. Viraron a los lados, como abanicos. Bajaron sus armas y se fueron sin prisa.

Uno de los que estaban tirados en el suelo quería decir algo. Le brotaba sangre por la boca, ahogado en ese río tibio y mortal. Él lo vio, se acercó. Acuclillado le dijo tranquilo compa, ya viene la ambulancia. Pero el hombre pronunciaba estertores y salían burbujas. Sonidos guturales que él percibió cuando le tomó la mano y empezó a sobársela. Solo repetía tranquilo, tranquilo. No se le ocurría nada más. Se agachó y acercó su oído para tratar de captar alguna sílaba, armar esos pedazos de voz anegada. No pudo. Estiró su brazo y dio con el cuello. Pulso débil.

La mano se enfriaba y aquel hombre, que todavía movía los ojos, parecía abandonarse sobre ese charco. Tranquilo, mi compa. Le apretó la mano, pero ésta se enfriaba. Llegaron los paramédicos y uno apenas le buscó el pulso. Sin mucha convicción, movió la cabeza y le pusieron la sábana azul.

Ahora, Eduardo ya no tiene esas pesadillas. No, desde que la mamá del muerto fue y preguntó dónde había quedado y él le dijo ahí, yo le tomé la mano. La señora lloró, le dio las gracias y le dijo qué bueno que mi hijo no murió solo. Y él descansó: había pensado en que no había hecho lo suficiente, que pudo haberlo salvado. Se sintió torpe y frustrado. Y entonces se despidió del muerto, lo soñó tranquilo, en paz y agradecido, y acabaron las pesadillas.

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Balas no tan perdidas que dan en blancos inocentes

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Sep 142015
 
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Foto: Río Doce.

Foto: Río Doce.

Río Doce/Andrés Villarreal

Juan Villoro se especializa en relacionar contrarios y malentendidos evidentes que nadie vemos. En la presentación del libro Huérfanos del narco de Javier Valdez, dijo que solo en México el departamento de “objetos perdidos” recolecta todo lo encontrado y que deja de estar perdido. Los americanos que van directo al punto lo llaman: “Lost and found”, que literal es “perdido y encontrado”.

Igual pasa con las balas perdidas, que invariablemente dan en un blanco. Aquí esas historias las hay por cientos.

Una noche una mujer se despertó en su cama de lo que creía una pesadilla. Oyó cohetes y sintió que se le quemaba la cara. No soñaba, de los tiros de la calle una bala perforo la ventana y se posó en la almohada quemándole la mejilla.

En otra pesadilla, la de 2008 en Sinaloa, a una patrulla de la Estatal Preventiva la emboscaron en el cruce de Universitarios y Calzada de las Américas. Ni siquiera alcanzaron a defenderse, acribillaron a 6 agentes. Esperando el semáforo verde en una camioneta, un hombre se agazapó entre el acelerador y el freno. Cuando intentó irse, justo detrás de su cabeza el cristal mantenía el agujero de una bala. Entre los policías asesinados aquel 2008 estaba Alejandro Almaral, hermano de Martín Almaral, de quien Villoro también presentó un libro, Práctica de vuelo que reúne otro grupo de columnas del periódico Noroeste.

En otros casos las balas perdidas fueron asesinas. Sonia Monzón abordó el camión urbano Campo El Diez, el jueves pasado, rumbo a su casa. Se sentó junto a su esposo. El chofer vio a lo lejos una balacera, se disparaban de un auto a otro. Frenó el camión, no quería acercarse más. Dos balas dieron justo en el parabrisas, una para ella, otra para su esposo. Sonia Monzón murió al instante.

Es Culiacán no hay que ser narco para morir de una bala perdida, que en realidad está encontrada.

Margen de error

(Hacerle al pendejo) Un Procurador de Justicia de Sinaloa explicó en síntesis la fórmula para responder a cabalidad en el puesto que le encomendó el Gobernador: “Hay que hacerse pendejo por dos años”. ¿Para qué más palabras y teorías? A eso se dedicó los siguientes meses. La dificultad en realidad se encontraba en fingir que no lo era.

En aquellos tiempos, dos años eran suficiente desgaste y luego llegaba otro que seguía al pie de la letra la fórmula aunque no lo admitiera. Claro, siempre llega el que se quiere pasar de listo, y hasta el que verdaderamente es listo pero que termina siendo abandonado, relegado, y expatriado.

El puesto de Procurador es ingrato en cualquier lugar del país. No permite decir que estás cansado. No permite tampoco los nervios de punta porque el timbre del teléfono despierta todas las madrugadas. Los resultados nunca se reconocen, aunque siempre disminuyan o solo se den pequeños repuntes.

