May 222017
 

Javier Valdez/Río Doce

“Nos vemos plebes… y que Dios me bendiga”

El día que lo mataron, Javier Valdez salió de las oficinas de Ríodoce a las 11:56 de la mañana para nunca más volver. Óscar, el administrador de la página web, recuerda la hora porque iba a recoger a su hijo a la escuela, pero justo antes de salir recibió un Whatsapp de su mujer diciéndole que no fuera, porque ella “ya lo había recogido”. Se detuvo en seco en la entrada, y fue cuando se topó con Javier, quien ya iba de salida.

“Dios me bendiga”, dijo Javier antes de partir, que era su acostumbrada forma de despedirse. Todavía Óscar le reviró: “Y qué además te agarre confesado”. Javier sonrió levemente, abrió la puerta de salida y se marchó.

Óscar, junto a la recepcionista, el reportero Aarón Ibarra y la contadora, miraron la figura pesada de Javier perderse tras la puerta mientras ellos continuaron bromeando con unas fotos que minutos antes se habían tomado con el sombrero de Javier.

No habían pasado cinco minutos cuando una vecina del edificio entró en completo estado de desesperación diciendo que “habían balaceado a uno de los compañeros”.

Óscar, Aarón, Nallely y Maricruz parecieron confundidos y por inercia se miraron unos a otros. La mujer insistió: “Al del carrito rojo… al señor del sombrero… lo acaban de matar allá afuera”, gritó desesperada.

Los caminos solos

A las 12:05 del mediodía, Ismael Bojórquez, director de Ríodoce, manejaba de sur a norte por la calle Vicente Riva Palacio rumbo a las oficinas del periódico. Antes de cruzar la calle Epitacio Osuna, miró el cuerpo de un hombre que estaba tirado en medio la calle mientras un par de desconocidos curiosos observaban el cuerpo.

Confundido, Bojórquez aminoró la velocidad, hasta que a unos 20 metros antes de llegar a donde estaba el cuerpo, se detuvo a preguntar si lo habían atropellado.

“¡Lo acaban de matar!”, le espetó uno de los desconocidos.

Ismael Bojórquez, un periodista con más de 30 años en el ejercicio periodístico, manejó un poco más hacia donde yacía el cuerpo, y fue entonces que prestó su atención al sombrero que la víctima aún tenía puesto.

Sintió entonces una sensación parecida a la muerte cuando, todavía sin ver el rostro del fallecido, pareció reconocer el cuerpo de Javier, con quien 14 años atrás había fundado Ríodoce.

Casi sin aliento, pero con un sentido de urgencia y temor bajó del auto, sólo para confirmar que la víctima, efectivamente, era Javier. Entonces y durante los próximos cinco minutos, todo pareció desaparecer a su alrededor mientras él se llenaba de incredulidad, de confusión, de agonía, mientras algo en su corazón le empezó a doler más que el mismo dolor.

El epicentro de la incredulidad

Cuando Oscar, Aarón y Nallely Mejía escucharon que habían balaceado al del carro rojo, “al señor del sombrero”, todos pensaron en Javier, y salieron corriendo del edificio.

A tumbos bajaron por las escaleras del edificio, y ya en la calle Teófilo Noris, casi esquina con Francisco Villa, buscaron con desesperación un indicio de la tragedia, pero nada encontraron. Por un instante la esperanza de que aquello fuera una broma los abordó, y un suave alivio de incredulidad pareció calmarlos; fue cuando la misma mujer que les diera la noticia, gritó desde las escaleras algo que los estrujó en la fatalidad: “¡Es en la otra cuadra, sobre la Riva Palacio!”.

Desesperados corrieron los tres una cuadra al sur. Pensando lo peor, y con el corazón a punto de vomitarlo, llegaron a Ramón F. Iturbe buscando en todas direcciones. ¿Cuántas veces habían caminado esa misma intersección en busca de un lugar dónde comer, o cuando se estacionaban un poco lejos? Pero ahora, llegaban a esa misma intersección convocados por la muerte, lejos de cualquier presagio que ninguno hubiera imaginado. Eso pensaba Óscar cuando un trabajador, de uno de los muchos talleres de por ahí, les señaló hacia el oriente: “¡En la otra calle…!”

Llegó primero Aarón, quien se encontró con el peor cuadro que jamás pudo imaginar: el cuerpo sin vida de Javier que yacía boca abajo sobre una alfombra de sangre, y con su sombrero aún puesto.

Los pasos de Aarón se alentaron como si de pronto caminara sobre arenas movedizas. Desesperado, o tal vez amagado por la impresión de la muerte, llegó al lado del cuerpo de Javier, pidiendo a gritos que aquello fuera mentira. Confundido aún, pensando en una última esperanza, tocó con el dedo índice la parte yugular de Javier buscando un vestigio de pulso, pero era inútil: Javier ya no estaba en este mundo. Todavía insistió: “¡Javier, despierta, chingada madre, despierta!

