Malayerba: “El Perro”

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Sep 052016
 

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Río Doce.-
Los amigos, sus cómplices y clientes, le llamaban El Perro. Para ella solo era Adrián. Ella enamorada hasta el occipucio y él hacía un esfuerzo por quedar bien con ella, pero sobre todo con sus progenitores. No te cases con ese cabrón, no por nada le llaman como le llaman. No sé, tengo mis sospechas, hija. Era la voz del padre. Pero ella quedó sorda y ciega frente a ese hombre que la tenía paralizada de amor.

Él le dijo cásate conmigo. Ella no la pensó. A los ocho meses ya estaban frente al altar y como si tuvieran prisa por todo, los días de miel se prolongaron y a los ocho ya estaba embarazada. Tuvieron un morrito blanco y robusto. Apenas salió del hospital ella vio en la mirada de él los vitrales enfermos de una vida narca: los rincones oscuros que tanto le había ocultado durante el noviazgo.

Empezaron a desfilar por la acera de su casa hombres de todas las edades, desconocidos, malencarados, en vehículos sin placas y con armas de fuego fajadas. Él los atendía, a veces sin siquiera saludar. Entraba, abría una gaveta del closet que siempre enllavaba y sacaba sobresitos, bolsas transparentes con polvo blanco en su interior, trozos cafés y verdosos de una yerba seca y quebradiza. Salía y lo entregaba. De regreso, traía billetes y más billetes que también guardaba bajo llave.

Ella empezó a preguntar. Él a responder: con mentadas, con insultos que a ella le marcaban el alma y luego la piel, con moretones, llagas, hemorragias y cortadas. Cuando los padres de ella se enteraron, se llevaron al bebé y luego a ella a la casa materna. A pesar de la separación, ella sabía de él, le preocupaba y seguía con su amor indeleble y palpitante.

Los escándalos que protagonizaba subieron de tono. Una persona que le daba noticias, le avisó de una mala. El Perro había estado en una balacera y salió herido, gravemente. Estaba hospitalizado. Tomó lo que pudo y manejó ochocientos kilómetros. El médico la interceptó en el pasillo. La vio y se quedó callado. Se le dificultó sacar esas palabras que retrataban la terrible condición de él. Y luego explicó que fueron cinco balazos, cuatro de ellos en el pecho. No hay muchas posibilidades, señora. Lo siento mucho.

Caminaba y se tambaleaba. Los tobillos se quebraban, las rodillas se vencían. Sus carnes temblaban. El piso y las paredes se movían. Era esa mezcla de coraje, de frustración enllagada, de ese resentimiento podrido, y de ese amor que la había marcado con pintura de aceite el pericardio y más adentro y abajo y en todo su ser. El aparato hacía un pitido regular y dibujaba rayas que subían y bajaban, junto a la cama. Él abrió los ojos, apenas. Algo le mojó las pestañas. Algo quiso decir. Lo vio. Se vieron. Y en ese momento murió.

Malayerba: Nostalgia

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Mar 212016
 

Javier Valdez/Río Doce.- Ahí está su mejor amigo, llorando. Sentado en la banca de ese parque. Huérfano de ese que era su media sangre, su hermano. Los ojos rojos por la lluvia que anuncian y que llega sin pedir permiso. Las manos atadas, entre los dedos, temblando, tristes y resignadas. Hablaba de su cuate y se le hacía de chicle la barbilla, los pómulos.

De niño era el peleonero. El berrinches le decían. Pero para él, su mejor amigo, era el bitache: por corajudo. Se perdía de su casa por días para irse de vago, dormir en la casa de algún conocido, acudir a fiestas, a embriagarse y perderse en los brazos de la noche, sin el tic tac ni las órdenes de mamá o papá.

Un día, un vecino lo mandó a que comprara droga. La probó antes de saborear hondamente el tabaco y al rato ya la andaba vendiendo. Empezó con churros de mota y luego cocaína. Con una rapidez impresionante para sumergirse en los pantanos de la vida y besar desde la cima los abismos, le llegó a las metanfetaminas. Consumir y vender todo, menos la chiva. Esa, la heroína, es más adictiva: despierta la negrura de las venas, las hace saltar, en espera, ávidas y sedientas, una vez que entra, enciende, tatema por dentro, y ahí se queda.