Salvo el exprocurador Miguel Ángel Mancera que llegó a la jefatura de gobierno en el Distrito federal, suele ser una tumba. Piense en los Procuradores de Sinaloa o en los Procuradores Generales de la República.

Visto así no queda más que jugarse el prestigio poco o mucho que quede. Y seguir la recomendación de aquel Procurador de Sinaloa en tiempos de Renato Vega. Dos años para hacerle al pendejo.

Mirilla

(Los 43) Creer en la investigación de la PGR o en el Informe Ayotzinapa del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, GIEI, no es un asunto de fe. Aunque en toda la semana así se habla y se dividen en dos grupos: los que creen en uno y los que critican al otro.

De la investigación de la PGR como verdad histórica queda muy poco, y terminan por admitirlo hasta los propios defensores —excepto quizás Murillo Karam—. Aun así esa es la única investigación con validez jurídica. La revelada esta semana que realizó la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, con la anuencia del Estado mexicano, admite de entrada que no se trata de “un diagnóstico definitivo de los sucedido con los 43 normalistas desaparecidos… (pero) sí recoge los hechos que considera probados y aquellos otros que considera probados que no han sucedido o sobre los que existe una controversia tal que se cuestiona su validez.”

En la premisa anterior está el resumen de las 560 páginas.

Lo probado, es que los 43 estudiantes fueron desaparecidos en una participación conjunta de un grupo de narcotraficantes y las policías. (Coinciden PGR y GIEI).

Lo probado que no ha sucedido, es que los estudiantes fueron quemados en el basurero de Cocula. (PGR lo afirma; GIEI asegura que no es así).

Y aquello sobre lo que existe controversia y se cuestiona la validez, se refiere a la participación de autoridades federales. El Grupo de Expertos acredita que efectivos del Ejército estaban enterados de lo que sucedía en Guerrero aquella tarde-noche del 26 de septiembre y todo el 27 de septiembre, lo mismo que agentes federales. Ambos tenían el seguimiento a través del sistema C-4 de todo lo que sucedía, y tanto militares como federales aparecen en diferentes sucesos de aquella larga noche y madrugada.

DEATRASALANTE

(Mezclilla Cimarrón) Son dos meses ya de la fuga del Chapo. Pasó el tercer informe de Enrique Peña, movió su gabinete, y todo sigue igual. En aquel túnel, donde se acredita la fuga hace dos meses, quedaron varios pantalones de mezclilla marca Cimarrón, talla 34, comprados en el Wal-Mart más cercano(PUNTO)

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Malyerba: Por una meada

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Sep 072015
 
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Tenían cuatro toneladas de mota en la cochera, en la que bien podían estacionarse cuatro vehículos. Una noche antes, mientras descargaban la yerba, un boludo rondó la zona y se mantuvo fijo sobre el camión de carga. Ellos, sorprendidos en la maroma pero ágiles, brincaron y se metieron bajo el tráiler. La fuerte luz lanzada desde el helicóptero parecía traspasar la caja del camión.

Ahí se mantuvo dos minutos: litros de sudor, kilos de esfínteres apretados, ojos saltados que abarbaban media cara y manos paralizadas. Hasta que el boludo se fue. Terminaron de descargar y se fueron a dormir, luego de una sobredosis de güisqui y dos churros colectivos. Bajar la adrenalina, descansar. Al día siguiente habría que repartir la carga y hacer cuentas.

De mañana, avisaron que todo estaba bien. Salieron a dar unas vueltas y de regreso fueron a echar gasolina. Platicaban, festejaban, se les hacía agua la boca de imaginar tantas ganancias. Pero olvidaron pagar el combustible. La dueña los reportó y como ya los traían cortitos, llegando a la casa les cayeron los policías antidrogas. Las tres letras grandes, amarillas, sobresalían en sus chaquetas. Traían escopetas, las manos en las cachas y la insignia a la mano.

Le preguntaron al que manejaba de quién era la casa y contestó que él era el dueño. También del carro. Les pidieron identificaciones. Los esculcaron a ellos y al carro. Nada. Desde dentro, por una minúscula mirilla, un vigilante observaba, sudoroso y con sobresaltos de ave nerviosa.

Los agentes les dijeron que como no habían pagado, los habían seguido. Les dijeron que debían regresar a pagar y a disculparse con la dueña. No llevaban orden de cateo, pero igual el dueño no los dejó ni asomarse. Conocía sus derechos y mostró un temple que él mismo no conocía. Ya en la gasolinera, el jefe de los uniformados les explicó que debían escribir en una hoja blanca, a mano, que los perdonaran y que jamás iba a suceder. La dueña los miraba como mira Dios cuando está molesto: cruzó los brazos sobre sus pechos y pintó una raya horizontal que sustituyó sus labios.

