Malayerba: seguro de vida

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Feb 162016
 

Había sido soldado y no cualquiera. Se fue de guardaespaldas de un narco porque le dejaba más dinero: le recomendaba rutas de seguridad, nunca manejaba la camioneta porque le decía que así no iba a poder custodiarlo ni accionar su arma si había algún ataque, y enseñó y ordenó a los otros escoltas cómo vigilar, dónde montar guardia y responder.

Era un hombre recio, fuerte, de estatura mediana, moreno, pelo y frases cortas. Mientras otros habían sido castigados o cesados por indisciplina o porque llamaban la atención al mostrar sus armas o participar en accidentes, él se había desempeñado como todo un profesional de los fusiles y la nueve milímetros, subordinación y discreción.

Pero ese día el jefe le llamó la atención inmerecidamente. Él no agachó la cabeza. Miró fijamente a ninguna parte y luego de los humores de su jefe, que subían y bajaban, que antes de gritar parecía un mar en calma, decidió renunciar. Le dijo que quería ver a su familia, tener otro ambiente, y que no le gustaba el trato que le daban.

Él jefe se sorprendió. Era su mejor guarura pero se mordió un güevo y le dijo por mí lárgate. Tampoco, jefe. No más me voy, y eso sí, le advierto: no me ande siguiendo a ver con quién me junto, a dónde voy. Yo sé que lo ha hecho con otros que se han salido. No lo haga, jefe. Porque si lo hace yo me voy a dar cuenta, y le voy a regresar a su gente en pedacitos. Usted sabe cómo soy. No voy a andar de mitotero o soplón con la policía o el ejército. No soy un traidor ni soy un perro, pero con todo respeto no me chingue y todos contentos.

El patrón se le quedó viendo. Le dijo que estaba bien y ordenó que le dieran dinero por el tiempo trabajado. Él tomó el sobro abultado y dijo adiós de lejos. Cuando uno de sus guardaespaldas volteó, el jefe le dijo no lo sigas.

Dos semanas después supieron que se había vuelto a acomodar. Trabajaba para una célula de la misma organización criminal, en una ciudad cercana. Era el comandante de un grupo de sicarios. Le ordenaron seguir a uno de la marina que iba de civil. Lo interceptaron y sometieron, pero cuando le ordenaron que abriera la cajuela del carro los sorprendió. Se armó la tracatera: su compañero herido y él muerto.

El cadáver quedó en la funeraria dos días. Su ex jefe se enteró y ordenó: gestionen lo del seguro de vida, hablen con la viuda y denle el dinero, y arreglen el entierro. La mujer se quedó con dos hijos pequeños. Todo corrió por cuenta de aquel que había sido su patrón y que no le guardaba rencor por haberlo dejado sin su custodia, sino que le tenía gratitud: no ordenó que lo siguieran, cuando renunció, aunque sí lo acompañó al panteón a besar con billetes y generosidad el frío mármol de su tumba.

Malyerba: las llaves

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Dic 212015
 

Javier Valdez/Río Doce.- Dejaron las llaves en el librero. No pensaron en nada, solo en entrelazar las piernas, expropiar espaldas y labios, y nadar en la oscuridad de ese cuartito de tres por cuatro, ubicado al fondo. Todo en silencio, sin quejidos ni alaridos ni palabras obscenas. Des pa ci o y alocadamente: a tientas, andando los caminos que conocían de memoria y que siempre eran nuevos. Así se reencontraban cada noche, como los recién casados que eran.

Vivían en la casa de la abuela, no podían más. Ahí compartían los espacios con dos primos. Ella era una profesionista, le iba bien como nutrióloga. No le pagaban lo que quería. Algo es algo, repetía, en cada quincena, cada bono de productividad y puntualidad, cada dinero extra cuando atendía pacientes por su cuenta.

Él a ratos en el subempleo y a ratos con trabajos que le dejaban más o menos llenos los bolsillos, esos que luego luego exprimía con tantos gastos. Ni queriendo, habían podido ahorrar para comprar una casa. Pero lograron, en un golpe de suerte y con chambas extraordinarias, juntar algo y comprarse un carro. Era un compacto chico, suficiente para dos que se amaban y a quienes no les importaba la vida precaria ni el sudor en la frente: piel roja, irritada, gotas de sangre en esos desvelos, tantos músculos erguidos y tensos, y ese sacrificio sin manecillas.

Dejaron las llaves en el librero, junto a la tele. Los primos a veces llegan tarde y en ocasiones borrachos, pero son tranquilos. Esa noche llegaron sigilosos, algo cuchichearon y salieron de ahí. Evitaron que las llaves chocaran entre sí y con el llavero grueso, para no hacer ruido.

A la mañana siguiente, el carrito estaba ahí. Ellos se disponían a salir cuando les cayeron dos patrullas de la policía. Lo subieron a él y le gritaban que ya sabían en qué andaba. Que andar de matón era malo, pero era peor ser secuestrador. Se lo llevaron y a los dos días lo presentaron en una conferencia de prensa. Líder de una banda de secuestradores es detenido por la policía. Hay otros dos, dijo el procurador. Están identificados. Dos primos.

Él no dijo nada frente a los periodistas. Los golpes, la electricidad en los güevos, la bolsa de plástico en la cabeza, le decían que no debía abrir la boca. Firmó algo que no leyó y que seguro eran puras mentiras. Gacho, flácido y con moretones escondidos. Desvelado y con ojeras como sábanas negras, recibió flachazos y potentes luces lanzados por las cámaras de televisión. Le preguntaron cosas que no respondió. Y salió de ahí jalado por esos polis de negro, capucha y casco.

A los días supo. Sus primos eran eso, secuestradores. Por miles de dólares habían liberado a ese niño. Lo bueno es que estaba vivo.

La casa de los mil venados: El país de las hojas secas

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Dic 172015
 

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Columna: Objetivo7/Cuauhtémoc Villegas Durán

Fue un día largo, desde temprano inició la tensión en la casa de clase media alta de la ciudad de México, en una de las mejores y más conocidas colonias de la ciudad de México.

Siempre recordaré la luz amarilla sobre el verde árbol que amarillaba cuando yo llegaba a las casa de mis amigas perredistas, luego de los largos trayectos y transbordos en metro, bajar en Cuatro Caminos rumbo a esa casa a cualquier hora del día o la noche.

Allí, en la intensidad de las reuniones con diputados y senadores del entonces buen PRD y extranjeros que, estudiosos del país y algunos reporteros y fotógrafos de Proceso, viví como nunca la política, entre la cocaína, el alcohol y la marihuana, vi desde de cerca, el momento de la revolución y la posterior represión del sistema que nos apuntaba desde sus helicópteros artillados cuando circulábamos junto a la casa del presidente.

Ese día le dimos un golpecillo a un carro que no pasó a mayores mientras circulábamos por el periférico, ese día cuando llegamos al Congreso de la Unión, la bandera estaba al revés y tomé la foto que nunca supe donde quedó en mi producción inmensa sin catalogar ni conservar. Fue como una premonición de lo que se venía encima y al país.Cientos de miles, tal vez, millones de fotos que he tomado.

Ya por la noche, frente El Caballito que veíamos desde las alturas del edificio del Senado de República nos enteramos del “choque” en la carretera de Chiapas de Avendaño, el ladino revolucionario y periodista, entonces candidato a la gubernatura de Chiapas por el Partido de la Revolución Democrática.

La sangre de mis amigas se les fue del alma: un tío había muerto y nada se podía hacer. Avisaron a los senadores del PRD y a La Jornada.

Salimos tristes mientras fumábamos marihuana en el carro sobre la avenida Insurgentes para entrar al cine frente al Ángel se la Independencia. Ese día, el neoliberalismo lo había destrozado todo. Iniciaba apenas el poder del Negro Zedillo: a sangre y fuego.