Sus pasos agigantados lo llevaron a convertirse en un buen vendedor. Narcomenudeo en popa, tiendita en jauja. Los consumidores de la colonia y de otras vecinas, lo buscaban. Igual taxistas, policías adictos y otro que otro aficionado. Coca, mariguana, chiva y cristal. Él la vendía y era muy movido. Un pequeño narco de barrio en ascenso es siempre un peligro para los que estaban un escalón arriba.

Hablaron con él y le dijeron que no vendiera tanto, que no distribuyera más allá de tal colonia, que respetara los precios. Y sobre todo, que pagara. Entre los billetes gruesos que ya abultaban y las nubes de ese éxito de humo y fantasmal, le dio por consumir y consumir. Todo para dentro. Y dejó de pagar.

Le cobraron, lo buscaron, amedrentaron y advirtieron. No hizo caso. Se vio por encima de todos, poderoso e intocable. Así se miró, frente al espejo, como un dios: el de las drogas, el narco, la lana, el sol en esa mirada. Dieron con él y lo sacaron a patadas de su casa. Lo subieron a una camioneta y atrás de ella iba otra con cinco hombres armados. Le decían no pagaste güey, y eso les pasa a los que se quieren pasar de cabrones. Te crees muy chingón, pues así terminas puto. Por malapaga.

Tres días después lo encontraron cercenado. La cabeza a dos metros y las piezas de su cuerpo perforado. Él, desde esa banca de la plaza, mantiene atados sus dedos y parece un nudo difícil. Recuerda al bitache. Ahora tiemblan sus cachetes y los hilos de lágrimas bajan sin piedad. Era su amigo, ese que siempre lo defendía y por quien él no pudo hacer nada.

Malayerba: Ya sé quién fue

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Nov 252014
 

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Se subió al taxi en el aeropuerto y le dijo al conductor, agarra pa la Hidalgo. Colonia o calle, preguntó el del volante. Colonia. Quiero que tomes todo el malecón viejo, derechito, derechito, y ya en Las Quintas subes por la Revolución. Por ahí te digo dónde me dejas. Como guste, respondió el otro mirándolo por el retrovisor.

El cliente traía una maleta pequeña. Casi a escondidas, agachado, tratando de cubrirse bajo su espalda encorvada, la abrió. Sacó billetes: algunos sueltos, amarrados torpemente, otros con una tira de papel que indicaba el monto. Parecía contar, separar. Contar y separar. Dos, tres veces: un avaro cerciorándose de su inamovible tesoro.

El taxista lo miró de reojo y entre parpadeos. Intentó disimular pero no pudo. Supo al instante que ese hombre traía mucho dinero y que por el color de los billetes no eran pesos. Trató de sacar plática. Caer bien y parecer simpático puede significar buenas propinas. Mucho trabajo, le soltó. Mucho y también muchas broncas. Pero aquí hay, mire. Hay pa resolverlas. Pues qué bueno. Lo malo sería que no tuvieran solución, oiga.

Se fueron conversando sobre el clima, los retenes del ejército y hasta el precio de la gasolina. Ta muy caro todo, oiga. Uno apenas saca para la papa y la escuela. Los morros crecen. Tengo tres y van a la escuela y es una chinga juntar para mantenerlos. Entiendo, le respondió: yo pasé por ahí y sé muy bien de lo que me está hablando. Uno por los hijos da todo.

La plática fue suspendida abruptamente cuando un vehículo los rebasó y con la misma violencia les cerró el pasó. Ay cabrón, gritó el taxista. Bajó un joven con un arma corta y empezó a disparar contra el pasajero. El conductor quiso bajarse pero no encontró la manivela ni superó la temblorina. El otro gritaba y se escabullía entre los respaldos, queriendo meterse bajo los asientos. Fueron unas diez detonaciones. El cristal frontal quedó perforado, también la lámina del lado del copiloto y la ventana de esa parte había desaparecido.

Vidrios en el piso del carro. Billetes con sangre. Un cuerpo, el del pasajero, inerte, tirado en la parte trasera. El joven dio dos pasos hacia el frente. El taxista quiso salirse y al fin sus manos, que volverían loco al sismológico, encontraron la palanca y jalaron. Saltó y corrió hasta refugiarse entre los carros.

El pistolero se asomó. Lo vio tirado. Volteó hacia los que lo miraban desde el otro automóvil e hizo una seña. Pareció asentir. Regresó rápido, se subió y se fueron. El conductor, todavía medio atarantado, regresó al carro y se espantó cuando aquel empezó a moverse. Y a gritar. Hijos de la chingada. Quisieron matarme pero se la pelaron. Ah, pero ya sé quién fue. Compa, agarre pa la costera.