Al lado de él, Óscar parecía congelado por la incredulidad. Hacía apenas unos minutos, Javier se había despedido de todos, y en ese momento yacía sin vida en medio del pavimento de una ciudad que se derrumbaba en medio de la violencia.

Nallely no había corrido con tanta suerte, pues al ver el cuerpo muerto de Javier en el suelo cayó como fulminada por un rayo.

Más allá de los planes

Al momento del homicidio, Andrés Villarreal, jefe de información de Ríodoce, manejaba de oriente a poniente sobre el boulevard Madero. Venía de un Canal de Televisión Local, y según explicó ese mismo día, se dirigía a las oficinas del semanario, ubicadas en la Colonia Jorge Almada.

Aunque era lunes, ya pensaba en la cobertura del siguiente número, y que por la tarde de ese mismo día, debía atender una serie de juntas editoriales.

Al llegar a Álvaro Obregón dobló hacia el sur, y fue entonces que recibió una llamada que lo heló por completo: “Mataron a Javier Valdez”, le dijo Aarón Ibarra a quemarropa desde el otro lado de la línea.

Andrés sintió que la piel se le erizaba. Lo unía a Javier no sólo una relación de trabajo, también una amistad de años, y una camaradería que incluía borracheras, consejería, y bromas de todo tipo.

“Lo mataron a una cuadra del periódico”, añadió Aarón, luego de que al otro lado de la línea sólo se oía silencio. Por inercia, o por falta de palabras ante la tragedia, o para maquillar la incredulidad, Andrés sólo replicó: “voy para allá”, y aceleró su auto.

Lo que no supo Andrés fue la posibilidad de que, en algún momento, se haya cruzado con los asesinos de Javier, quienes tras arrebatarle la vida, tomaron su auto y enfilaron hacia el oriente de la ciudad, sobre el boulevard Leyva Solano.

En un rápido monitoreo con las autoridades se confirmó que el auto de Javier, un Toyota Corolla 2012 color rojo, había sido abandonado en la banqueta de Aquiles Serdán, casi esquina con Cristóbal Colón: lo habían estrellado contra un poste.

Al momento que reporteros de Ríodoce llegaron al lugar, el vehículo aún estaba encendido y con la palanca de velocidades en la letra D (marcha), lo que hace suponer que los asesinos dejaron el auto varado en el poste de la luz, bajaron del auto de Javier y se subieron a otro vehículo que evidentemente los seguía.

Los reporteros que escribieron esta nota realizaron una rápida inspección desde afuera del auto, constatando que la mochila donde Javier guardaba su computadora no estaba en el lugar, lo que supone que los asesinos se la llevaron con ellos.

La muerte no siempre llama dos veces

Andrés Villarreal llegó apresurado a la escena del crimen, sólo para encontrarse con el cuerpo inerte de Javier tirado en medio del pavimento, mientras Aarón, Ismael, Óscar, y Nallely miraban a su compañero desde la banqueta, como si no lo creyeran, o como si compartieran una pesadilla.

“Sabemos que por nuestro trabajo, la muerte nos puede tocar en cualquier momento, pero entonces sólo lo piensas, y lo que ves en ese momento es la realidad”, dijo horas más tarde Andrés durante el funeral de Javier.

Poco a poco arribaron patrullas de la policía estatal y municipal, que de inmediato aseguraron el área. Llegó también el procurador Juan José Ríos Estavillo, aunque su presencia en ese momento fue más por solidaridad que por solución.

Doce disparos le habían pegado a Javier para arrancarle la vida. Doce tiros después de las doce. Según un primer reporte de la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE), se utilizaron dos armas para arrancarle la vida: una 9 milímetros, y una 38 súper, y en ese momento se hablaba de que la PGR atraería la investigación del homicidio, reporte que se confirmó horas más tarde.

A dos cuadras de ahí, las oficinas de Ríodoce habían quedado abandonadas. El periódico, y cada integrante de esta casa editorial, había recibido una fuerte estocada en el corazón: nos habían matado a uno de los nuestros.

Duelo por un escritor

La noticia para entonces estaba en los principales medios de todo el mundo, y era imposible no saber del asesinato de Javier Valdez Cárdenas.

Maricruz recuerda que estaba en la sala de su casa cuando su hija, de ocho años, y a quien constantemente lleva a las oficinas de Ríodoce, miró la foto de Javier en la pantalla del televisor.

“Mira mamá, Javier está en la tele”, dice Maricruz que habría dicho su hija Monserrat.

