Fernando, Martín y Arturo, enemigos de Tere Jiménez, sólo posicionan a sus “nalguitas”

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Mar 072019
 
La nalguita del gobernador de Aguascalientes se siente la Virgen María.

Arturo González, quien traicionó a Tere Jiménez luego de que ésta le diera trabajo a sus familiares y amigos, tiene a su “novia” de diputada local, ya fue diputada federal, dos veces regidora y por supuesto es un macho que fue detenido por la policía municipal por agredir a su verdadera esposa a quien intentó violentar su casa borracho, así son de machitos golpeadores y traficantes de influencias los tres caciques del PAN Aguascalientes que quieren imponer a un hombre inhabitado por corrupto en la candidatura del PAN para la alcaldía.

A Arturo González ni su esposa lo quiere por feo pero tiene mujeres bellas por su dinero.

A Arturo González ni su esposa lo quiere por feo pero tiene mujeres bellas por su dinero.

Marín Orozco también es un nepote con familiares y amantes diputadas como la senadora mamá-dora que usa a su hijo para crearse como un producto electoral rentable aunque su único merito es ser amante del gobernador desde su juventud, ella asegura que el niño que carga no viene del Espíritu Santo aunque su “pareja” vive en Colima toda la sociedad sabe que Martha es una de la cuatro amantes conocidas de Martín Orozco Sandoval, gobernador de Aguascalientes quien también tiene de diputada a su amante Nancy Rodríguez.

El otro que traicionó a Tere Jiménez es Fernando Herrera Ávila quien también gusta impulsar a sus amantes como diputadas como la deleznable ex reportera y ahora diputada federal Silvya Garfías, con quien tienen uno de sus varios hijos tanto de ella como de él.

Es pues el machismo y la doble moral la que impera en el PAN Aguascalientes y por supuesto el poder por el poder aunque esto le cueste la vida y el hambre a más de un millón de habitantes que hartos de estos machos, se suicidan a diario hasta llegar al primer lugar nacional.

Todo esto salió hoy a flote públicamente en una carta abierta a estos tres personajes escrita por la militancia panista.

En la misiva se detallan traiciones y robos de los machos alfa del PAN Aguascalientes.

Como en La Inquisición o el fascismo, el feminismo pretende destruir la literatura que no les sirve

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Mar 182018
 

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El País/Mario vargas Llosa.- Trato de ser optimista recordando a diario, como quería Popper, que, pese a todo lo que anda mal, la humanidad no ha estado nunca mejor que ahora. Pero confieso que cada día me resulta más difícil. Si fuera disidente ruso y crítico de Putin viviría muerto de miedo de entrar a un restaurante o a una heladería a tomar el veneno que allí me esperaba. Como peruano (y español) el sobresalto no es menor con un mandatario en Estados Unidos como Trump, irresponsable y tercermundista, que en cualquier momento podría desatar con sus descabellados desplantes una guerra nuclear que extinga a buena parte de los bípedos de este planeta.

Pero lo que me tiene más desmoralizado últimamente es la sospecha de que, al paso que van las cosas, no es imposible que la literatura, lo que mejor me ha defendido en esta vida contra el pesimismo, pudiera desaparecer. Ella ha tenido siempre enemigos. La religión fue, en el pasado, el más decidido a liquidarla estableciendo censuras severísimas y levantando hogueras para quemar a los escribidores y editores que desafiaban la moral y la ortodoxia. Luego fueron los sistemas totalitarios, el comunismo y el fascismo, los que mantuvieron viva aquella siniestra tradición. Y también lo han sido las democracias, por razones morales y legales, las que prohibían libros, pero en ellas era posible resistir, pelear en los tribunales, y poco a poco se ha ido ganando aquella guerra —eso creíamos—, convenciendo a jueces y gobernantes que, si un país quiere tener una literatura —y, en última instancia, una cultura— realmente creativa, de alto nivel, tiene que tolerar en el campo de las ideas y las formas, disidencias, disonancias y excesos de toda índole.

Ahora el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades, es el feminismo. No todas las feministas, desde luego, pero sí las más radicales, y tras ellas, amplios sectores que, paralizados por el temor de ser considerados reaccionarios, ultras y falócratas, apoyan abiertamente esta ofensiva antiliteraria y anticultural. Por eso casi nadie se ha atrevido a protestar aquí en España contra el “decálogo feminista” de sindicalistas que pide eliminar en las clases escolares a autores tan rabiosamente machistas como Pablo Neruda, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. Las razones que esgrimen son tan buenistas y arcangélicas como los manifiestos que firmaban contra Vargas Vila las señoras del novecientos pidiendo que prohibieran sus “libros pornográficos” y como el análisis que hizo en las páginas de este periódico, no hace mucho, la escritora Laura Freixas, de la Lolita de Nabokov, explicando que el protagonista era un pedófilo incestuoso violador de una niña que, para colmo, era hija de su esposa. (Olvidó decir que era, también, una de las mejores novelas del siglo veinte).

