Jul 162019
 

Javier Valdez/Río Doce

Los sicarios llegaron al lugar y cerraron las calles de acceso. Eran unos cincuenta, en camionetas grandes y de modelo reciente. Iban todos de negro, con letras blancas y amarillas en la camisa, para que los ubicaran rápidamente y no los confundieran.

Echaron bala porque había que poner orden y sembrar su desorden: el poder de una gavilla se mide por el ruido de sus armas.

Aquello se convirtió en un corredero. Los vecinos se ocultaron tras las paredes, los clientes del abarrote se escondieron detrás del mostrador. La farmacia de la esquina bajó la cortina de acero y la máquina de la tortillería guardó silencio. Las mujeres gritaron mientras corrían hacia sus casas o a donde podían, con tal de escapar de las balas. Pero los delincuentes no las querían a ellas ni habían disparado sin ton ni son. Iban por él y si alguien se atravesaba lo iban a trozar también.

Esculcaron algunas viviendas y lo encontraron. Se resistió, lo golpearon. Gritó y le dieron un culatazo en la panza. Pataleó, les echó de la madre, quiso brincar pero estaba derribado, les tiró chingazos pero solo movía el aire. Al final, ya flaco de pulmones y con la garganta atrofiada, suplicó. Cállate perro. Dos cachazos en la frente.

Se lo llevaron a rastras y luego en vilo. Lo cargaban entre cuatro y lo aventaron a la caja de una camioneta, donde lo acostaron y le pegaron unas cuantas patadas. La policía ya sabía: habían recibido una veintena de reportes al cero sesenta y seis. Pero los comandantes y jefes de grupo sabían de lo que se trataba, así que mandaban a sus agentes a otros lados. Los de un patrulla, entre el despiste y no muy convencidos de cumplir con su deber, se acercaron con sigilo. Apagaron las luces y la radio de intercomunicación. También la torreta. Los polis iban agachados, atrás, y los de la cabina quisieron subir los chalecos antibalas a la cabeza, achicarse y zambullirse en ellos.

La patrulla hacía el ruido de las llantas avanzando por el asfalto. El motor apenas se escuchaba. Parecían andar de puntillas, para no ser vistos por los del comando de negro. Se acercaron más de lo que debían y fueron vistos por los matones. Les echaron las luces altas de una tacoma y quedaron en el centro de los fanales, como en medio del espectáculo: pillados. Uno de los sicarios se acercó sin dejar de apuntarles. Otro lo hacía desde lo alto del vehículo, con una calibre cincuenta.

Órale putos. Órale, a chingar a su madre. Dale para atrás, aquí no tienen nada qué hacer. Se los digo por su bien. El agente que manejaba la patrulla era el oficial a cargo. Sí jefe, sí jefe. Y así, como llegaron, se fueron. Silenciosamente. Al día siguiente fue encontrado el cadáver del joven levantado. Lesiones con saña, quemadas de odio y venganza, y tiros sin gracia.

Columna publicada el 14 de julio de 2019 en la edición 859 del semanario Ríodoce.

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