Malayerba: El encargo

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Dic 142015
 

Javier Valdez/Rió Doce.- Marido y mujer preparaban las cosas. Iban a la sierra, a casa de los padres de él. Habían crecido en esos pueblos de siembra de frijol y maíz para consumo familiar, y de mariguana y amapola para el mercado nacional y más allá. Y ahí, entre el caserío modesto, con antenas parabólicas y plantas de energía solar, los esperaban hermanos, padres y primos.

Vieja, prepara todo. Ya casi nos vamos. Era una pareja joven, chambeadora, que apenas habían terminado la escuela y se esmeraban en salir adelante. Ella lo adoraba. Se le notaba en la mirada: le encajaba los pétalos de las rosas no más de verlo y se le derretían los hombros para quedar a los pies de él. Pero él era más sobrio y callado. Le decía que la amaba cuando andaba pedo y entonces metía la lengua en esa boca de fresa carnosa y se desbarataba amándola.

Eran felices. Niños, todavía no. Planeaba en dos o tres años, mientras se dedicaban a saciar sus jugos y repartirlos en todos sus cuerpos, en la sala igual que en el lavadero y la cocina. Apúrate, vieja. Ahí está la yelera. Mete la carne para asar, las cebollas, esa salsita que tanto me gusta, tortillas no porque las de mi amá son las mejores. Ah, y no se te olvide el encargo de mi compadre. Tú sabes dónde guardarlo. Siombre, ya deja de preocuparte. Está todo casi listo.

Montaron la carcacha, una Chévrolet vieja y destartalada, que rugía como si siempre tuviera tos y flemas atoradas. Pero no se raja la cabrona, repetía él. Y reían. Iban subiendo los cerros, escoltados por los pinares, cuando se encontraron a un viejo conocido: sus huaraches lodosos lucían al lado de una camioneta nueva, de rines de lujo y llantas todavía limpias.

Qué pasó, güé. Nada, que no prende. Válgame, tan nuevecita y batallosa. Se asomó al tablero y vio que el encendido tenía un sensor que debía detectar la llave, y ésta debería estar cerca. La traía en el bolsillo, pero no sabía que así prendía. Él le enseñó. Aplastó el botón que decía engine y también el freno, y arrancó. Ni el polvo le vieron cuando se perdió en el camino, cuesta arriba. Atrasito de él, llegó un convoy de polis. Se detuvieron y les preguntaron por un hombre así, con una camioneta nueva. Recién robada. No lo vimos.

Uno de los agentes se bajó. Se asomó a la camioneta vieja y vio la yelera. La abrió y sin esculcar la cerró. Vámonos, gritó. Los agentes y su caravana siguieron de frente, y en un parpadeo se perdieron entre los vericuetos. Él tragó saliva y ella sonrió, pícara. De qué te ríes, dijo él. Nada. Oye, y el encargo de mi compadre. Preguntó. No te preocupes: ahí viene. Dónde. La mujer acercó la yelera y la abrió. Encima estaba la verdura, unos recipientes con salsas, y abajo la carne. Dentro de una bolsa de plástico. Y entre los filetes una Smith and Weson nuevecita.

Días de Gloria: la tropa pacheca

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Dic 102015
 

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A Gustavo, que se fue sin avisar.

Cuauhtémoc Villegas Durán/Días de Gloria.

Los jeeps del ejército en la época de paz, todavía en los tiempos del PRI, allá en los 80´s, llegaron a Huanusco, enclavado entre miles de cañones allí, en el cañón de Juchipila, en el gran estado de Zacatecas.

Los cañones de los rifles por su parte apuntaban al cielo. Algunos guachos era la primera vez que conocían esas tierras de Dios cuando circulaban por la carretera panamericana y de pronto, llegaron al palacio de gobierno el que tomaron como su base de operaciones el salón de usos múltiples aunque servia más que nada para los bailes donde se llenaba el piso todo de orines de tan chico, en una incongruencia de la funcionalidad del espacio arquitectónico y la corrupción del sistema.

Pidieron un guía para ir a destruir un plantío de marihuana en lo mas profundo de la sierra Madre Occidental, esa que ve azul desde Huanusco.

Bajaron y llegaron a la casa de enfrente del templo, la que servia para oír misa o disparar al cura en tiempos de la cristiada al mismo padre dando misa, lo que nunca sucedió pero pasó muchas veces por la cabeza de los agraristas. La casa de los líderes agraristas, la casa de mi abuela Sara, la casa donde noviaba Bonifacio Villegas. La casa sola, la casa triste hoy donde habitan ya solo todos esos muertos que hicieron la historia del pueblos y la región. Bonificio con su esposa y su hijo José Reyes y sus sueños de liberar aquellas tierras de la tiranía de los Díaz de León y sus cuatro haciendas dominándolo todo. La casa de Gustavo con sus noches de vida y sus días de descanso en una corta pero imcomparable fiesta. la casa de los espíritus de los cientos de venados desollados luego de largas cacerías nocturnas en camionetas o largas caminatas de día hasta encontrar el punto donde emboscar los animales. La casa odiada por los caciques Medina desde lo tiempos de Manuel Medina viudo de Prudenciana, primer cacique en el siglo XVIII de esta región indígena apenas domada a sangre y fuego. La casa de los amigos, la casa de las borracheras. La casa de paso rumbo al Volador a la cacería, a la pesca, la diversión, el amor. La casa donde los zapatistas se alojaron cuando hicieron un mitin con su pasamontañas. Esas caras que se se despojaron del pasamontañas ya durante la plática.

Allí estaban las armas más pesadas del pueblo y tocaron la puerta abierta buscando al joven ingeniero agrónomo aunque los recibió el jefe de armas, don Gregorio Ventura, quien tenía los rifles del ejército, creyó que habría una emergencia o desgracia. Allí tenía los los rifles 223 marcados y numerados con pintura verde del ejército, estaban allí, Gustavo vio el suyo, El Obispo cuando salió a recibir a los militares.

– Digame jefe.- Dijo Gustavo.

– Ocupamos que nos lleve a las tierras de fulano de tal.- Dijo el comandante de la operación, El capitán Salgado Salinas.

– Como no.- contestó Gustavo quien se subió a uno de los jeps.

Ya en la brecha sinuosa que se elevaba poco hacía al punto más alto del estado los militrares le dijeron al guía:

– Saque la miel amigo.

– Como no.- Contestó Gustavo, aliviado de no tener que esconderse de ellos para fumar. Ya conociéndolos sabía que podía ocurrir. Se pararon y forjaron cada quien su cigarro que se fumaron en el camino mientras observaban el verdor de los guaches, los mezquitez, lo nopales, los guizaches, los sembradíos de maíz con calabaza, los pitayos, los cintos de indio, los guayabales, los pastos en la hondonadas de los cañones y el pueblo que se perdía en el fondo donde ya sólo se veía el resplandor de los autos en la carretera, allá en el fondo del cañón de la carretera panamericana.

Ya marihuanos, llegaron al plantío y escogieron las mejores plantas, lo demás lo quemaron, mientras su boca se resecaba al punto de no poder despegarla y tener que tomar agua para hablar.

Ya de regreso en el salón de usos múltiples volvieron a llamar al guía: a quien recibieron amable y agradecidamente:

-Escoja su planta.

Gustavo escogió la más grande: aquella que tenía colas de 70 centímetros y que apenas podía empuñar en su mano que se llenaba de hachis y del olor dulzón de la “verde limón”: entonces ellos empacaron cada quien su planta en su mochila y procedieron a abandonar el pueblo.

El Principito, una historia “que nadie entiende” ya es película

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Nov 232015
 

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Al inicio de El Principito (The Little Prince/Francia/2015), desde lo más alto de su casa, un pequeño espacio para ver las estrellas, un anciano le envía a una niña un escrito en una hoja de papel en forma de avión, con la intención de hacerse su amigo y, molesta, ella cierra la ventana de su cuarto, pero él alcanza a gritarle que sólo es el principio de una historia que nadie entiende.