Yo no le hubiera dado la mano a Céline, pero he leído con deslumbramiento dos de sus novelas

Naturalmente que, con ese tipo de aproximación a una obra literaria, no hay novela de la literatura occidental que se libre de la incineración. Santuario, por ejemplo, en la que el degenerado Popeye desvirga a la cándida Temple con una mazorca de maíz ¿no hubiera debido ser prohibida y William Faulkner, su autor, enviado a un calabozo de por vida? Recuerdo, a propósito, que la directora de La Joven Guardia, la editorial rusa que publicó en Moscú mi primera novela con cuarenta páginas cortadas, me aclaró que, si no se hubieran suprimido aquellas escenas, “los jóvenes esposos rusos sentirían tanta vergüenza después de leerlas que no podrían mirarse a la cara”. Cuando yo le pregunté cómo podía saber eso, con la mirada piadosa que inspiran los tontos, me tranquilizó asegurándome que todos los asesores editoriales de La Joven Guardia eran doctorados en literatura.

En Francia, la editorial Gallimard había anunciado que publicaría en un volumen los ensayos de Louis Ferdinand Céline, quien fue un colaborador entusiasta de los nazis durante los años de la ocupación y era un antisemita enloquecido. Yo no le hubiera dado jamás la mano a ese personaje, pero confieso que he leído con deslumbramiento dos de sus novelas —Voyage au bout de la nuit y Mort à Crédit— que, creo, son dos obras maestras absolutas, sin duda las mejores de la literatura francesa después de las de Proust. Las protestas contra la idea de que se publicaran los panfletos de Céline llevaron a Gallimard a enterrar el proyecto.

Quienes quieren juzgar la literatura —y creo que esto vale en general para todas las artes— desde un punto de vista ideológico, religioso y moral se verán siempre en aprietos. Y, una de dos, o aceptan que este quehacer ha estado, está y estará siempre en conflicto con lo que es tolerable y deseable desde aquellas perspectivas, y por lo tanto lo someten a controles y censuras que pura y simplemente acabarán con la literatura, o se resignan a concederle aquel derecho de ciudad que podría significar algo parecido a abrir las jaulas de los zoológicos y dejar que las calles se llenen de fieras y alimañas.

Los libros “adecentados” dejarían sin vía de escape esos fondos malditos que llevamos dentro

Esto lo explicó muy bien Georges Bataille en varios ensayos, pero, sobre todo, en un libro bello e inquietante: La literatura y el mal. En él sostenía, influido por Freud, que todo aquello que debe ser reprimido para hacer posible la sociedad —los instintos destructivos, “el mal”— desaparece sólo en la superficie de la vida, no detrás ni debajo de ella, y que, desde allí, puja para salir a la superficie y reintegrarse a la existencia. ¿De qué manera lo consigue? A través de un intermediario: la literatura. Ella es el vehículo mediante el cual todo aquel fondo torcido y retorcido de lo humano vuelve a la vida y nos permite comprenderla de manera más profunda, y también, en cierto modo, vivirla en su plenitud, recobrando todo aquello que hemos tenido que eliminar para que la sociedad no sea un manicomio ni una hecatombe permanente, como debió serlo en la prehistoria de los ancestros, cuando todavía lo humano estaba en ciernes.

Gracias a esa libertad de que ha gozado en ciertos períodos y en ciertas sociedades, existe la gran literatura, dice Bataille, y ella no es moral ni inmoral, sino genuina, subversiva, incontrolable, o postiza y convencional, mejor dicho muerta. Quienes creen que la literatura se puede “adecentar”, sometiéndola a unos cánones que la vuelvan respetuosa de las convenciones reinantes, se equivocan garrafalmente: “eso” que resultaría, una literatura sin vida y sin misterio, con camisa de fuerza, dejaría sin vía de escape aquellos fondos malditos que llevamos dentro y estos encontrarían entonces otras formas de reintegrarse a la vida. ¿Con qué consecuencias? El de esos infiernos donde “el mal” se manifiesta no en los libros sino en la vida misma, a través de persecuciones y barbaries políticas, religiosas y sociales. De donde resulta que gracias a los incendios y ferocidades de los libros, la vida es menos truculenta y terrible, más sosegada, y en ella conviven los humanos con menos traumas y con más libertad. Quienes se empeñan en que la literatura se vuelva inofensiva, trabajan en verdad por volver la vida invivible, un territorio donde, según Bataille, los demonios terminarían exterminando a los ángeles. ¿Eso queremos?https://elpais.com/elpais/2018/03/16/opinion/1521215265_029385.html?id_externo_rsoc=FB_CC

La prueba de la virginidad, perversa forma de sostener el monopolio sobre las mujeres

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Ago 112013
 

578939_688982911116396_1864034925_nUNAM .- No deja de asombrar que, aún hoy en día, muchos hombres se sientan con el derecho de poseer de forma exclusiva a la mujer. Este derecho de propiedad exclusiva exige de una mujer no casada que sea virgen. La virginidad garantiza que una mujer no ha pertenecido a ningún otro hombre pudiendo entonces pasar a formar parte de sus adquisiciones.

En muchos países una mujer que no cumpla con este requisito, es decir una mujer soltera que ha perdido la virginidad, traerá consigo la huella del comercio sexual con otro u otros hombres. Una mujer así es depreciada y este desprecio es tal que si fuese violada no encontraría mecanismos institucionales para hacer justicia. El discurso dominante le haría sentir que ella, con sus actos lascivos, conjuró su propio destino.

La prueba de virginidad no solo es un mecanismo para corroborar cuan “honorable” es una mujer sino también es una perversa forma de sostener el monopolio de hombres sobre mujeres.

Vilchis