Oct 102019
 
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Desde que estaba en la secundaria, su madre lo andaba persiguiendo: lo sacaba del grupo de jóvenes que se la pasaban fumando y que ya en las tardes iniciaban el ritual de empinar el codo y secar botes y botellas, lo arreaba para que se pusiera a estudiar y que mejorara calificaciones, le ponía tareas domésticas para que no anduviera de chile bola en la calle.

Años después esos que fumaban raleig apretaron con sus dedos cigarros de yerba seca y ponían música de eicí dicí. El olor a yerba quemada vencía el aire y se metía entre patios de las casas, recámaras, la escuela primaria y las canchas de basquetbol. De ahí también lo sacó esa madre que lo vaquereaba. Fue por él y no le dijo una palabra. Lo tomó del brazo y lo jaló, y casi a rastras lo llevó hasta la sala de la casa y lo sentó en el sillón. Ahí, en cortito, le puso una buena regañada.

Ponte a estudiar, ponte a trabajar. Agarra la onda, Betito. Le decía esa madre de treinta y tantos que parecía de veinticinco. Abnegada, con licenciatura y posgrado, ama de casa y catedrática universitaria. Supo ser profesional en sus labores pero más madre en el hogar.

Betito renegando, pegándole talonazos al piso. Pateando el sillón y la flaca mesita de madera, dándole puñetazos a la puerta. Eres bien berrinchudo, así deberías ser para sacar las tareas y mejorar en la escuela. Más te vale que le bajes dos rayitas, le advirtió. Pero no las bajó: le llegó con una pistola que ella rápido detectó. Frente a él tomó la escuadra y en cuatro minutos la desarmó y metió al bote de la basura. Luego la tiró.

Betito con la boca abierta. Su madre sabía de armas o qué. A los días él llegó y ella le encontró una bolsa con polvo blanco. Sin que él se diera cuenta, la escondió. Al día siguiente, Betito buscaba desesperado. Se tiró al suelo y se puso a llorar. Mamá, si no la entrego me van a matar. Vale mucho dinero. Ella habló, le advirtió de las consecuencias. Al final se la dio a cambio de que prometiera salirse de ese ambiente.

Un día su jefe le llamó. Mande patrón. Hoy nos toca aguinaldo, vamos a ver al mero viejón. Subieron a una camioneta todos los de la clica y el jefe los miró uno a uno. Vamos sin armas, les dijo. Sorpresivamente, le pidió a Betito que se bajara. Por qué. Tu mamá siempre te busca, morro. Nos vemos luego. Él maldijo a su madre, chilló y pataleó.

Tenía dos días sin ir a su casa y ahora menos. Se fue con sus amigos y se perdió en los orificios de las botellas: se prendió de una y otra y otra. Llegó a su casa y su madre lo besó y le dejó las babas en cachetes y frente. Apretujados. Ahí en la sala ambos se enteraron que a todos los de la camioneta los habían encontrado esa mañana decapitados. Él se salió de la clica y volvió a la escuela. Ella lo sigue arreando.

Columna publicada el 6 de octubre de 2019 en la edición 871 del semanario Ríodoce.

Javier Valdez

Javier Valdez, director fundador del semanario Río Doce, corresponsal en Sinaloa de France Press y La Jornada. Benefactor de Objetivo7 a quien permitió reproducir sus reportajes, notas y columnas. Fue asesinado hace más 2 años sin que sus autores intelectuales hayan sido detenidos.

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