Parece ser que lo que el escritor del clásico libro, Antoine de Saint-Exupery, trató de decir desde 1943, cuando publicó su texto, Mark Osborne, director de esta adaptación cinematográfica, considera que es tan indescifrable para los espectadores, que tuvo que mezclarla con la vida de una niña a la que le (y nos) explica paso a paso la filosofía de El Principito, a ver sí así le (y nos) queda clara, cuando eso no es necesario.

Luego de que el aspa de un avión entra a la cocina de su casa dejando un enorme hueco, porque un aviador, su vecino de al lado, intenta echar a volar el aeroplano que tiene en su patio, una pequeña niña recibe de él un frasco lleno de centavos como pago del desperfecto, en el que encuentra unos objetos extraños.

La mamá, que trabaja todo el día, quiere lo mejor para su hija, y con tal de que la acepten en la mejor escuela, le programa actividades durante las vacaciones, con las que la niña estudia todo el día y no tiene tiempo para jugar, además porque no conoce a nadie en su nuevo vecindario, por lo que siempre está sola.

Un día entra por su ventana un avión de papel con el inicio de una historia ilustrada con los objetos del frasco. Aunque lo lee, no le parece y lo tira a la basura, porque fue su vecino quien la envía, pero después se interesa en ella y en saber más acerca del aviador.

La pequeña se olvida de sus deberes y pasa todo el día con su nuevo amigo, quien le cuenta sobre El Principito, ese niño que conoce en el desierto, donde su avión se descompone, y que le enseña muchas cosas de cómo vivir.

Los problemas empiezan cuando el anciano se enferma y la niña lleva a cabo un curioso plan para ayudarlo, y su mamá se da cuenta que no cumple con sus tareas.

Es interesante cómo, para referirse al presente, la cinta se realizó con una excelente animación, cuidando al máximo los detalles, de una semejanza con la realidad impresionante: desde cada uno de los objetos en el interior de las casas hasta el exterior de las viviendas, la ciudad, los autos, y para abordar lo relacionado con El Principito (el pasado del aviador), lo hace en stop motion.

Es destacable también el contraste de cómo viven los personajes: la niña, de manera monótona, limitada (su casa está en un fraccionamiento), cuadrada (como su vivienda), privilegiando las obligaciones; y la del aviador mucho más relajada y libre (lo que más quiere está en el patio), destacando las actividades que se hacen por placer (apreciar las estrellas).

Aunque la cinta es buena, El Principito no necesita de nada más para ser una historia atractiva para niños y adultos, de ahí que todo lo referente a la niña y al aviador en su vejez no tiene razón de ser, menos si la intención es explicar la obra de Saint-Exupery. Vaya a verla… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

Malayerba: Trescientos

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May 042015
 

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Joel agarró el erre y le jaló. Su amigo ya lo había hecho y le dijo nombre bato, se siente machín. Pisteaban y se enfermaban con esos corridos de los jefes, la malandrinada, los morros aventados y los cuernos de chivo. Así andaban, en esa densidad de la música y el dedo en el gatillo, cuando entraron seis encapuchados.

Iban encuernados. Les pusieron una chinga que los dejó tirados y entraron a la casa, buscando algo. Y las armas, preguntó el que parecía el jefe. Las armas, cabrón. Dime dónde están las pinches armas. El amigo de Joel respondió que no tenía más que esa y un par de cargadores. Se querían llevar a su mamá y luego a un hermanito pero al final desistieron. Solo se los llevaron a ellos.

Les cubrieron la cara con sus camisetas y los acostaron boca abajo. Los tenis squerchs del matón le pisaban la espalda. Órale puto, no mires. Veinte minutos. Los bajaron en una casa grande, de patio inmenso. Los grillos silenciaron. Los sentaron en sillas de madera. Para quién trabajan, dónde están las armas. Trajeron un machete de metro y medio y les pegaban con la hoja ladeada: en la espalda, el pecho y el abdomen. Joel decía yo no sé nada, solo soy taxista. El otro contestó que el erre se lo dieron para que lo guardara. Y de ahí no se movió.

Puñetazos en panza y cara. Navajazos en el pecho. Chicharra en las bolas. Quién, dónde, para qué. No sé, patrón. Yo no sé nada. El otro, cansado y con la sangre invadiendo sus prendas, les dijo mátame de una vez. Te la das de muy cabrón, de muy güevudo. Envolvieron su cabeza en una bolsa y se la quitaban cuando se decoloraba.

De nuevo al carro y de ahí a otra casa, en la ciudad. Los mantuvieron esposados, les dieron agua. Esperaban órdenes. Sonó el cel. Sí patrón, sí jefe. Así será. Los sacaron y otra vez al carro. Los vamos a soltar, morros. Los bajaron en un paraje y los tiraron boca abajo. Manos y pies atados, ojos vendados. Apenas besaban la yerba cuando Joel escuchó disparos. Alcanzó a sentir cómo lo mojaba la sangre que emanaba de la cabeza de su amigo.

Le hervían los brazos, el pecho. Brincaba el tórax. Ya vámonos, gritó uno. Oyó el sonido del motor. Estoy muriendo, se preguntó. Aguantó unos minutos, por si regresaban. Se hincó no supo cómo. Brincó, dio pasitos, hasta alcanzar unas ramas para tallar y cortar la cinta que ataba sus manos, sus pies. Se arrastró. Vio casas lujosas y no quiso ni que lo vieran. Luego una casa de lámina. Alcanzó a pronunciar agua. Pidió una ambulancia.

La ambulancia lo recogió. Seis disparos: brazos, pecho y en el costado izquierdo. Fracturas, heridas, cortadas. Perdió mucha sangre: está casi muerto, dijo alguien de urgencias. Solo traía trescientos: trescientos mililitros de sangre, de los cinco litros que necesitaba su cuerpo.

La leyenda del coyote

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May 042015
 

coyote
Leonidas Alfaro

En San José del Cabo el 15 de septiembre de 2014, desde lo alto de una loma, don Belén y su nieto Juanito miraban el desastre ocasionado por el huracán Odile.

—Abuelo, ¿por qué Odile nos hizo esto?

El viejo volteó a ver al niño, la pregunta lo sorprendió. Cómo es que este niño da al fenómeno calidad de personaje, se preguntó mientras hurgaba para encontrar una respuesta.

—Verás hijo. Para que me entiendas, te contaré la leyenda del coyote.

—¡Cuéntala abuelo! Tú sabes que me gustan mucho los cuentos y leyendas.

—Debes saber que el coyote llegó al mundo un poco antes que el hombre. Hace aproximadamente quince mil años, ambos llegaron aquí, a la Baja California Sur. Cuentan que un día el coyote se enamoró de una bella muchachita, pero no se lo quiso decir por temor a que ella se asustara. Pasaban los días y el animal no estaba tranquilo, pensaba y pensaba en cómo hacer para que la jovencita supiera de su amor. Una noche de luna llena el coyote subió a una montaña muy alta, y empezó a aullar; intentando llamar la atención de la Luna producía aullidos fuertes y largos. A medida que transcurrían las horas el aullido se fue haciendo lánguido, triste; por fin, en horas de la madrugada el astro se apiadó. Con voz serena le dijo: coyote amigo. ¿Qué te sucede?

—Oh, amiga Luna. Gracias por escucharme. Es que estoy enamorado de una bella jovencita, y no sé cómo hacer para que ella lo sepa.

—Creo hermano coyote, que andas errado, estás confundido; eso no está bien. La naturaleza tiene sus leyes bien definidas y nadie debe violarlas. Y por si no lo sabes, te expones a serios problemas. Son tan fuertes los castigos que nos puede imponer la madre naturaleza, que te pueden costar serios sufrimientos y hasta la vida.