Firmada por los tres y con disculpas adicionales, reverencias y apretones de manos, se conciliaron con la dueña y se retiraron. Los agentes por su cuenta. Los habían vigilado de lejos y de cerca, desde hace días. Los esperaban en las esquinas, a la vuelta. Pero no sabían de esa tonelada de coca que recibían cada semana. Ni supieron de la yerba estacionada en la cochera, en maletas y costales.

Peroombre, compadre. Eso nos faltaba, que por esos veintiocho dólares que echamos de gasolina nos detuvieran y encontraran la mota. Me acordé de esa canción. Cómo dice. Esa de quién iba a pensar, que por una meada. Ya ni la chingas, de plano. Pinche compadre.

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Malayerba: Media muerte

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Ago 312015
 
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Javier Valdez/Río Doce.- Raúl se dedicaba a robar combustible. Les llegaba la información sobre la hora precisa en que pasaría por ahí la gasolina y ellos debían estar listos: casi siempre de noche o madrugada, con la llave que ellos habían instalado en los ductos y el permiso de los narcos que mandaban en esa localidad.

A esa hora de la succión ellos eran fantasmas, sombras. La policía se retiraba a otros operativos, lejos de la ordeña de magnum, el ejército dejaba de patrullar, los de la Marina se mantenían en el retén. Ni los grillos cantaban, acaso un tecolote despistado y los murciélagos que se sentían invadidos y desorientados.

Los recipientes de doscientos litros esperaban en las camionetas. Fila interminable de vehículos queriendo surtirse para vender por su cuenta, entregarla a los jefes, repartirla entre otros que la revendían. Negocio redondo, incendio pequeño en esa comunidad que había dejado de oler a pólvora de los cuernos de chivo y empezaba a llenarse de una almohada invisible de gasolina: en los patios, las escuelas, la plazuela, las tienditas de esquina, los campos de maíz y las recámaras.

Un día le dijeron que dejara de ordeñar. Preguntó y le contestaron no sé, órdenes del jefe. Pero él necesitaba dinero, tenía que recuperarse del tiempo que pasó encarcelado. No se puede, loco. No es no. Has caso. Pero él no podía quedarse sentado frente al televisor, pisteando una caguama, sabiendo a qué hora iba a pasar la verde por el ducto. Bastaba con poner la mano en la llave y darle vuelta y abrir y. Oro. Oro verde, azuloso, rojizo, líquido, caliente. Y era todo para él solo.

Dos días más lo encontraron hinchado y con un balazo en la nuca. Te lo dije. Fueron las tres palabras del mismo que le había advertido que no ordeñara, con la mano en la treinta y ocho. Jorge su hermano menor le lloró tanto que se secó por dentro. Una muerte chiquita nació en sus entrañas: empezó en el hígado, subió por el estómago, se instaló en los jugos gástricos, conquistó el esófago, se convirtió en grito, montó los senos paranasales y mutó en un llanto sin lágrimas.

Jorge ahora ordeña. Trabaja para los mismos, esos que jalaron el gatillo, que tienen pólvora en las manos y que reparten los billetes y nutren la almohada con olor a gasolina: los mismos que trozaron a Raúl. Él lo sabe, pero quiere dinero y mucho, porta una venganza que le empedró el rostro y le mató la mirada, y no olvida ni sueña: solo pesadillas visitan sus madrugadas.

Le dijo su madre, salte hijo. No, no puedo. Te ven a matar, por el amor de dios. ¿Dios? No hay dios si ya mataron a mi hermano. Pero hijo. Nada, amá. Ya no me importa. De hecho, con lo de Raúl, ya me siento medio muerto.

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Malayerba: Guasapeando

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Jul 132015
 
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Javier Valdez/Río Doce.

La mujer de enormes ojos y cuerpo de olas de mar fue tan asediada por ese hombre de armas, a quien aceptó como novio y rápido se casó con él. Se esmeraron tanto en fecundar el óvulo que en poco más de dos años tuvieron dos hijos, niña y niño. Tenía joyas y carro del año y buena ropa, perfumes y accesorios, y una casa mediana que apenas llenaban.

Tenían tanto y les iba tan bien que no pensaron en que todo tiene un final: callejones oscuros y sin salida, cilíndricos, que escupen fuego. Le cayeron en uno de los traslados de droga, custodiando. Él estuvo a punto de botar el seguro y jalar el gatillo del cuerno de chivo pero le ganó la cordura, el recuerdo de su mujer y sus hijos. De lejos le gritaron que soltara el arma, se hincara y se acostara boca abajo, en el pavimento.

