Dic 092014
 
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Bajó hacia el río por el olvidado y deteriorado centro comercial DK entre los puentes y túneles del Parque Hundido, bajo los árboles de hule gigantescos, tomó por la calle G-4 y recordó los tiempos de la banda, cuando esa callecilla, la G-4, le dio fama y respeto a Jardines del Country, la colonia de clase medieros, ricos y millonarios, la G-4, la banda que respetaban hasta los cholos, hasta los cholos de Zoquipan, de la Consti y de la Guza, cuando eran barrios pesados, cuando rozaban los límites de la ciudad, cuando sólo eran suburbios y pocos se atrevían a entrar por allí.

Pasó por las calles tapizadas de millones de florecillas lilas, entre secas y húmedas, resecas y mojadas, recién caídas o de días, siempre presentes en la colonia, como un símbolo. Miró el templo de Santa María Goretti, ubicado en el parque, donde la calle se abría para dar paso a su magnífica arquitectura rodeada de pinos y jacarandas. Tomó por las callecillas que se cerraban como en una pared de ladrillos: izquierda, derecha, callecilla, izquierda media calle, derecha callecilla, topar con casas limpias, de 2 pisos, siempre con autos dentro de las cocheras o afuera, en la calles. Siempre, a cualquier hora.

Miró la casa del Dado, de la misma pandilla de los G-4, ya asesinado, como casi todos los de la banda. Tal vez sólo quedaba él, sí, sólo quedaba él.

De pronto, se encontró en Fidel Velázquez y Lago Superior. Vio como se ampliaba el horizonte, lleno de árboles antiguos y casas llenas de recuerdos. Observó la casa del director de la policía que todavía estaba preso por narco. Preso aún cuando no empezaba la guerra estúpida de Calderón. El comandante implicado con la detención del general Gutiérrez Rebollo.

Llegó al río Atemajac y cruzó el puente bajo las sombras frescas de inmensos pinos y, escuchó el murmullo de las aguas negras y verdes que se dirigían a la barranca de Oblatos. Se paró en la esquina mientras observaba las luces de los semáforos. Estiró la mano y el taxista lo observó y se detuvo.

Se subió y de inmediato sacó el arma, exigiendo el dinero. No quería ir a ningún lado, sólo quería el dinero y el celular. El taxista se negó y forcejeo. Él se vio obligado a golpearlo con la cacha de la pistola escuadra. El taxista perdió el control de su cuerpo muerto y el taxi avanzó veloz y se estrelló en un pino gigantesco ubicado en la ribera del río.

Él salió caminando y subió hacía Lagos del Country. Caminó y pensó. Lanzó la pistola en el jardín de la casa de un amigo. Su amigo enterró el arma cuando la descubrió. Nunca se la encontraron. Pero hubo muchos testigos: transeúntes, automovilistas, comerciantes, personas que esperaban el camión.

Ahora está en Puente Grande. Recuerda los días de gloria, los días de juventud, cuando delinquía por gusto y no, por necesidad. Recuerda el parque del templo, el parque de las jacarandas, el parque de alfombras lilas, allí, con toda su banda de la G-4. Hoy, sólo queda la callecilla con ese nombre, esa callecilla que vio crecer al cacique de la UdG, también entre armas y difuntos, pero esa, esa es otra historia.

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