—Pero es que yo, amiga Luna, yo…

—No hay pero que valga, amigo coyote. Para que te explique mejor, le diré a Orión, el vigilante de los espacios siderales, que se haga presente y te lo explique. Buenas noches amigo coyote.

La Luna se escondió detrás de una nube negra y el coyote se quedó molesto, pero también triste. Ya había decido retirarse de aquella montaña, cuando escuchó una voz grave: Coyote, no te vayas. Volteó hacia arriba y en algo que parecía una roca gigante suspendida en el cielo, ubicó la voz. Soy Orión.

—Tanto gusto Orión. ¿Me ayudarás en cómo enamorar a la hermosa jovencita?

—No, coyote amigo. Te explicaré para que comprendas cómo eso no puede ser. Escucha con atención. Hace muchos miles de millones de años, se produjo en el universo una gran explosión, que ahora los humanos han dado en llamar como el Big Bang. De ese gran fenómeno se desprendieron los millones de soles, planetas y satélites que existen en incontables galaxias, de ahí proviene el planeta Tierra; tu planeta. La madre naturaleza nació allí, prodigando condiciones maravillosas para que surgiera la vida.

—¿Y cómo fue eso? —preguntó el coyote con sumo interés. ¿Me lo puedes explicar, amigo Orión?

—Lo haré lo más sencillo posible; escucha: Después de aquella gran explosión que dio forma al universo, tuvieron que pasar miles de años para que la tierra se enfriara; en ese proceso hubo repetidos movimientos internos que dieron paso a los volcanes que provocaron terremotos y movimientos grandes de tierra, nacieron las montañas, los montes, los ríos y los mares, de tal manera que eso dio formación a los continentes, y luego vino la vida animal; primero los dinosaurios; éstos desaparecieron y después llegaron los animales mamíferos: chimpancés, orangutanes y monos, de los últimos descendió el homo sapiens. El hombre. También nacieron las demás especies: tigres, leones, burros, caballos, cebras, conejos, liebres, chivos, tú y miles más. La vegetación marina y su fauna: ballenas, tiburones, peces, moluscos. Por cierto, la península de la Baja California Sur, donde tú vives, es un territorio que se desprendió del macizo continental, formando de paso el Golfo de California, el más grande acuario con la máxima variedad de especies marinas que existen allí, en tu planeta Tierra.

“He puesto especial atención a ese tu territorio, y me he dado cuenta que los aborígenes de ese lugar durante mucho tiempo fueron personas que siempre cuidaron de su naturaleza, pero por desgracia han sido invadidos por seres de otros lugares y países extraños, y desde hace apenas 500 años han venido destruyendo en forma indiscriminada lo que con tanto amor les dio la madre naturaleza; no tienen consideración para su propio hábitat; cegados por la ambición explotan montañas, desierto y mar a los que les están ocasionando un deterioro irreversible que en pocos años convertirán a la Baja California en un páramo.

“Por eso he decidido castigarlos; Odile, uno de mis soldados se ha encargado de darles una lección con ligeras manifestaciones, pero si insisten en no respetar a la madre naturaleza, no pasará mucho tiempo en que utilice fuerzas más poderosas como los tsunamis y terremotos; tengo en acecho a la falla de San Andrés.

“Lo mismo sucederá contigo si persistes en violar las leyes, te puedo mandar un castigo fatal. Debes tomar en cuenta que tú perteneces al reino animal, la bella jovencita también, pero lo que los separa es que ella es racional, posee un sensible razonamiento humano ¿comprendes?

El coyote apenado agachó la cabeza, echó a caminar con paso lento, triste. De pronto se encontró con una loba, pero ella se asustó.

—¡Espera! Hermosa loba, no corras.

La loba, se detuvo y volteó, se olisquearon y siguieron el camino. El coyote miró en los ojos azules de la loba el mismo destello que había visto en los ojos de la joven del sueño imposible; eso le dio alivio y aceptó que la madre naturaleza lo había compensado. Vamos querida loba, vigilemos que el humano, con su extraño razonamiento, no acabe con nuestro hábitat.

—¿Qué te pareció la historia Juanito?

—Me parece que debemos aceptar la invitación para cuidar de nuestro planeta Tierra, de lo contrario, podemos recibir muy serios castigos; la madre naturaleza no perdona.

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Malayerba: la cucaracha

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Mar 232015
 

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Estaban bien borrachos. Y drogados. Se veían ahí, en la sala de esa casa monumental: cuatro recámaras de viviendas de interés social, de las llamadas pichoneras, podían caber ahí, en ese mausoleo de mármol y sillones esponjosos, de pulcritud rampante y derroche de mal gusto.

Ya llevaban varias charolas, cada una con veinticuatro botes de Tecate roja. La otra, la laic, es para los putos. Y nosotros, aseguraban, somos hombres muy hombres. Y sonaban los estornudos al abrir cada uno de los botes. Y lloraba el recipiente por la oquedad. Y sudaba y sudaba el aluminio en espera de un trago más.

Un estirón leve y a empinar. Pero las armas no. Esas no se sueltan. Se sostienen, se soban y seducen. Se enamoran: ahí, pegada al cinto y al pantalón: con el cañón en tregua, el escupitajo de fuego y plomo en descanso y el tiro en la recámara superior. Clic. El seguro puesto y dispuesto, activado y desactivado. Clic. Clic.

Las cachas son para sobarse. Hay que mantener tibia la mano y los asideros. La palma de la mano jala a la cacha. La cacha voltea y mira a quien la posee. Aquí estoy, sírvete. Dispón de mí, parece decirle la cuarenta y cinco a esa mano de hombre, llena de pelos y arrugas. La nueve milímetros no se queda atrás. Está en la parte trasera del pantalón. Se asoma y baila. Agárrame, parece gritar. Tómame, soy tuya.

Borrachera industrial. Cocaína recién salidita del corte. Y esos cinco ondeados de metales y proyectiles, osadías y ambarina, y polvo de doña Blanca, de la mejor calidad. Ellos los jefes, los cabrones. Tecate y Colt cerquita. Chalino estaba cansado y le dio paso a Julión y éste a Los canelos de Durango.

Aspiradoras en lugar de fosas nasales. Hondos pasones. Oscuras fauces ya sin vello. Quijadas trabadas, frases trastabilladas. En eso estaban, cuando a uno se le subió una cucaracha en la pierna. Grande, alada y de antenas temblorosas. Parecía olisquear. Avanzaba y retrocedía, a lo largo de la pierna, y luego se asomaba a las pantorrillas. El hombre quedó perplejo. La miró con repulsión y levantó las manos reprimiendo el ay.

Inmediatamente uno de ellos sacó la nueve milímetros que traía fajada. Apuntó hacia la cucaracha, a escaso medio metro. Miró a todos y preguntó, muy serio. La mató o no la mato. Y el insecto nervioso, con movimientos rápidos. Envalentonado. Él incorporó la otra mano y cortó cartucho. E insistió: la mató o no la mato.

El de la pierna también tembló. Los otros miraban, espantados. Luego decidió. La voy a matar, háganse a un lado. Pero la cucaracha seguía en la pierna y el dueño de ésta le pidió con voz de urgencia, gruesa, que no. No, no, no. Por favor, no. Ah bueno. No más porque tú me lo pides. Regresó el arma e invitó a brindar.

Malayerba: El más buscado

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Mar 162015
 

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Eran cuatro hermanos, mocosos y descalzos. Tan pobres que pasaban días comiendo solo mangos. Cuando mejor les iba desayunaban sopitas con huevo, porque se robaban los blanquillos del gallinero del rancho contiguo. Uno de ellos decidió cruzar la frontera y probar suerte con los gringos. Llegó como pudo y se quedó.