Le dieron tantos años que pedía prestados dedos para contar y pedazos de otras paredes para infringir dolorosas muescas en la celda. Su mujer iba seguido y luego no tan frecuentemente, pero siempre llevaba a los niños. Hasta que ese hombre, también pistolero, se le acercó y le dijo reinita. Por esas nalgas, yo te doy una casa más grande y te cuidaré con todo y tus dos hijos. Vente a vivir conmigo.

Aceptó porque necesitaba dinero y no le alcanzaba ni para que comieran sus hijos. No lo conocía mucho pero le pareció la mejor opción. Ella, que era peleonera y le gustaba andar de pachanga con las amigas, empezó a decirle a él a todo que sí y a ellas que no. Él le ordenaba ve al mandado, yo cuido a los niños. Y ella aceptaba con abnegación. Pero no soltaba el teléfono ni permitía que él leyera sus mensajes.

Se quejó de esa vida de monja y de telas sintéticas en lugar de escotes. De los pantalones holgados en lugar de esas minifaldas de infarto. Ya ni siquiera podía imitar el vaivén, esa danza de olas besando el mar, al caminar, porque él la reprimía. No andes de puta, mijita. Le repetía, a veces de cerca, al oído, con navajas en la lengua. Otras le gritaba en público, con espuma de cicuta en la boca.

Un día le dijo deja ese pinche teléfono, cabrona. Y lo dejó a un lado. Y sonó y vibró y sonó en dos ocasiones más y volvió a vibrar. Eran los mensajes que ella ya no podía contestar, por órdenes de su dueño. Hasta que le dijo, déjame que le responda y ya lo guardo. Se le hizo fácil, no esperó la respuesta. Tomó el aparato y empezó a teclear. Taca taca. Zumbido y timbre. Otros cuatro zumbidos: pandilla de abejas dentro del aifon. Hasta que se escuchó un grito. Te ordené que dejaras ese pinche teléfono. Y antes de que ella volteara y suspendiera el taca taca le disparó en tres ocasiones. A ver si así dejas de guasapear, pendeja.

Aviso: la malayerba descansa dos semanas. Gracias.

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Malayerba: Trescientos

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May 042015
 
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Joel agarró el erre y le jaló. Su amigo ya lo había hecho y le dijo nombre bato, se siente machín. Pisteaban y se enfermaban con esos corridos de los jefes, la malandrinada, los morros aventados y los cuernos de chivo. Así andaban, en esa densidad de la música y el dedo en el gatillo, cuando entraron seis encapuchados.

Iban encuernados. Les pusieron una chinga que los dejó tirados y entraron a la casa, buscando algo. Y las armas, preguntó el que parecía el jefe. Las armas, cabrón. Dime dónde están las pinches armas. El amigo de Joel respondió que no tenía más que esa y un par de cargadores. Se querían llevar a su mamá y luego a un hermanito pero al final desistieron. Solo se los llevaron a ellos.

Les cubrieron la cara con sus camisetas y los acostaron boca abajo. Los tenis squerchs del matón le pisaban la espalda. Órale puto, no mires. Veinte minutos. Los bajaron en una casa grande, de patio inmenso. Los grillos silenciaron. Los sentaron en sillas de madera. Para quién trabajan, dónde están las armas. Trajeron un machete de metro y medio y les pegaban con la hoja ladeada: en la espalda, el pecho y el abdomen. Joel decía yo no sé nada, solo soy taxista. El otro contestó que el erre se lo dieron para que lo guardara. Y de ahí no se movió.

Puñetazos en panza y cara. Navajazos en el pecho. Chicharra en las bolas. Quién, dónde, para qué. No sé, patrón. Yo no sé nada. El otro, cansado y con la sangre invadiendo sus prendas, les dijo mátame de una vez. Te la das de muy cabrón, de muy güevudo. Envolvieron su cabeza en una bolsa y se la quitaban cuando se decoloraba.

De nuevo al carro y de ahí a otra casa, en la ciudad. Los mantuvieron esposados, les dieron agua. Esperaban órdenes. Sonó el cel. Sí patrón, sí jefe. Así será. Los sacaron y otra vez al carro. Los vamos a soltar, morros. Los bajaron en un paraje y los tiraron boca abajo. Manos y pies atados, ojos vendados. Apenas besaban la yerba cuando Joel escuchó disparos. Alcanzó a sentir cómo lo mojaba la sangre que emanaba de la cabeza de su amigo.