Por más que Maricruz corrió para cambiar el canal y así ocultar la tragedia, no pudo evitar que la niña escuchara el resto de la historia. Entonces la infante rompió en llanto.

“¿Por qué?”, cuestionó Monserrat, y a cómo pudo, Maricruz trató de explicarle que muy posible había sido por su trabajo, pues “Javier a veces escribía sobre gente mala”.

Todavía con sus ojos cubiertos de lágrimas, la niña preguntó: “Dime mamá que Ismael no escribe de lo mismo”.

Preguntas sin respuesta

Contrario a la rutina que Javier ejercía de una manera casi ceremonial, ese día se estableció que Javier salió del periódico casi a las doce del día. Generalmente nunca salía a esa hora, pero ese día lo hizo.

Ninguno de sus compañeros que estaban en la oficina a esa hora pudo establecer si en ese momento recibió una llamada, o mensaje telefónico.

De acuerdo al registro de actividad en la aplicación de Whatsapp, la última vez que se conectó marca las 11:48 horas de ese lunes, justo antes de que saliera del periódico.

Al momento de salir, su teléfono lo tenía en la bolsa de camisa a cuadros manga corta, pero en la escena del crimen no se pudo localizar el artefacto, tampoco su computadora, la cual traía consigo todo el tiempo.

“Yo no noté nada extraño. Salía más temprano, pero no me pareció que algo extraño estuviera ocurriendo”, rememora la recepcionista.

Las autoridades periciales contaron doce casquillos en la escena del crimen, los cuales corresponderían a las doce balas que impactaron en el cuerpo de Javier, lo cierto es que pocos escucharon los disparos; de ahí en fuera, nadie vio nada.

Javier conducía su Toyota Corolla de sur a norte sobre Riva Palacio, pero nadie ha podido precisar cómo lo detuvieron, ni si opuso resistencia al ser bajado del auto, como tampoco cuántos eran los agresores y en cuántos autos viajaban.

Aunque el robo de auto representa una línea de investigación de la fiscalía estatal, nadie se explica por qué un ladrón de autos habría interceptado un auto en movimiento, para luego bajar al conductor y despojarlo del vehículo, peor aún, asestar doce balazos sólo para despojar a una persona de su auto.

Los indicios

Por lo menos fueron dos los delincuentes que interceptaron y asesinaron a Javier Valdez Cárdenas. Según testimonios, ambos portaban capuchas y viajaban en un automóvil de color gris o blanco.

En las investigaciones no se ha podido establecer si hubo más personas que intervinieron en el homicidio.

Minutos antes de las 12:00 horas, Javier salió de las instalaciones de Ríodoce y abordó su vehículo Toyota Corolla estacionado afuera del edificio.

Tomó la avenida Teófilo Noris hacia el sur y en la calle Epitacio Osuna dobló al oriente para luego seguir por Vicente Riva Palacio.

Alrededor de cinco minutos después de haber salido de la oficina, unos metros antes de llegar a la calle Ramón F. Iturbe, fue interceptado por dos hombres encapuchados que viajaban en un vehículo compacto.

Javier detuvo la marcha de su unidad y los dos delincuentes bajaron del vehículo en el que circulaban.

Los delincuentes dispararon en por lo menos 12 ocasiones con dos armas de fuego de distintos calibres. El primer balazo lo recibió en la frente.

Vecinos del lugar dijeron que primero escucharon un balazo, luego dos seguidos y luego el resto.

Cuando cayó muerto a mitad de la calle, uno de los individuos subió al Toyota y se dirigió hacia el bulevar Gabriel Leyva Solano y tomó rumbo al oriente.

Las autoridades no han establecido la calle por la que llegó al Leyva Solano. Una de las posibles rutas es que tomó en sentido contrario la Ramón F. Iturbe y la otra que siguió derecho por la calle Riva Palacio.

Los delincuentes circularon en los dos vehículos por todo el bulevar Leyva Solano hasta la esquina con la avenida Aquiles Serdán donde dobló hacia el sur y al pasar el cruce con el bulevar Francisco I. Madero se presume quiso rebasar.

El individuo que llevaba el carro de Javier se subió a la banqueta de la primaria Manuel Ávila Camacho, conocida como Escuela Tipo y el vehículo quedó atorado entre la barda del plantel y un poste.

El sujeto tomó la mochila con la laptop y el celular de Javier y dejó abandonado el automóvil.

El cuerpo de Javier tenía un balazo en la cabeza y 11 más en su cuerpo.

De acuerdo con la información proporcionada, en el cadáver se localizaron cinco ojivas.

Según los peritajes, varios balazos se los dieron por la espalda.

En el lugar, los peritos de la Fiscalía General del Estado localizaron 10 casquillos de pistola calibre 9 milímetros y dos de calibre 38 súper.

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