Cuando los sinaloenses que estaban allá se dieron cuenta que era de fiar, lo empezaron a enrolar en el negocio: traslado y venta de armas de fuego. Compraban allá cajas y más cajas, y las pasaban a este lado de la frontera y a buen precio. Un día le regalaron una bonita, bien nutrida y pesada. Con esa podía traspasar el blindaje de los carros.

Le fue tan bien que decidió llevarse a sus otros hermanos y darles trabajo. Ya era jefecito de ese clan de sinaloenses que surtían a los narcos de este lado del río Bravo y no podía dejarlos abajo, en esa pobreza que insistía en arroparlos para que siguieran muriendo de hambre y frío. Vámonos, allá tienen chamba cabrones. Solo dos aceptaron. Al que se quedó le dio algo de dinero para que pusiera una tienda y de ahí empezara a hacerse de un patrimonio.

Llevaban y traían. Lo que fueron primero cinco, seis cajas, luego fueron decenas. Cartuchos y armas de diferente calibre: de lujo, de gran alcance, grandes y chicas, fálicas y ruidosas, de esas que guiñan con cada crac y clic que producen al mover los aditamentos y chocar unas con otras y meter y sacar cargadores. Hasta el olor a nuevo y a fierro y a pólvora virginal los atrapaba y hacía sentir fuertes y poderosos. Y suspiraban.

En una de esas operaciones los atoraron los policías gringos. No podían esperar a que los esculcaran, así que empezaron los disparos. Ellos lograron huir pero uno de los agentes fue mortalmente herido. A los días apareció en los diarios Recompensa por asesinos de un oficial de migración. Daban detalles del tiroteo y presumían que se trataba de narcos mexicanos que operaban desde el lado mexicano.

Los jóvenes se regresaron al pueblo, a esconderse. Nada más seguro que esa fortaleza, ese blindaje amurallado de pinos y otros árboles gigantes. Pensaron que nunca los encontrarían, pero a los meses llegaron policías estatales y de la municipal. Agarraron a uno, el que había iniciado en el negocio a los otros dos, y se lo llevaron. Entre los agentes venían varios gringos. Dicen que eran del efebei, los ais y la dea. Eran más altos, iban encapuchados y no hablaban.

El hermano menor, que era más calmado, se sentó del otro lado del mostrador de la tienda y revisó en internet. Encontró que el gobierno gringo festejaba la aprehensión de un capo y que por él ofrecían una recompensa de un millón de dólares. Asesino, traficante y peligro: era su hermano.

Inicia congreso de libreros en Hidalgo

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Mar 122015
 

Web
Este jueves se inaugurará en las instalaciones de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), el Congreso de Libreros Mexicanos, COLIME 2015, en el cual participarán representantes de las principales empresas editoriales del país, integrantes de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM); así como el respaldo de algunas de las más importantes ferias del libro mexicanas, como la FUL y la FIL, quienes abordarán un tema que les concierne: la comercialización del libro como eje principal.

El Congreso de Libreros Mexicanos creado con la intención de reunir a toda la cadena del libro, con una visión humana y los principios éticos en el pensamiento del librero, tendrá como sede las instalaciones de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH).

Durante la inauguración estarán presentes el Rector de la UAEH, Humberto Veras Godoy; así como los presidentes del Patronato de la UAEH, Gerardo Sosa Castelán; de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), José Ignacio Echeverría; de la Feria Universitaria del Libro (FUL), Marco Antonio Alfaro Morales; del COLIME, Arturo Ahmed Romero; el director académico del COLIME, Carlos Anaya Rosique y el director general de Editorial Trillas, Fernando Trillas Salazar.

En el marco del COLIME 2015 se entregará el décimosexto Premio Nacional del Mérito Librero Francisco Trillas Mercader y los premios al vendedor creativo del año, en las categorías: Institución dedicada al fomento del libro y la lectura; empresario emprendedor; vendedor de librería; gerencia general; dirección comercial y dirección general.

Este año el Congreso de Libreros Mexicanos buscará despertar la creatividad y propiciar un mejor desarrollo de las librerías, presentando interesantes ponencias respecto a la comercialización de los libros y el acercamiento con los clientes; además de una serie de talleres con el objeto de analizar las particularidades de la industria editorial y de las librerías.

Entre los ponentes que intervendrán en el Colime 2015, destacan el presidente de la CANIEM, José Ignacio Echeverría Ortega; el conferencista mexicano Omar Villalobos; Carlos Anaya Rosique; Luis Castañeda; la directora comercial de Grupo Editorial Diamante, Marlyn Ríos Jiménez; el escritor y periodista Ricardo Cayuela Gally; la presidenta del Comité de Libros Infantiles y Juveniles de la CANIEM, Ixchel Delgado Jordá; la multigalardonada Sonia Verjovsky Paul; así como las escritoras Irene Selser y Verónica Murguía.

Dentro de las actividades, a los libreros mexicanos se les darán a conocer los pormenores de la FIL de Guadalajara y la Feria Universitaria del Libro (FUL) que organiza la anfitriona UAEH y su patronato del 21 al 30 de agosto de este año.

Malayerba: Guitarra armada

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Mar 022015
 

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Río Doce.- Sobando el diapasón y mirando sin mirar la letra de ese corrido, se acordó de todo: se le vino encima una marabunta de recuerdos que él había procurado guardar en el cajón del olvido de esa memoria selectiva, que había activado como ritual de sobrevivencia. No sucedió. No fue. No fui yo. Eso no pasó.

Entonces los dedos se entumecieron y abandonaron las pisadas entre los trastes de la guitarra. Las cuerdas le parecieron más gruesas. Le dolió la madera, las bordes de acero que dividían el diapasón, las cuerdas delgadas y también las gruesas. Sus manos engarruñadas. Sus recuerdos ahí, como siluetas de espanto de una película de terror en la que él era el protagonista y muchos, otros muchos, las víctimas.

Se vio ahí. El dedo índice flexionado. Su rostro de papiro viejo. Los ojos inyectados de color semáforo. El alma pesada y asintomática y afebril: alma vieja y dura y arrugada y enferma. Su pose de dios apuntando con el dedo. Sentenciando. Vas a morir. Y el hombre ahí, tirado en el suelo. No me mates, por favor. Tengo hijos. Por tu mamacita, no me mates.

Pum.

Siempre el llanto. Las referencias a las madres de ellos y de él. La imploración. El ofrecimiento del doble o triple o todo el dinero del mundo. La promesa de que no lo volverán a hacer. La apuesta al olvido. A que se van a ir y que no le van a contar a nadie y que viajarán lejos para que nadie sepa y nunca los encuentren. Con tal de que los dejen ir. Pero las lágrimas no se acaban y alguien tiene que cerrar esa fuga: él. Y siempre, inexorablemente, apretó el gatillo para secar ese río salado.

Trabajaba para una célula del narco. Sus jefes le llamaban y le decían ai te van los datos, güey. Mátalo. Luego alguien le llevaba un sobre con una foto y un papel con datos. Él buscaba, vigilante. Seguía y perseguía rutinas. Trayectos, hábitos, guaridas. Y cuando llegaba el momento los trozaba. Siempre al pecho, siempre a la cabeza. Hay que asegurar el éxito de la operación. Ya quedó el jale, jefe.

Cuando lo detuvieron fue un milagro. Era eso o el panteón. Le dieron quince años y dijo hasta aquí. En la cárcel aprendió a tocar la guitarra y a cantar corridos. También una que otra rola campirana, de las viejitas, de amores y hasta chuscas. Desde Eufemia hasta Cuatro de a caballo. Salió del penal luego de que esa marabunta de recuerdos lo visitara constantemente. Sus demonios seguían sueltos. También su miedo. Si no me matan los jefes, lo harán los enemigos.