Le hervían los brazos, el pecho. Brincaba el tórax. Ya vámonos, gritó uno. Oyó el sonido del motor. Estoy muriendo, se preguntó. Aguantó unos minutos, por si regresaban. Se hincó no supo cómo. Brincó, dio pasitos, hasta alcanzar unas ramas para tallar y cortar la cinta que ataba sus manos, sus pies. Se arrastró. Vio casas lujosas y no quiso ni que lo vieran. Luego una casa de lámina. Alcanzó a pronunciar agua. Pidió una ambulancia.

La ambulancia lo recogió. Seis disparos: brazos, pecho y en el costado izquierdo. Fracturas, heridas, cortadas. Perdió mucha sangre: está casi muerto, dijo alguien de urgencias. Solo traía trescientos: trescientos mililitros de sangre, de los cinco litros que necesitaba su cuerpo.

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El narcosacerdote

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Abr 202015
 
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Implacable, el sacerdote miraba a las mujeres y parecía traspasarlas con ojos de rayos equis. De arriba abajo y de abajo a arriba. No era la mirada lasciva, esa que escudriña más allá de los linderos de las prendas exteriores e internas. Era el censor: ese que revisa, aprueba y desaprueba, da el paso o lo impide, desde el púlpito, el escalón superior, encima de los hombros y con esa atmósfera de superioridad, de enviado y representante celestial.

Esta sí, está no, parecía decir a la entrada de la iglesia. Entre el empedrado que recordaba la vida rural de sus habitantes, y el asfalto que avanzaba como nube negra e invasiva, le llegaban hombres con sombrero, amezclillados y camisa de seda. Cinto piteado y botas de cocodrilo, picudas y altaneras. En los estampados de las camisas de colores chingamelosojos resaltaba la hoja de mota, Malverde con ese rostro de estatua de plazuela y la virgen de Guadalupe.

El padre asentía. Reverencia aprobatoria. Pero las mujeres eran víctimas de una severidad de mármol. Prohibidas, sin decirlo, las faldas cortas. Enseñar la rodilla es un diosnosagarreconfesados. Prohibida la blusa que enseñe más abajo del cuello. Si se puede, preferentemente usar el velo. El padre era en ese templo el celador y la monja medieval, el policía de la moral y el sexo, el juez de los vestidos, las faldas, los pantalones y hasta el bilé y el rubor.

La exuberancia y el contoneo no podían ingresar a esa capilla. Tampoco el arreglo de la cabellera tipo Rarotonga ni el vestido entallado que enseñe las rutas curvilíneas del deseo ni el bamboleo de las carnes. Estrictamente prohibido mirar, sonreír, coquetear, saludar de beso, abrazar a la otra persona si es del sexo opuesto y carcajearse, aunque fuera en el saludo de la paz o antes de la celebración religiosa.

A la mayoría de los feligreses les gustaba ese padre, pero hubo quienes renegaron de sus gustos y se retiraron del templo. Cuando sabían que no era él quien oficiaría misa, volvían. Conocían sus excesos, esa humillante exhibición pública de rudeza y poder: sálgase, gritó varias veces, con el brazo extendido y el dedo de fuego apuntando. Se lo dijo igual a la madre abnegada que ese día llevo una falda con fronteras en las rodillas, que a la quinceañera que llevaba ese vaporoso vestido de nube.

Cuando esa mujer llegó con el escote mostrando el brincoteo seductor de esos pechos blancos, llamó al monagillo y lo mandó por una manta roja, que cubren los descansabrazos de las bancas. Lo tomó y se lo puso encima a esa dama frondosa y sus dos nidos tibios. Y más se encabronaron los vecinos: sabían que en los cuartos de atrás del templo, el padre le guardaba a los narcos los billetes, cocaína, carros y mariguana. Esa también la mantenía bien tapada.

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Malayerba: El más buscado

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Mar 162015
 
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Eran cuatro hermanos, mocosos y descalzos. Tan pobres que pasaban días comiendo solo mangos. Cuando mejor les iba desayunaban sopitas con huevo, porque se robaban los blanquillos del gallinero del rancho contiguo. Uno de ellos decidió cruzar la frontera y probar suerte con los gringos. Llegó como pudo y se quedó.

Cuando los sinaloenses que estaban allá se dieron cuenta que era de fiar, lo empezaron a enrolar en el negocio: traslado y venta de armas de fuego. Compraban allá cajas y más cajas, y las pasaban a este lado de la frontera y a buen precio. Un día le regalaron una bonita, bien nutrida y pesada. Con esa podía traspasar el blindaje de los carros.