Pisó la calle y de ahí se subió rápido al ferry. Se bajó en un puerto cercano, sin chamba ni dinero, pero con guitarra. Encontró sayo en una cantina. Guitarra y acordeón. En un bar, frente a unos dipsómanos, contó sus penas de sangre y el alma se le aligeró. Cuál quiere que toquemos, patrón. Pistoleros famosos, le respondió.

Días de sangre: Vocero de la policía

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Feb 272015
 

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Era el chiqueado del director del gran diario de la ciudad. Era grillo y llegaba a uno de los hombres más poderosos de Jalisco, sobrino del gobernador y primo de los Leaño los Estudiantes Tecos, era amigo del director del diario más importante del estado. Era pues, lo máximo. Tenía un futuro esperanzador.

Pasaba orgulloso entre los que esperaban sentados al director del periódico en el colosal edificio en el centro de la ciudad. Pasaba, entre los periódicos nacionales e internacionales de que disponía el director. Entre ellos El Monitor de la Ciencia Cristiana en su edición en inglés, diarios del mundo con toda la tecnología de punta, como lo mejores diarios del país y de mundo La Jornada, El New York Times y de esos…

Sólo Kal Muller de National Geographic tenía tanto peso ante el director.

Le fallaron los cálculos: terminó en la calle, despedido. Peor aún, ese peso y su grilla lograron ubicarlo como jefe de Prensa de la policía intermunicipal de Guadalajara, Tlaquepaque, Tonalá y Zapopan.

Pero nunca pasó de su casa en el oriente de la ciudad allá por los burdeles y las calles olvidadas de la policía, calles de drogadictos, viciosos, ladrones y prostitutas, donde veía como a pesar de su buena fortuna, su hijo se perdía cada vez más en el vicio: y peor aún, siguió los pasos del dinero fácil.

Un día llegó a una Farmacia Guadalajara en su camioneta hermosa y reluciente de cuatro plazas, de sólo cuatro cilindros y gris, como de persona “rica”. Se bajó y entró a la farmacia, pidió una cámara fotográfica. Recordó los tiempos de fotógrafo del periódico, los días de gloria: prestamos, chayotes, publicidades, dinero por las fotos de sociales los días viernes, sábados y domingos, en fin, el dinero y la gloria.

Luego perdió la templanza que tuvo cundo firmó para comprar la camioneta reluciente. Dudó. Dudó y cayó. La cajera entendió que portaba una tarjeta de crédito robada, que no era suya: pasó a ser sólo un personaje más de la barandilla donde un día tomó las fotos y las envió a las redacciones de diarios y revistas cuando no había internet ni mails, cuando los boletines se enviaban a diario en paquetes y en vehículos.

Salió en los diarios. Sus compañeros y conocidos lo reconocieron, no era más un periodista, hoy, sólo era otro delincuente mas en Puente Grande…

Malayerba: los dos muertos

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Feb 252015
 

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Hay dos muertos, avisaron. Los levantaron en la colonia y se los llevaron al monte. Allá aparecieron, lejos de las milpas y el canal de riego, boca abajo y muy cerca uno de otro. Dicen que es Alberto y su hijo. Que encontraron dos identificaciones y que viven aquí, en la Hidalgo. Así lo dicen los domicilios escritos en las credenciales.

Por eso le dijeron a Paco. Paco, paco. Te tengo una mala noticia: parece que mataron a Alberto. Y eso no es todo. También a su hijo. Cuentan que los levantaron. Que iban a la parcela y los agarró un grupo armado. Ahí, cerca de su casa. Pero no lo tengo confirmado. Lo que pasa es que las direcciones coinciden y me acuerdo que Alberto siempre iba con su hijo pa todos lados. Tengo miedo que sean ellos.

Fue la llamada que recibió Paco. Atónito y choqueado. Paco solo alcanzó a decir no puede ser. La persona que le había llamado era conocido de él pero más amigo de Alberto. Dijo que haría unas llamadas, pero discretamente. No quiero que esto se convierta en un mitote y que la gente se espante y la noticia llegue a sus familiares sin estar plenamente confirmada.

Hizo una llamada. Domingo, en la mañana. Sonó siete veces el timbre del teléfono y nadie contestó. Han de estar dormidos. Se le hizo raro. Alimentó su espanto. Se le ocurrió que podía llamar a alguien más, también de confianza. Y lo hizo. Entró directo al buzón. Sintió que se le derritieron los músculos de las piernas y buscó dónde sentarse. Su preocupación aumentó.

Qué hago. No les contó a su esposa por la misma razón: que no se espante ni se le suba la azúcar ni empiece de nuevo a fumar. Pensó en ella y luego en Alberto y todos los amigos. Las borracheras en ese bar de buena muerte y mala vida, emanando de esos sobados diapasones y la embocadura del sax barítono. Jazz, boleritos, cumbias sabrosas. Y Alberto gritón, centellante, amigable y siempre tibio: toda una placenta para refugiarse. Además, alto y generoso y honesto y bueno para engullir los yoni guolquer etiqueta negra.

Ay no. Y aparecieron los nublados en sus oquedades, bajo la frente. No puede ser. Llamó de nuevo luego de pensarla cinco veces. Sonó y sonó. A la cuarta le contestó el Cuate. Oye Cuate, disculpa que te moleste en domingo y tan temprano. Paco ceremonioso y temblando, tratando de posponer la pregunta inevitable. Fíjate que me dijeron que… qué sabes de Alberto. Nada, qué voy a saber. Aquí anda el güey, me despertó para ir a la birria.

Paco recuperó aire y colores. Uff, qué bueno. Ya me había espantado. Al día siguiente fue a la tienda de la esquina. Cerrada. Dos días después volvió. La señora que durante años ha estado ahí, atendiendo, vestía de negro. Llorosa. Qué pasó doña Chelo. Ay Paco. Cómo se lo digo. Estoy triste: me mataron a mi hijo y a mi nieto.

Malayerba: la oreja

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Feb 092015
 

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El junior, le decían. Había crecido entre las manos encalladas de su padre y la vida campirana. Esa tarde se llevó a una muchacha de la que estaba enamorado y su papá le preguntó cómo le iba a hacer. Voy a ponerme a terminar la carrera, apá. Él se sintió feliz: la familia y la joven los esperarían allá, en la sierra, mientras él concluía sus estudios de ingeniería.

Le pidió a su papá la camioneta para moverse en la ciudad y cada que podía, cuando pasaban dos o tres semanas, regresaba a visitar a su familia y a esa morra amada. Una de esas que regresó le dijo a su papá que estaba hasta la madre que los policías lo molestaran. La camioneta no es de aquí, le decían. Le daban a entender que era robada, que andaba de malandrín. A cada rato lo perseguían y atoraban. Se la querían quitar. El padre se quedó pensativo. Se acordó cuando había sido poli de la municipal: pura gente mala conoció.

Ese fin de semana fue más corto y quedó en un amplio rincón de la memoria de esos tres que se quedaron esperándolo en la serranía. La madre lo vio partir y le dio la bendición. La esposa le dio un beso en la boca y el padre lo abrazó. Sombras gordas parecían rondar aquella silueta mientras serpenteaba los caminos de regreso. En lugar de los pinares, aparecían matas con espinas estorbando en esos senderos.

Allá conoció a una morra que lo correteó hasta conquistarlo. Él dejó de ir un mes a ver a sus padres porque terminaba atisbando las cuevas y montes y montañas de esa mujer. Ella le echaba el ojo a su camioneta. La quería para sí, más que al junior. Él le dijo que se iba a regresar a la sierra cuando terminara la escuela. Ella le respondió tú no te vas. Se puso celosa. La ambición plantó un destello en sus ojos. Signo de pesos.

El junior dejó de ir a la escuela. A sus progenitores y a la esposa que tenía en la casa materna les extrañó. El padre bajó a buscarlo a la ciudad. En la escuela le respondieron que hacía varios días que no acudía. En el lugar donde vivía le informaron que tenía una novia, que se empedaba con ella y que había noches en que no regresaba. Buscó en la policía, la Cruz Roja, los hospitales. Y temeroso de recibir malas noticias, las funerarias. No dio con él y se regresó: la lluvia de agosto asomó en sus oquedades y besó sus mejillas.

Aquella mujer ahora pisteaba con sus amigos y cómplices. Traía la camioneta negra que tanto le gustaba y en esas borracheras soltaba la lengua y se le aflojaba la ropa. Terminaba con uno y luego con otro y otro. En sus confesiones de borrachera y bacanal, ya sin poder sostenerse de pie, decía que ella había sido. Que los matones le llevaron la oreja no más para confirmar que el jale estaba hecho. Y les enseñaba las llaves de la Silverado: y todo en ella tintineaba.

Malayerba: Disneylandia

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Feb 032015
 

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Río Doce.- La cárcel: un hotel, un prostíbulo, una narcotiendita, un motel, un espá, una oficina, un refugio para pasar los días de la semana con excepción de sábado y domingo. Eso era para él el penal al que lo habían mandado, acusado de narcotraficante, delincuencia organizada, posesión de armas de uso exclusivo del ejército y posesión de droga.

Cada viernes, o a más tardar el sábado muy temprano, salía de ese centro penitenciario. Los custodios iban por él a su celda. Acudían en su búsqueda como quien se apronta para encontrar un amigo e ir a dar la vuelta. Llegaban y lo saludaban con afecto, sin dejar de lado el respeto. Jefe, a sus órdenes. Casi se le cuadraban. Él respondía también con afecto, pero no hacía más ceremonias.

Lo esperaban afuera. Él salía como si anduviera solo. Ellos tras él, escoltándolo. Mientras caminaban, le sacaban plática. Eventualmente volteaba, sonreía, respondía, hacía algún ademán, sin detenerse. Y de nuevo de frente. Trescientos pasos por ese sendero pavimentado, al fondo las empolvadas canchas de basquetbol y del otro lado los talleres de mecánica automotriz y carpintería.

Llegaban al punto de revisión. Pasaba como el agua: adelante jefe. Hasta ahí lo acompañaban esos celadores, que eran relevados por otro par. Unos cuantos metros más y llegaban al pórtico. Que le vaya bien, lo despedía más de uno. Él sonreía, levantaba la mano y respondía con gratitud. Esos mismos uniformados lo subían a un vehículo particular y lo sentaban en el asiento de atrás. A dónde siempre, jefe. Sí, por favor.

Llegaban a una casa de buen nivel. Grande, espaciosa, con cochera para tres carros y un jardín que ya lo quisiera cualquier escuela primaria del gobierno. Estaba dentro de una privada. Era la señora de la casa, la que limpiaba y le hacía comida, quien lo recibía. Patrón, pásele a lo barrido. Él preguntaba si había novedades. Volteaba a ver a los agentes, que permanecían en la puerta. Gustan. Siempre se negaban. Era la hora de separarse. Hasta el lunes, entonces.

Cada fin de semana lo mismo. Viernes o sábado temprano. La rutina que antes era refrescante y liberadora, se hizo cansada, aburrida. Mta madre, llegó a pronunciar. El gozo de ejercer esa libertad de dos días lo estaba oxidando por dentro: atrofiados los músculos de la felicidad. Endorfinas de güeva. Esa mañana lo llevaron y se despidieron como si nada. El lunes volverían pero él le pidió a su empleada que les dijera que se había ido. A dónde. Lejos.

Llegaron los custodios y tocaron el timbre. Un ding dong se escuchó y a lo lejos unos pasos que se acercaban. Hola buen día. El señor no está. Ellos estupefactos. Se vieron uno al otro. Y a dónde se fue. Me dijo que les dijera que lejos. Sí pero a dónde. A Disneylandia. Ah y dijo que no lo esperen.

Malayerba: Trasvesti

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Ene 262015
 

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Era muy loco. Loco, loco, loco. Agarraba la avioneta para buscar chamanes en Oaxaca o en cualquier serranía. Dieron con la máxima, la gurú de los hongos alucinógenos, y les dio una buena dotación para esos viajes sin motor ni alas ni paracaídas de emergencia: el mismo paracaídas que no le había funcionado a él, después de andar por la cúspide del negocio de las drogas y caer estrepitosamente hasta su nadir.

Y le gustaban los hombres. Narco joven y bien parecido, desmadroso y ocurrente y travestido cuando le entraba a todo. Empezaba con el ron y el güisqui. Luego le daba al tequila y la mota. Lo que seguía eran las hipodérmicas donde fuera: entre los dedos, en la panza o en aquellos senderos venosos, negros e incendiados. Napalm en las arterias. Salta morena, gritaba. Salta. Mientras le daba fuertes y sonoras palmadas a la rosa extremidad.

Andaba en la farándula. Se toqueteaba igual con los guitarristas de los mejores escenarios internacionales, que con los actores de las telenovelas de éxito. El dinero entraba y salía como la comida y bebidas que engullía y los gases expedidos tan voluntaria como involuntariamente.

Subía y bajaba en los negocios, como en los aeroplanos. Tenía momentos de escandalosa riqueza y otros en que de plano apenas le alcanzaba para echarle gasolina a sus Cadilac. Pero cuando le iba bien nomás se enfiestaba durante días y semanas. Y sus allegados, aprontados y amigos lo sabían porque luego luego les anunciaba: vamos haciendo una fiesta. Una fiesta que dure un chingo. Un mes.

Esa noche cayeron muchos a la mansión a ratos destartalada, y a ratos reluciente y lujosa. Hombres de todo tipo, mujeres de pasarela y vagas. Aves nocturnas. Animales del drenaje oscuro y de luz lunar. Insectos bípedos y envenenados, enervados de tantos tóxicos y líquidos y pastillas y humos y viscosidades. Él vestido de mujer. Pocos sabían. Dos hombres lo atoraron en el baño: le dieron una cachetada y le preguntaron por él. No sabían que estaba escondido bajo ese maquillaje, esas prendas, esa falsa voluptuosidad. Sacaron una pistola y le apretaban el cachete con el cañón. Dónde está este cabrón, habla pendeja.

Trajeron a otro que era su amigo. Si no hablas te mato. No habló y lo degollaron. Lo vio morir y en un descuido de sus captores salió corriendo, tropezándose consigo mismo. A partir de ahí decidió dejar la droga pero no el travestismo. Entró a un centro de rehabilitación. Ya no lo vuelvo a hacer, loco. Ya no. Se le subieron los colores y su rostro no requirió cosmético Chanel.

Ayer salió de rehabilitación y volvió a inyectarse. Se puso un pedón con un veinticuatro de maiquelob. Ya dijo que mañana intentará de nuevo dejar las drogas. O tal vez pasado mañana. O la siguiente semana.

Malayerba: Que alguien me ayude

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Ene 122015
 

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Estudiante y muy servicial. Primero en la clase y en su casa. Había conservado un excelente promedio a golpes de un esfuerzo descomunal que incluía desvelos, lejanía de relaciones depredadoras y una vida de encierro. Hasta que quiso volar, divertirse, olisquear la noche y sus venturosas rúas. Hasta que ese celular no volvió a funcionar.

Su madre atendía un puesto de comida. Él se metía detrás del mostrador y se distinguía por su eficiencia y calidez en la atención a los clientes. Veloz con las manos y los pasos. Sonrisa fácil, de buenas formas al tratar a los demás: siempre amable, divertido, simpático y benevolente. Cuando estaba en el changarro, aquello se revolucionaba plácidamente y su progenitora sonría.

Eran sus ojos. El hijo preferido. Quizá por su empeño en estudiar o porque había crecido pegado a sus faldas o porque había elegido estar con ella, ir al mercado y aprender las labores domésticas en lugar de jugar al futbol y de entrarle a la mota en el carrujo de los plebes que se llevan en las esquinas.