Le fue tan bien que decidió llevarse a sus otros hermanos y darles trabajo. Ya era jefecito de ese clan de sinaloenses que surtían a los narcos de este lado del río Bravo y no podía dejarlos abajo, en esa pobreza que insistía en arroparlos para que siguieran muriendo de hambre y frío. Vámonos, allá tienen chamba cabrones. Solo dos aceptaron. Al que se quedó le dio algo de dinero para que pusiera una tienda y de ahí empezara a hacerse de un patrimonio.

Llevaban y traían. Lo que fueron primero cinco, seis cajas, luego fueron decenas. Cartuchos y armas de diferente calibre: de lujo, de gran alcance, grandes y chicas, fálicas y ruidosas, de esas que guiñan con cada crac y clic que producen al mover los aditamentos y chocar unas con otras y meter y sacar cargadores. Hasta el olor a nuevo y a fierro y a pólvora virginal los atrapaba y hacía sentir fuertes y poderosos. Y suspiraban.

En una de esas operaciones los atoraron los policías gringos. No podían esperar a que los esculcaran, así que empezaron los disparos. Ellos lograron huir pero uno de los agentes fue mortalmente herido. A los días apareció en los diarios Recompensa por asesinos de un oficial de migración. Daban detalles del tiroteo y presumían que se trataba de narcos mexicanos que operaban desde el lado mexicano.

Los jóvenes se regresaron al pueblo, a esconderse. Nada más seguro que esa fortaleza, ese blindaje amurallado de pinos y otros árboles gigantes. Pensaron que nunca los encontrarían, pero a los meses llegaron policías estatales y de la municipal. Agarraron a uno, el que había iniciado en el negocio a los otros dos, y se lo llevaron. Entre los agentes venían varios gringos. Dicen que eran del efebei, los ais y la dea. Eran más altos, iban encapuchados y no hablaban.

El hermano menor, que era más calmado, se sentó del otro lado del mostrador de la tienda y revisó en internet. Encontró que el gobierno gringo festejaba la aprehensión de un capo y que por él ofrecían una recompensa de un millón de dólares. Asesino, traficante y peligro: era su hermano.

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Malayerba: Carro de juguete

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Mar 092015
 
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Para Elías. Ese caballero medieval.

Era narco, narco. Narco cabrón. Más que narco: narcazo. Si había un nivel previo a la de jefe de jefes, era el de él. Había pasado de puntero a pistolero. Sus jales, impecables. Si hubiera un álbum o salón de la fama de los mejores trabajos en materia de ejecuciones, él estaría ahí con letras doradas, en el muro de honor, en la sección de antología. Con letras brillosas y grandes.

En su casa de ese fraccionamiento privado, había espacio para cuatro vehículos. Hubiera querido tener una alberca, una cancha para futbol rápido, un área para practicar tiro al blanco con su chanate, un fusil aerre quince, y un gimnasio en medio del jardín, junto a una fuente de cantera rosa que trajeran de Sanalona. Pero sacrificó uno a uno esos espacios porque quería una cocherota.

Hablaba de sus operaciones, de las órdenes que daba ahora que estaba el frente de una célula, de su relación con los jefes. Mis respetos, son los jefes. Nunca los criticaba ni hablaba mal de ellos. Su adulación era más bien adoración. Cuando los nombraba parecía construir con sus palabras un ramo de flores al pie de un monumento a la deidad de esos hombres de plomo y fuego y sangre.

Decía que la policía se la pelaba. Se refería a ellos con desprecio. Pinches achichincles, puro tacuache. Y hacía esos movimientos con su derecha, flexionando la muñeca y sacudiendo el puño. Altanero y entrón. Esa era parte de su fama, porque a la hora de la hora era un hombre que no se rajaba. Y puro pa lante, mi jefe. Al cien con los patrones. Pero sí retrocedía paso y medio cuando se refería a la marina. A esos putos hay que tenerles cuidado.

Pero tenía una debilidad: los carros de juguete. Por eso cuando le preguntaron qué quería que le regalaran, dijo sin pensar un carro de juguete de control remoto. Y no le dieron un bochito: era un carro Mustang rojo, de casi medio metro, con puertas que se abrían y un motor cromado que funcionaba con gasolina y rugía como león. El control era aparatoso también, con antena y botones de colores.

Lo sacó a la calle para presumir. Llamó a sus amigos y vecinos. Lo puso en el suelo de asfalto y lo prendió. Cuando gruñó el motor todos lanzaron un oh. Qué perrón, dijo uno más. Aceleró, dio vuelta, lo puso en dos llantas, hizo aguilitas y derrapó y frenó de una y subió y bajó de las banquetas por las rampas y desafió cunetas y guarniciones. Estaba inspirado, mordiendo su labio inferior y aullando estertóreo. Tanto que no vio venir un auto blanco, manejado por un joven desprevenido.