Él era eso. Una luz del otro lado de la tormenta. Sus otros hijos eran buenos pero éste era mejor. Y además se involucraba tanto y tan bien en el negocio que la estimulaba. Ya los clientes lo conocían y lo procuraban. Se hacía cargo de unas tareas, además de atender a los comensales. Alguna vez pensó que podía heredarle el puesto de comida, de tan adentrado y buenos resultados que con él obtenía.

Pero esa noche quiso volar. Las aves diurnas no vuelan de noche, debió decirle. Él comentó que sería solo un momento, que iba con unos amigos y regresaría temprano. Tenía ganas de divertirse. No le gustaba pistear ni las drogas. Le aclaró a su mamá que era un cotorreo sano. No te preocupes. Y salió de ahí aleteando.

Ahí estaban sus amigos, repartidos entre la sala y el patio. En el centro de la sala una pareja bailaba tan entrelazada que parecía uno solo. Ninguno como tú, repetía en el estribillo, en inglés, esa voz poderosa: dulzura y trueno. Esos nadaban en la piel del otro, a ratos se miraban y expelían miel. Los besos anegan.

Él saludó. Se detuvo a ratos para conversar. Pico la botana y volvió con un grupito que se había quedado en el patio. Se contaban chistes, reían, recordaban y volvían a reír. Parecían felices, amurallados por la amistad. Suficiente, me tengo que ir. Por qué tan temprano. No contestó. Salió al ancho bulevar, a dos calles. Apenas pasada la media noche. Ahí, en la banqueta. Esperó un taxi que tardó demasiado. Se detuvo un carro, bajó un hombre y le disparó de cerca, con una pistola matapolicías.

Él cayó. Se tocó el abdomen, la piel torácica. Tibieza en despedida. Tomó el celular y llamó. Ayuda, alcanzó a decir. Que alguien me ayude. Clic.

Malayerba: La inocencia

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Ene 072015
 

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Toño creció en Tierra Blanca. Era un plebillo frágil y juguetón, conviviendo con gatilleros, cultivadores de mariguana y amapola, y vendedores de droga. Ahí, mientras buscaba encestar la canasta con el balón de básquet, en plena calle, unos y otros hacían lo que les tocaba y luego tomaban el balón para jugar. Y él como si nada: sin percatarse de la sangre en las manos, las dosis regadas en el barrio y la abundante cosecha de enervantes.

Toño metido en la escuela, preocupado por los exámenes y por mantener buen promedio. Pocas novias en la adolescencia y algunas fiestas. Mientras, a su alrededor, los enemigos caían, la droga rolaba y sus vecinos, siempre, invariablemente, ganaban. Eran los mismos que defendían la portería de su equipo cuando jugaban futbol, los morros que tomaban fanta de naranja y torcido en la esquina, los de las rolas de los cridens y los bitles en aquella supergrabadora.

Él veía una cosa y otra por separado. No vinculaba el asesinato de esos dos en una carreta de tacos con el bato que le quitaba el balón para lanzarlo al rin de llanta de bicicleta, habilitado como aro. No sabía que el polvo que enervaba a los más grandes acababa de ser vendido frente a su acera, mientras pateaban la pelota e intentaba meter gol en la portería contraria.

Él era su mundo. Ese. El de su mamá en la cocina y él acompañándola de vez en vez al supermercado y yendo al supercito, a la vuelta de la esquina. O ayudándole a su papá en el taller o en el aula y los juegos del recreo, o esa maestra apetitosa, cuyas curvas no fueron vistas por él, sino su rostro de ángel, su voz de sax tenor, su mirada de pestañas adormiladas.

No. Él no vio cuando entregaron el sobre de un gramo de cocaína. Ni cuando bajaron los costales de yerba recién cosechada. Los costales fueron escondidos en una bodega que está junto a la tienda y a un lado está la casa de José, uno de sus amigos. Tampoco se percató cuando uno de sus vecinos llegó como tembloroso y empezó a patear el balón y pidió que le dieran oportunidad de jugar. Acababa de matar a un bato que le debía dinero. Adrenalina más adrenalina.

Ahora, Toño anda de nuevo en la ciudad. Por la Obregón, circula solo en su carrito y quiere dar vuelta en una de las calles de la Guadalupe. Ahí lo para un militar. Bájese, métase ahí y no salga hasta que le avisemos. Oye la tracatera y se espanta.

Pasó media hora ahí, atochado. Las balas iban y venían. Las ráfagas descansaban a ratos pero era un silencio oscuro de pocos amigos. Al rato regresó el militar. Ya pueden irse. Jornada de muchos muertos. Ahí, en esa colonia y al norte de la ciudad. Ahí, en ese momento, perdió su virginidad y esa inocencia: el narco, las balas, ese soldado y tanto muerto, lo habían despertado.

Malayerba: El tenis

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Dic 292014
 

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Noche de ronda. Patrullar la ciudad con un ochito en el tapete del carro: la pandilla de yelos negándose a mimetizarse en agua, los botes toqueteándose, la música amenizando el brincoteo entre tanto bache y tope, y ellos cantando como desaforados viajeros, desafinados y en el desaliño de la intimidad de esas cuatro paredes motorizadas.

Pásame una pero antes límpiale el culo porque no quiero que se ande chorreando. Uno de los del asiento trasero le pasa un bote seco y bien helado. Sabina no canta, cuenta. Ellos lo siguen en ese cidí de concierto y él les reclama por no haber ensayado. Uno de ellos les anuncia que tiene una emergencia: se está meando.

Nada como mear en el botánico. Puede ser en el estacionamiento o entre árboles, bajo esas luminarias que a las sombras no vencen. Aquí párate, ya me estoy reventando. Se estaciona mal, no importa. Apúrate antes de que llegue la chota. No me apures güey, que me apure la vejiga. Se mandan a la chingada y festejan. Escuchan el chorro apenas porque en eso le suben a la rola de los diecinueve días y las quinientas noches.

Le dieron la vuelta y agarraron la Carlos Lineo. Los topes florecen en el pavimento. Ahí se multiplican. No hubieras agarrado por aquí. Puro pinche brinquito. Y yo no sé bailar. Risas. En eso estaban, entre el brindis porque ya no hacía tanto calor y el frío empezaba a acampar en los parabrisas, cada mañana. Vieron un bulto en el oscuro chapopote. Otro tope, un borracho, una bolsa de basura. Preguntaron. Bromearon con la posibilidad de que fuera un borracho: así vas a terminar tú, cabrón.

Cero volumen y Sabina silente. Se acercaron despacio, sin bajarse del carro. El conductor puso las luces altas. Vieron a un hombre. Uno de ellos dijo voy a bajarme. La morra que iba adelante lo secundó. No vayan, dijo el otro que iba atrás. Puede ser peligroso. No seas culón. Dieron seis pasos y se regresaron en chinga. Vámonos, vámonos, vámonos. Dijeron los dos con el temblor en la garganta, en la voz. Qué pasó. Nada, cabrón. Muévete.

Dos cuadras adelante y soltaron el aire y recuperaron la voz. Qué pasó. Nada, que el hombre estaba muerto. Había mucha sangre y como que lo acababan de tirar. Se les pasó la borrachera y en minutos ya no tenían cruda. Del ocho solo quedaron dos y prefirieron meterse a la casa de uno de ellos y cortar ese ritual de patrullar la ciudad.

Se lamentaban de la muerte, la violencia, tanto matón suelto, protegidos e impunes. Uno dijo vamos a regresar, otro agregó te acompaño. Los otros los regañaron. No sean pendejos, no vayan. Qué tal si llega la policía o vuelven los matones. Regresaron a la escena, donde ya no había cadáver: solo un tenis huérfano a mitad de la calle y la confesión de que el hombre ese no tenía cabeza.