Crac. Aquello quedó untado en el pavimento. Se subió a la Ram y fueron tras él. Lo alcanzaron, golpearon y amenazaron. Hasta que hicieron que le pagara todo, hasta el funeral del Mustang rojo.

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Malayerba: Guitarra armada

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Mar 022015
 
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Río Doce.- Sobando el diapasón y mirando sin mirar la letra de ese corrido, se acordó de todo: se le vino encima una marabunta de recuerdos que él había procurado guardar en el cajón del olvido de esa memoria selectiva, que había activado como ritual de sobrevivencia. No sucedió. No fue. No fui yo. Eso no pasó.

Entonces los dedos se entumecieron y abandonaron las pisadas entre los trastes de la guitarra. Las cuerdas le parecieron más gruesas. Le dolió la madera, las bordes de acero que dividían el diapasón, las cuerdas delgadas y también las gruesas. Sus manos engarruñadas. Sus recuerdos ahí, como siluetas de espanto de una película de terror en la que él era el protagonista y muchos, otros muchos, las víctimas.

Se vio ahí. El dedo índice flexionado. Su rostro de papiro viejo. Los ojos inyectados de color semáforo. El alma pesada y asintomática y afebril: alma vieja y dura y arrugada y enferma. Su pose de dios apuntando con el dedo. Sentenciando. Vas a morir. Y el hombre ahí, tirado en el suelo. No me mates, por favor. Tengo hijos. Por tu mamacita, no me mates.

Pum.

Siempre el llanto. Las referencias a las madres de ellos y de él. La imploración. El ofrecimiento del doble o triple o todo el dinero del mundo. La promesa de que no lo volverán a hacer. La apuesta al olvido. A que se van a ir y que no le van a contar a nadie y que viajarán lejos para que nadie sepa y nunca los encuentren. Con tal de que los dejen ir. Pero las lágrimas no se acaban y alguien tiene que cerrar esa fuga: él. Y siempre, inexorablemente, apretó el gatillo para secar ese río salado.

Trabajaba para una célula del narco. Sus jefes le llamaban y le decían ai te van los datos, güey. Mátalo. Luego alguien le llevaba un sobre con una foto y un papel con datos. Él buscaba, vigilante. Seguía y perseguía rutinas. Trayectos, hábitos, guaridas. Y cuando llegaba el momento los trozaba. Siempre al pecho, siempre a la cabeza. Hay que asegurar el éxito de la operación. Ya quedó el jale, jefe.

Cuando lo detuvieron fue un milagro. Era eso o el panteón. Le dieron quince años y dijo hasta aquí. En la cárcel aprendió a tocar la guitarra y a cantar corridos. También una que otra rola campirana, de las viejitas, de amores y hasta chuscas. Desde Eufemia hasta Cuatro de a caballo. Salió del penal luego de que esa marabunta de recuerdos lo visitara constantemente. Sus demonios seguían sueltos. También su miedo. Si no me matan los jefes, lo harán los enemigos.

Pisó la calle y de ahí se subió rápido al ferry. Se bajó en un puerto cercano, sin chamba ni dinero, pero con guitarra. Encontró sayo en una cantina. Guitarra y acordeón. En un bar, frente a unos dipsómanos, contó sus penas de sangre y el alma se le aligeró. Cuál quiere que toquemos, patrón. Pistoleros famosos, le respondió.

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Malayerba: la oreja

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Feb 092015
 
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El junior, le decían. Había crecido entre las manos encalladas de su padre y la vida campirana. Esa tarde se llevó a una muchacha de la que estaba enamorado y su papá le preguntó cómo le iba a hacer. Voy a ponerme a terminar la carrera, apá. Él se sintió feliz: la familia y la joven los esperarían allá, en la sierra, mientras él concluía sus estudios de ingeniería.

Le pidió a su papá la camioneta para moverse en la ciudad y cada que podía, cuando pasaban dos o tres semanas, regresaba a visitar a su familia y a esa morra amada. Una de esas que regresó le dijo a su papá que estaba hasta la madre que los policías lo molestaran. La camioneta no es de aquí, le decían. Le daban a entender que era robada, que andaba de malandrín. A cada rato lo perseguían y atoraban. Se la querían quitar. El padre se quedó pensativo. Se acordó cuando había sido poli de la municipal: pura gente mala conoció.

Ese fin de semana fue más corto y quedó en un amplio rincón de la memoria de esos tres que se quedaron esperándolo en la serranía. La madre lo vio partir y le dio la bendición. La esposa le dio un beso en la boca y el padre lo abrazó. Sombras gordas parecían rondar aquella silueta mientras serpenteaba los caminos de regreso. En lugar de los pinares, aparecían matas con espinas estorbando en esos senderos.

Allá conoció a una morra que lo correteó hasta conquistarlo. Él dejó de ir un mes a ver a sus padres porque terminaba atisbando las cuevas y montes y montañas de esa mujer. Ella le echaba el ojo a su camioneta. La quería para sí, más que al junior. Él le dijo que se iba a regresar a la sierra cuando terminara la escuela. Ella le respondió tú no te vas. Se puso celosa. La ambición plantó un destello en sus ojos. Signo de pesos.

El junior dejó de ir a la escuela. A sus progenitores y a la esposa que tenía en la casa materna les extrañó. El padre bajó a buscarlo a la ciudad. En la escuela le respondieron que hacía varios días que no acudía. En el lugar donde vivía le informaron que tenía una novia, que se empedaba con ella y que había noches en que no regresaba. Buscó en la policía, la Cruz Roja, los hospitales. Y temeroso de recibir malas noticias, las funerarias. No dio con él y se regresó: la lluvia de agosto asomó en sus oquedades y besó sus mejillas.

Aquella mujer ahora pisteaba con sus amigos y cómplices. Traía la camioneta negra que tanto le gustaba y en esas borracheras soltaba la lengua y se le aflojaba la ropa. Terminaba con uno y luego con otro y otro. En sus confesiones de borrachera y bacanal, ya sin poder sostenerse de pie, decía que ella había sido. Que los matones le llevaron la oreja no más para confirmar que el jale estaba hecho. Y les enseñaba las llaves de la Silverado: y todo en ella tintineaba.

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Malayerba: Disneylandia

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Feb 032015
 
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Río Doce.- La cárcel: un hotel, un prostíbulo, una narcotiendita, un motel, un espá, una oficina, un refugio para pasar los días de la semana con excepción de sábado y domingo. Eso era para él el penal al que lo habían mandado, acusado de narcotraficante, delincuencia organizada, posesión de armas de uso exclusivo del ejército y posesión de droga.

Cada viernes, o a más tardar el sábado muy temprano, salía de ese centro penitenciario. Los custodios iban por él a su celda. Acudían en su búsqueda como quien se apronta para encontrar un amigo e ir a dar la vuelta. Llegaban y lo saludaban con afecto, sin dejar de lado el respeto. Jefe, a sus órdenes. Casi se le cuadraban. Él respondía también con afecto, pero no hacía más ceremonias.

Lo esperaban afuera. Él salía como si anduviera solo. Ellos tras él, escoltándolo. Mientras caminaban, le sacaban plática. Eventualmente volteaba, sonreía, respondía, hacía algún ademán, sin detenerse. Y de nuevo de frente. Trescientos pasos por ese sendero pavimentado, al fondo las empolvadas canchas de basquetbol y del otro lado los talleres de mecánica automotriz y carpintería.

Llegaban al punto de revisión. Pasaba como el agua: adelante jefe. Hasta ahí lo acompañaban esos celadores, que eran relevados por otro par. Unos cuantos metros más y llegaban al pórtico. Que le vaya bien, lo despedía más de uno. Él sonreía, levantaba la mano y respondía con gratitud. Esos mismos uniformados lo subían a un vehículo particular y lo sentaban en el asiento de atrás. A dónde siempre, jefe. Sí, por favor.

Llegaban a una casa de buen nivel. Grande, espaciosa, con cochera para tres carros y un jardín que ya lo quisiera cualquier escuela primaria del gobierno. Estaba dentro de una privada. Era la señora de la casa, la que limpiaba y le hacía comida, quien lo recibía. Patrón, pásele a lo barrido. Él preguntaba si había novedades. Volteaba a ver a los agentes, que permanecían en la puerta. Gustan. Siempre se negaban. Era la hora de separarse. Hasta el lunes, entonces.

Cada fin de semana lo mismo. Viernes o sábado temprano. La rutina que antes era refrescante y liberadora, se hizo cansada, aburrida. Mta madre, llegó a pronunciar. El gozo de ejercer esa libertad de dos días lo estaba oxidando por dentro: atrofiados los músculos de la felicidad. Endorfinas de güeva. Esa mañana lo llevaron y se despidieron como si nada. El lunes volverían pero él le pidió a su empleada que les dijera que se había ido. A dónde. Lejos.

Llegaron los custodios y tocaron el timbre. Un ding dong se escuchó y a lo lejos unos pasos que se acercaban. Hola buen día. El señor no está. Ellos estupefactos. Se vieron uno al otro. Y a dónde se fue. Me dijo que les dijera que lejos. Sí pero a dónde. A Disneylandia. Ah y dijo que no lo esperen.

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